En torno a Shakespeare y a los primeros teatros londinenses

Todo turista en Londres que decida emprender el agradable paseo que lleva siguiendo la orilla del río del Tower Bridge a la Tate Modern se topará, aproximadamente a la altura en que se vislumbra  al otro lado del Támesis la cúpula de la catedral de San Pablo, con un curioso edificio circular construido en madera que destaca por lo anacrónico entre los altos y elegantes edificios adyacentes. Se trata de The Globe, el teatro isabelino construido por la compañía de William Shakespeare y albergue de las obras del genial dramaturgo.

A pesar de no ser el original, destruido por orden del gobierno puritano en 1642, es una reconstrucción del mismo realizada en la década de 1990, situada a tan solo 200 metros del lugar que ocupaba en el siglo XVI (ahora un aparcamiento), y edificada utilizando las mismas técnicas y materiales que entonces. Al entrar en The Globe el visitante tiene la sensación de viajar al pasado, de volver a revivir el espíritu renacentista de Southwark, el área en donde está enclavado, que acogió uno de los hitos principales de la historia de las letras universales.

Sin embargo, no siempre se concibió el teatro en Inglaterra como una forma de cultura elevada. Durante el Renacimiento fue asociado a otro tipo de diversiones poco edificantes para el alma, como las que se realizan en tabernas y prostíbulos; de ahí que fuese relegado a “zonas de esparcimiento” situadas fuera de los límites de la ciudad, como era el caso de SouthWark, en la ribera de enfrente del Londres isabelino.

El teatro siempre había gozado de mala fama en Inglaterra entre la gente de bien. Pero a pesar de que estuvo prohibido durante el breve reinado de Eduardo VI, la propia reina Isabel I autorizó mediante un decreto las representaciones de compañías de actores ambulantes, siempre que las obras hubiesen sido autorizadas por las autoridades locales o los jueces de paz. El texto prohibía expresamente tratar temas religiosos y políticos (“Matters of religion or of the governance of the estate of common weal”).

El rechazo abierto por las artes escénicas que manifestaban las autoridades religiosas y civiles no era compartido no obstante por la nobleza, que mostraba una gran afición por las representaciones teatrales y que hacía gala de una gran complicidad con los cómicos. Tanto es así, que era muy común que las compañías de teatro tuviesen un patrón o mecenas en la figura de algún grande del país, bajo cuyo nombre era bautizada la empresa.

De esta forma las compañías teatrales tenían nombres como Pembroke´s Men, Admiral´s Men (ésta la dirigía el amigo de Shakespeare Christopher Marlowe), Strange´s Men o Lord Chamberlain´s Men. En varias de ellas militó William Shakespeare como actor y para algunas incluso escribió obras.

Abundaban en la segunda mitad del siglo XVI las compañías de teatro que recorrían las tierras inglesas y uno de los lugares de paso en las giras era Stratford-upon-Avon, la ciudad que vio nacer a William Shakespeare en 1564. Es probable que el contacto con los cómicos ambulantes en su infancia despertase en el joven Will la vocación por la farándula.

El Londres de finales de siglo era una ciudad en proceso de crecimiento vertiginoso, con una población de alrededor de 300.000 habitantes (una décima parte del total del país), que ya entonces constituía una de las principales capitales de Europa, junto con Nápoles y París. Despertaba además como el gran centro comercial de una gran potencia económica. Era el espejo bullicioso de un país que se transformaba a pasos agigantados desde la fragmentación y falta de identidad nacional tardomedieval, a la construcción de la patria sólida y unificada impulsada por la reina Isabel.

Consciente de los cambios que experimentaba la ciudad, James Burbage (padre de Richard Burbage, que sería el actor principal en las compañías de Shakespeare y socio con él en el negocio),   comprendió las ventajas de establecer un teatro permanente allí: tener el control absoluto de la programación y de la caja, algo que no podía garantizar el teatro ambulante.

Burbage alquiló un terreno a las afueras de Londres, en Shoreditch, y en 1576 comenzó a construir el que sería el primer teatro de la ciudad y al que en un alarde de creatividad bautizó como The Theatre. Las reacciones de los preservadores de la moral no se hicieron esperar, y de esta manera, un predicador de St. Paul´s Cross se refirió a la nueva construcción como “un lugar de exposición de todas las materias bestiales y sucias”.

Al año siguiente del de Burbage se construyó The Curtain y cuatro años después abrió un nuevo teatro en Southwark, The Rose, gestionado por Philip Henslowe. De esta forma las compañías dispusieron de nuevos enclaves fijos para representar en las zonas cercanas a la capital. La fiebre teatral llevó a que incluso se convirtiese la posada The Boar´s Head en sala de espectáculos hacia 1598.

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Las autoridades puritanas del Londres de la época consideraban el teatro como una actividad poco casta y sediciosa, y lo habían prohibido en el término municipal. Es por ello que los teatros comenzaron a construirse al noreste o al sur del Támesis, fuera de la jurisdicción de las autoridades locales. Y de hecho compartían espacio con otros establecimientos degradantes para el alma, como son las tabernas y los prostíbulos. También tenían lugar en estas zonas de recreo espectáculos salvajes y sangrientos con animales que consistían en obligar a una manada de perros a luchar contra un oso encadenado al suelo, aunque también se daba una variante de este deporte repugnante con un toro.

El disponer de teatros fijos en la capital también beneficiaba a la corte pues proporcionaba una fuente de entretenimiento para días festivos, festivales y para agasajar a las visitas diplomáticas. En 1581 Edmund Tilney, un oficial de la corte, es investido con la autoridad para elegir las obras susceptibles de ser representadas en palacio. Todos los espectáculos, las tragedias y las comedias debían ser recitadas ante él para que eligiese las más adecuadas.

El objetivo de las compañías de teatro era llegar a representar ante su majestad y ante la nobleza, y de esta forma, las representaciones públicas ante el pueblo llano se podían considerar como meros ensayos de las obras.

Atendiendo a los edificios en sí, la mayoría eran teatros abiertos, sin techo, dado que casi exclusivamente se representaba con luz natural, lo que obligaba a comenzar el espectáculo a primera hora de la tarde. Todo el que esté familiarizado con el clima británico comprenderá que la temporada teatral duraba escasamente los meses de verano.

En 1594 el actor Richard Burbage, el hijo del dueño de The Theatre, monta una nueva compañía teatral con gente procedente de Strange´s Men, entre los que se encuentra William Shakespeare. Se trata de Lord Chamberlain´s Men. Hacia 1597 Burbage padre cierra su teatro y al año siguiente lo desmonta con la intención de ceder los materiales para la construcción de uno nuevo: The Globe. Ésta será la morada profesional de Burbage y Shakespeare desde 1599 hasta el incendio que lo destruyó en 1613, durante una representación de Enrique VIII, probablemente por un fallo en la pirotecnia de lo que hoy llamaríamos efectos especiales. Aunque fue reconstruido unos años después, el gobierno puritano ordenó su derribo definitivo en 1642.

The Globe tenía forma circular con un escenario rectangular y palcos alrededor. Curiosamente, las localidades más señoriales, y por tanto más caras, estaban situadas en los palcos más próximos al escenario que casi se encuentran detrás del mismo. Esta preferencia por un pésimo ángulo visual para seguir la obra tiene su explicación: en el teatro isabelino era mucho más importante el texto declamado por los actores que la acción representada. El guion es autodescriptivo de los hechos que tienen lugar en la escena y los actores describen con palabras todo lo que hacen en cada momento. La trama podría seguirse con los ojos cerrados. Por tanto, el mejor sitio del teatro es desde donde se escucha mejor la obra.

La importancia del lenguaje fue fundamental para este nuevo teatro. Shakespeare dotó de un nuevo lenguaje a este nuevo país que nacía a la edad moderna con una identidad renovada a través de sus obras. De alguna forma reinventó la prosa que utilizaba y refinó el verso hasta convertirlo en la más flexible poesía que ha conocido la historia. Ese es su legado y su grandeza.

Pablo Rodríguez Canfranc

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