Ensayo de infortunio – por E. SILVELA

El infortunio es bonita palabra para designar un momento que nadie quiere experimentar. Por muchos motivos. Uno de ellos es ese fenómeno incómodo que trae consigo. Incómodo y recurrente. Por más que uno quiera, se repite y se repite. Parece que no va a ocurrir, pero siempre acaba el infortunio en ese punto tan amargo. Habéis adivinado, estoy hablando del proceso selectivo de apoyos. La realidad numérica de amigos, que de pronto se reduce a mínimos. La verdadera amistad, esa que es incondicional, que transcurre por todas las etapas de la vida es exigua. Los amigos que son tales, de igual intensidad en las duras que en las maduras, son realmente escasos. Léase también “familiares” cuando escribo “amigos”, pues un familiar tiene la misma sangre que un amigo a la hora de la verdad. Incluso también léase muchas veces “cónyuge”.  La frase de John Churton Collins es muy ilustrativa: “En la prosperidad nuestros amigos nos conocen, en la adversidad los conocemos a ellos.” 

Posee también un curioso efecto esta época. La resta de importancia. Porque la adversidad ajena, salvo que sea muy llamativa o evidente, tiende a desecharse. No estamos acostumbrados a ponernos en los zapatos del otro. No sé porqué, pero no entra dentro de los ejercicios educacionales de los progenitores. No tendemos a mirar más que con nuestros propios ojos. Y la visión resulta así monógama, calibrando el problema con pesas trucadas, las que adelgazan y niegan la mayor. Penoso. Si a ello le unimos la incomodidad de una casa vecinal en donde no hay alegría y poco que ofrecer, la fiesta desluce bastante. 

También estas épocas de penuria tienen secuelas bien distintas, pues al tiempo que algunos desaparecen como si el cosmos les hubiera evaporado su esencia, hay otros que surgen no sé sabe bien de dónde, pero están ahí, son fuertes como rocas, dispuestos como nunca vimos y deciden apoyar y ayudar con un ahínco que nos deja boquiabiertos. Uno no deja de admirarse durante un largo tiempo de este tipo de apariciones.

Mirando más allá del horizonte se otean otros detalles. Si el período de adversidad se prolonga en el tiempo, el fenómeno se agudiza. Los vientos incómodos que no cesan resultan poco afables para terceros. Las fuerzas flaquean. Es como tener que visitar a un enfermo durante meses y meses que se prolongan luego hacia años que parecen no tener fin. Las visitas se van muriendo, espaciadas en el tiempo, casi imperceptiblemente al principio, hasta quedar reducidas a la nada. Uno así termina con un ejército de amigos tan escaso que no podría casi defender una mísera trinchera. 

Me despido hasta la semana que viene sin antes decir que quien manifieste no haber pasado por esta situación de una u otra manera no será de este mundo y le habré de tratar como extraterrestre.

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Foto de BABIOGRAPHY

Elena Silvela

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