En el centro

Cuando estaba ideando este blog, uno de los apartados que me parecía podría ser atractivo para la persona que entrara a leerlo es uno en que apareciera la experiencia en primera persona de otra gente que hubiera pasado por un proceso terapéutico. Así que descolgué el teléfono, tecleé los wasaps y los correos electrónicos de un puñado de hombres y mujeres que han pasado por mi consulta y les pedí que me escribieran un párrafo sobre en qué les había ayudado acudir a una psicóloga/que habían aprendido de su paso por la consulta.

Todas las personas me escribieron el párrafo enseguida, compartiendo un trocito de su experiencia vital . Todas son claro, experiencias positivas y de superación; pero me llamó la atención algo que se repetía en la mayoría de testimonios: aprendí a dedicarme un tiempo, a pensar en mi misma, a cuidarme, etc. En definitiva, la mayoría habían aprendido a ponerse en el centro de sus vidas. Y hablo en femenino, porque la mayoría de personas que han escrito sobre esto han sido mujeres.

Ponernos en el centro de nuestra vida. Qué poco nos han enseñado esto en nuestras historias de aprendizaje. Qué poco nos han hablado de descubrir nuestras cualidades, de pensar en nuestros deseos y necesidades; más bien nos enseñaron a cuidar de los demás, a adivinar los deseos e intereses de los otros, a tener miedo de que si no agradamos a los demás, si no seguimos los modelos sociales, seremos rechazadas y aisladas. Y así, nos encontramos absorbidas en una vida vivida para otros, pensada por otros y llena de insatisfacciones y de esa sensación de angustia difusa de no saber que queremos.

A los hombres, aunque por otros mecanismos (que dejo para otro día), tampoco les enseñan a conocerse a sí mismos. Y así vivimos unos y otras, intentando cumplir las expectativas que los demás, la familia, la sociedad nos impone. Cuando vivimos inmersos en vivir para fuera, para el trabajo, para los demás , para el amor, etc… es cuando empezamos a sentir esa angustia no definida pero que nos va dejando la sensación de que nuestra vida a pesar de todas las cosas que hacemos no tiene mucho sentido.

Y una vez más, son las pequeñas estrategias que ponemos en marcha, las que funcionan. Diez minutos de meditación diaria, hacer el ejercicio de pensar cuáles son nuestras prioridades y ordenarlas, apuntarte a alguna actividad que siempre te interesó pero nunca encontraste tiempo para apuntarte, decir que no a alguien o a algo, atrevernos a decir que sí, a decir lo que pensamos a pesar del miedo, a poder mostrar nuestras carencias a los demás; cosas muy distintas pero con un nexo común: partir de nosotros mismos.

Sólo desde nosotros podemos mirar hacia fuera y seguir creciendo.

Leticia Silvela

 

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