Enemigo, por JAVIER PECES – #escritos

Cuentan -los que mejor entienden los arcanos- que hasta el mismísimo Señor se procuró un diablo, elegido de entre los ángeles más bellos, para que le obrase como contrapunto. Hizo de su belleza extrema fealdad, y convirtió en cojuelo Lucifer al hermoso Luzbel. Tornó en malignidad cualquier rasgo de su anterior virtud, encarnando en él todos los vicios y todas las acciones execrables.

Y así actuaron todos, de Su Divinidad para abajo, creciendo la tosquedad a medida que se descendía en el escalafón. Cada cual su enemigo, así tenga que pintarlo si de natural no se presta ninguno. Buscaron en el norte los romanos, encontrando individuos con sucias vestimentas, ninguna higiene y barbas descuidadas. De ahí, supongo, el nombre de bárbaros. Unos años después, invasor invadido y punto final al imperio. Los godos han venido, tal vez para quedarse, tal vez para encarar la llegada de un nuevo enemigo.

Invadieron los moros la tierra de cristianos, en busca de víctimas infieles que aportar a los anales de su historia. Que la gloria no se alcanza fácilmente, y las setenta vírgenes no ambientan porque sí la bacanal; han de escuchar primero las historias de terribles peleas que justifican el descanso del guerrero. Y, otra vez al revés, cruzados fueron los mundos conocidos en busca de batalla, siendo la media luna el objeto de la invasión y del castigo. El nombre, como antes, sugiere intensamente la acción de patearse los caminos por mucho que el clero barrigón reivindique la acepción que le interesa.

Así sembraron de horror y destrucción nuestro planeta todos los potentados, cada uno emparejado con su contrario, tan terrible como imprescindible, tan taimado como conveniente a los negocios. Auge y caída del demonio de todos los demonios, con discursos a las masas, limpiezas étnicas con gas y anhelos de dominación de todo el universo conocido. Sueños de dictador, imperios sin fin, ni territorial ni temporal. Enorme esfuerzo bélico para conducirle hacia la nada. Combatir al fascismo, la consigna de hoy. Aplastar al comunismo, la propaganda de mañana. En qué quedamos.

De la guerra caliente a la templada y a la fría, todo vale para que no pare la música. Llanto del infeliz bajo el fuego del mortero enemigo o en el radio de acción de los misiles balísticos intercontinentales. Tintineo del dinero en el bolsillo del traficante. Cuánta seguridad en todos los hogares; cuánto alivio para las conciencias; cuánta tecnología aplicada al mal.

Qué detalles tan feos por parte del contrario, en su loca ebriedad: cambiar el secretismo por la glasnost. Tornar el comunismo en perestroika y convertir la unión soviética, a toda prisa, en el guirigay de la desmembración. Descartar el mundo anodino y gris pero barato e igualitario, en favor del colorido de la inalcanzable diversidad capitalista. A ver qué hacemos ahora con todos los agentes encubiertos, tanto de campo como de ciudad.

Busquemos un demiurgo facilito, que resulte asequible a la escasa memoria de nuestros acomodados ciudadanos. Que se filmen sus actos horrorosos en alta definición. Que se muestren con detalle sus andrajos malolientes, sus barbas descuidadas y sus miradas perdidas, ya más en el paraíso prometido que en el valle de lágrimas presente. Que se amontonen los explosivos en sus cinturas y los horrores en nuestros televisores.

Voluntariamente vendrán los pobres asustados a escenificar la ofrenda, en bandeja de plata, de todas sus posesiones. A cambio, rogarán la promesa de una seguridad que, de cuando en vez, se relajará un poquito para poner un crimen en la primera plana. Tragedia aleatoria y selectiva. Es bien conocido que los informativos no pueden ir en blanco -audiencias mandan- y que las portadas ensangrentadas incentivan la venta de material bélico y antidisturbios.

Conspiremos, hermanos. Negocios, como siempre. Beneficios, como nunca.

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Javier Peces

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