En el Museo del Prado – por JUAN ANTONIO LÓPEZ DELGADO

Cuando vengo a Madrid, la visita al Museo del Prado es siempre otro de mis anhelos. Selecciono obras maestras y más de mi gusto. He empezado por Rosales: el Retrato de Pinelli, de lo más sobrio y parco de toda la Pintura nuestra; Retrato de Conchita Serrano, que no se cansa uno de mirar, ora en la demasía varia del rosa, ora en la apostura donosa de la niña que va para mujer, ora en el simbólico toque paisajal de amanecida; Tobías y el Ángel, que dicen no le apeteció terminar, pero que hecho está en la fluencia única de la luz y en la sazón espiritual y dulcedumbre de los nazarenos; el Desnudo de mujer, que trae la modernidad al Arte, porque a todo se anticipa y con todo rompe; y, en fin, la Muerte de Lucrecia, con sus poderosos zarpazos de pincel, la vehemencia suelta de la técnica, la disolución de todas las maneras, la fuga y asunción a la vez de la belleza en el drama…

Luego, Velázquez, con Las Meninas, en que el vuelo del vestido de la infantita, áurea plata marfileña, contrasta con los que, matéricos, caen y se doblan en el suelo de sus azafatas; el Esopo, con sus zapatos maravillosamente cansados y toda aquella inferior representación objetual; los fondos de paisaje guadarrameño; la sutil interpretación de la vida con el guante apenas prendido de la mano del Infante Don Carlos; ese principio divino de espalda de la hilandera del primer término…

Después, El sueño del patricio, de Murillo, con las tres dormiciones ciertas, veraces, auténticas.

Y, para terminar, Mengs: su autorretrato, el Retrato de Azara y la Adoración de los pastores, joya inadvertida pero de primer orden de este Museo que va preparando ya el bicentenario de su existencia.

 

El Infante Don Carlos (de Velázquez)

El magnífico porte del hermano
del Rey, tan oscuro en su muerte
como en su traje, iba con la suerte
de España: alta en abril, baja en verano.

¿Llevaba hasta el monarca casquivano
la pereza y desidia, lo inerte?
¿O era su sangre flor de virtud fuerte
y el poema su altar más fiel, más lozano?

Se dirime el dilema en el guante
y en el sombrero: Yo – dice el Infante –
tomo con brío lo que va en cabeza

y sólo por la punta lo que adorna.
Por eso no hay valido sin terneza
y hay tanta cacería que abochorna.

 

Carlos de Austria, Infante de España.

Juan Antonio López Delgado

Juan Antonio López Delgado Ha publicado 21 entradas.

Murcia, 1950. Profesor de Enseñanza Secundaria. Doctor en Filología Románica. Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia (Madrid). Especialista en temas literarios e histórico-artísticos de los siglos XVIII y XIX.

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