Enterradme vestido de torero

Miro a mi madre sacar el traje de torero del armario. Nervioso, miro a mi padre, casi desnudo y muerto, en la cama que han compartido casi treinta años. La colcha celeste de satén brilla y una de sus esquinas tapa pudorosamente la entrepierna del viejo.

            —Mamá, coño, esto es una locura. Todo dios se reirá de nosotros.

            —Tu padre quería. Y yo quiero lo que quiera él.

            Mi madre mira al viejo borracho quien, en un último intento de hacer de su vida algo más de lo que fue, desbarró también al final. Con su estilo inimitable le había dicho a su mujer María, a mí entiérrame vestido de torero para que, cuando abran la caja en el tanatorio y me vean, todo el mundo diga: “qué tío más grande fue”.

Y mi madre había adoptado la orden como un deseo propio.

            —¡No me lo puedo creer, madre! En vez de grande le llamarán payaso, que es lo que fue toda su vida —digo con rabia.

            Imagino la caja abierta en el tanatorio. La gente mirando a través del cristal de esa pecera donde exhiben a los muertos. Todos, incluido mi jefe, viendo a mi padre vestido de luces. Sólo con pensarlo me pongo malo de vergüenza. ¡Hay que ver la gente chica lo que gusta de parecer grande!

            Mi madre  se queda helada con el pie derecho de mi padre en la mano, como a medio camino de algo. La pernera amarilla, bordada en azabache, está arrugada ahora a medio muslo del viejo, y ella se la apoya suavemente en el hombro. Luego me mira.

            —Fuera —dice.

            —Pero, mamá, coño…

            —Fuera de este cuarto. Fuera de mi vista. Le debes todo a tu padre, ¿y todavía caliente le llamas payaso?

            —¿Que le debo todo, dices? ¿Qué le debo yo? Siempre borracho, quejoso y sin trabajo, mientras tú te matabas a trabajar en casas ajenas y en la propia. Dime, ¿qué le debo yo a ese viejo patético? —estallo.

            —Fuera. Fuera de aquí ahora mismo —su voz de vieja tiembla.

            Tropiezo en la puerta con mi hermana, que ha debido de oír mis gritos.

            —¿Te ayudo, madre? —la abraza y me mira enfadada.

            —Gracias, hija. Estaba vistiendo a tu padre…

            —Qué sentido del humor tenía papá, ¿eh? —bromea mi hermana mientras ayuda con la pernera negro y oro—. ¡Genio y figura hasta el final!. Entiendo que te casaras con él sin pensártelo dos veces.

Mi hermana termina de subir el pantalón de luces.

La vieja, con los ojos mojados y muy brillantes, mira a su hija sonriendo agradecida. Sigue con la pierna del viejo en el hombro. Enfundada en brillos de oro y azabache, rígida y espatarrada, parece una torpe broma goyesca.

            —El quería esto, hija… —a mi madre le falla la voz.

            —Claro que sí, mamá. Y nosotras también —dice mi hermana, que es imbécil.

            Me rindo y salgo del dormitorio con un portazo. Oigo cómo las dos se consuelan mutuamente, entre murmullos, por la pérdida de ese gran hombre. Ellas se preguntan qué va a ser de sus vidas ahora.Y yo me pregunto si teníamos el mismo padre.

Enteradme de Torero

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