Ensayo de un desastre

Las personas son antagónicas. Prestan más atención a lo vistoso. Cuidan más lo que hay al otro lado de la calle, brillante, que lo que cohabita en su hogar. Luego, a la par, transcurre la Vida. Va de la mano de la Parca, se entrelaza con ella y hace un camino sinuoso, muy estrecho a veces.

De vez en cuando ocurre. Perdemos algo que siempre hemos considerado nuestro, innato a nuestro día a día. Algo pegado a nosotros. Lo llevamos encima y lo mimamos poco y lo miramos menos. Pero de vez en cuando ocurre. La Parca se hace con los mandos. Muertes no anunciadas que aparecen ante nosotros como abismos. Un existir pasa a ser otro. Completamente distinto de un día para otro. Pero nos damos cuenta mucho más adelante. La mente es lenta a la hora de reconocer desastres en toda su extensión.

Cada fin de semana en que mis horas de comida transcurren como cualquier anodino y vulgar día de diario siento el lacerante yugo de la orfandad, el tributo ¿honorífico? de no tener familia. La soledad de quien pierde a sus más cercanos es muy puta y aparece sin avisar. Aplastante. Es una sensación inimaginable para el ignorante, que suele jactarse del exagerado dolor que ve representado, y lo hace sin ningún pudor. Porque el atrevimiento del desconocer, ya sabemos, es de muy largo recorrido.

La única ventaja que posee esta forma obligada de vida es que los siguientes desastres no te derrumban. No hay susto. No hay drama. No hay pánico. El acantilado no es más que una calle a cruzar, zancada tras zancada. Una vez que uno deja de ser visitante para pasar a convertirse en habitante perenne de la casa de la soledad, la percepción cambia. El dolor se atempera y permanece latente con uno. No tiene la bravura de los primeros momentos, sino una fina capa de sabiduría. Parece de peso liviano, pero es sólo un efecto óptico del tiempo, de la costumbre. Es asimilable al que convive con un enfermedad, que la hace suya, no por ello sin dejar de sentir una suerte de dolor que no puede ya contar.

Vive siempre con aires de normalidad. Sonríe y se mueve como si nada ocurriera. Calla y hace que no siente, que no recuerda. Continúa día a día, fin de semana tras fin de semana. Pero sabe muy bien en su interior que el daño no es reparable. Que lo que se perdió ni volverá ni es reemplazable por nada. Y se pregunta cuándo hizo el hatillo ese de frialdad para seguir en el mundo.

 

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Elena Silvela

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2 comments

  1. Hola, Elena.

    Me encanta cómo hilvanas ese sentimiento interior de cara a la galería, tal como realmente se siente una vez has superado esa pérdida. Los que nos hemos quedado sin padres lo sabemos:D.
    Sin embargo, la vida sigue…y a veces la familia crece.

    Feliz domingo.

  2. Gracias, Begoña. Creo que es un sentimiento universal, común a quien ha pasado por esto. Es constante, y lo aquietamos todos los días. Un abrazo

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