Encuentros – por EMILIA MARTÍNEZ RUIZ

La edad todavía no los ha encorvado, pasean por una ciudad muy alejada del mar un atardecer atravesado de brillos que lentamente se van tornando oscuridades; oyen el silencio de las primeras estrellas, y el sonido de sus pasos por el mismo mundo, por la misma acera. Durante un instante, confusos, dejan de mirarse y callan: él ha pensado que podría amarla y ella que podría amarlo. Las luces de las farolas empiezan a bordar claroscuros en edificios y calles, y se despiden con frases hechas cuando la noche comienza a encresparse de frío . Se van en direcciones opuestas, perdiéndose en sus desiertos interiores a cada paso que los separa.

Solo, en su casa, se despierta en plena noche soñando algo que no recuerda y repitiendo palabras sin sentido. Se levanta de la cama, y sentado en una butaca junto a una lámpara de cristal emplomado revisa fotografías desvaídas, diciéndose a sí mismo que debería ordenarlas o romperlas. Mientras las mira rememora fragmentos de su vida encajando familia, amigos, amigas, países, ciudades y paisajes  en los huecos que llenaron y los vacíos que dejaron. Las aparta, cierra los ojos, desea estar en cualquier lugar donde no haya estado nunca.

Sola, en su casa, no puede dormir, ni leer, ni escribir. Cansada, enciende velas aromáticas ajustadas en candelabros de plata, y observa las llamas alargarse y encogerse como si estuviera en trance. El resplandor proyecta sombras que cabalgan por las paredes animando los objetos, dos mastines de escayola negra al fondo del salón parece que parpadean y tiemblan. Sale al balcón, y rodeada de sus preciosas plantas  aguarda prendida del paso de la luna a que la noche acabe; al amanecer cruzan el cielo bandadas de pájaros graznando y susurra melancólica: “llevadme con vosotros”. Entra, apaga las velas, poco después el sol la encuentra dormida en el sofá.

Vuelven a reunirse puntuales, y haciendo como si no estuvieran esperándose, en el sitio donde se conocieron por casualidad: esa placita rodeada de árboles que casi nadie frecuenta, en el banco de hierro frente al estanque sobre el que tres cisnes de mármol vierten chorros de agua por sus picos. No ocultan que se alegran de encontrarse.  Empiezan un paseo sin rumbo por la ciudad en la que han vivido siempre y cuyos rincones descubren ahora poco a poco, hablando de mil cosas, callando otras. Buscan cafetines solitarios, apartados, para tomar chocolate con bollos rellenos de crema o de trozos de frutas escarchadas, y a veces también una copita de anís seco.

Y así, en aparente paz, seguirán pasando esas horas de sus días que de forma tácita han decidido compartir.

 

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