En Mactán – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO

La bautizaron como isla de los Ladrones.

Una tripulación fatigada y deshecha observaba entre perpleja, atemorizada y enfadada cómo aquellos hombres de largas melenas atadas sobre sus frentes y  dientes teñidos de rojo se acercaban en unas piraguas provistas de balancines. Treparon con agilidad por los costados de las naves; con la rapidez de un parpadeo, se movieron por ellas, cogieron lo que se les antojó bajo miradas desconcertadas, miradas sin capacidad de reacción. La confusión en la algarabía se deshizo y los indígenas fueron expulsados. Cuarenta y cuatro hombres al mando de Magallanes, de rictus desencajado pero firme,  desembarcaron en la isla recuperando casi todo lo sustraído, después de quemar decenas de casas y matar a siete indígenas.

Aquellos hombres desnutridos fijaron la vista en la vegetación y los frutos que la naturaleza les ofrecía.  Tras hacer acopio de una cantidad significativa, continuaron su rumbo navegando a buena marcha para plantarse en las islas de San Lázaro (se llamarían Filipinas en 1564,  con la conquista por López de Legazpi, en honor a Felipe II) en solo ocho días. Más de mil islas ocupan el espacio; el carácter hospitalario y amable de los habitantes de una de ellas, Samar, calmó aquellos espíritus cansados. Una semana de descanso, reponiendo fuerzas, les animó a proseguir la marcha; Leyte, Cebú y Mactán serían sus próximos destinos.

Humabón, rey de Cebú, selló un pacto de sangre con Magallanes; muchos indígenas fueron convertidos al Catolicismo. Humabón se convertía en feudatario de un rey muy lejano, de igual manera que  todos los reyes del archipiélago deberían someterse a él.

Mactán fue el lugar elegido, Magallanes desplegaría su fuerza, la invulnerabilidad del hombre blanco se había expandido con la fuerza de un tornado. El desembarco se produjo; cuarenta y nueve hombres armados saltaron al agua desde las canoas, caminaron con dificultad con el agua hasta las rodillas hacia tierra firme donde les esperaban más de mil quinientos guerreros. Magallanes advirtió su error,  ya era tarde.

La orden de retirada sirvió para salvar algunas vidas, no la suya. Su cuerpo despedazado flotó en las aguas cercanas a la playa de Mactán.

“Así pereció nuestro espejo, nuestra luz, nuestro apoyo, nuestra guía” (Pigafetta).

 

 

Lola Sánchez Lázaro

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One comment

  1. Que bonitos son todos tus relatos históricos; deberías meterlos en un libro. Yo también acabo de terminar un pequeño relato histórico; es sobre un día cualquiera en la vida de Sapho.
    Desde que descubrí hace casi 45 años a Sapho y sus poemas, ha sido mi musa y fuente de inspiración. Te mando por email el relato a ver que te parece, no está escrito con esa “gallardía” propia de tus relatos históricos, sino mas bien en un entorno poético que es lo que me pedía el cuerpo al escribir sobre ella.
    Un beso

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