En la cola del cine

Me pongo a la cola, en el cine. Una de esas que hacen zigzag. Eternas. Calculo que me restan unos veinticinco minutos para tener las entradas en mi mano y poder sentarme en la butaca. Mis ojos se pierden con facilidad entre la gente. Es el resorte del tiempo libre aparentemente improductivo. Miro a los integrantes de la fila y caigo en la cuenta. Lo más interesante está justo delante de mí. Una pareja. Anodina. Salvo cuando prestas un poco más de atención. El quiz está en los detalles, siempre.

Ella viste con aparente sobriedad. Pantalones de cuerro marrón ceñidos. Ni mucho ni poco. Una blazier de cuadros verde y marrón entallada. El pelo artificialmente lisísimo, de color negro azabache, brillante también en exceso. Unas botas de tacón de aguja kilométricas. Divinamente maquillada. Excesivamente maquillada. Sobre todo, porque estamos en la cola de un cine a las diez de la noche. Su semblante es serio. Junto a ella, su pareja. Camisa a rayas con los puños remangados, pantalón vaquero, cinturón rojo de trenza elástica y zapato castellano. Imagen normal de hombre burgués. Los dos se agarran por la cintura. El uno al otro. El otro al uno. Mi percepción se acentúa, pues no dejan de agarrarse por la cintura ni al dar la curva de la cola. Se miran poco. Cruzan dos o tres palabras. Ella sigue sin sonreír.

Mi imaginación, mortalmente aburrida de esperar, toma la delantera. A lo suyo. La mano de él sobre la cintura de ella es de apropiación. Como si fuera de su entera propiedad. La mano de ella sobre la cintura de él es suave. Carece de sentimiento. Se apoya en la nalga de él, pero se diría que lo hace por compromiso. No hay en sus gestos atisbo de cariño. Sus cuerpos están juntos, pero pueden verse unos milímetros de separación. La abertura suficiente como para que corra el aire entre dos personas que no se quieren. Ambos siguen de frente. No hay mirada a los ojos. Ni una. Se dicen algo, pero las palabras caen sobre la nuca de la persona de delante.

Mi mente ya va suelta, alocada. La soledad es muy mala. Nos empuja a hacer cosas impensables en otro momento. Pagar por la compañía de alguien, hasta para ir al cine, es una de ellas.

Llega mi turno para comprar las entradas. Mi mente se reorganiza y vuelve a la vida diaria. Entro en la sala. No recordaré estos veinte minutos de cola hasta tres días después.

Elena Silvela

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4 comments

  1. Leo tus líneas,
    querida prima,
    y asombrado pregunto
    ¿lo hará con rima?

    Pues sí en un rato
    y haciendo cola
    escribes esto
    solita, sola

    Que no andarás
    en un ratito
    con tu sonrisa
    en cualquier escrito.

    Y así te envío
    un fuerte beso
    Y me despido:
    ¡Ahí queda eso!

    1. Querido Pablo, me has dejado sin habla. Es decir, que no hablo. Pues nadie me había dejado un comentario ni parecido. Pues este escrito es de los pocos que son fieles a la realidad, a lo que pasó, pensé, sentí y noté. Un besazo.

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