En duermevela

Intento conciliar el sueño, mas la fase delta y las ondas rem no parecen reclamarme en absoluto. No me levanto de la cama, eso es lo último, pues de ahí pasaré seguramente a una noche en vela. Ahueco una vez más la almohada y me acurruco, enfundada en el edredón. En duermevela se logra descansar algo, es el pensamiento que me consuela en estas situaciones.  Cierro los ojos y relajo cada músculo que conozco de mi cuerpo. Poco a poco se aquedan los pensamientos y la imaginación se libera. Los sueños en duermevela no son tan nítidos como los de una noche profunda, pero sí son suficientes para distorsionar la realidad.

Encamino mis pasos hacia la casona. Señorial, de piedra gris, tres alturas, con sus ventanas granates. Un gran porche precede a la puerta de entrada. Mis pasos retumban. Pero no tengo miedo. Empujo la pesada puerta de entrada, cede con un profundo quejido de herrumbre centenaria. Viene a mí el olor de la madera noble, de las tapicerías antiguas, de las lámparas pulidas. La entrada tiene forma de óvalo y es inmensa. Aunque fuera es noche cerrada, la iluminación de dentro es perfecta. Sé que no hay nadie en la casa, pero no me pregunto quién ha encendido las luces. Los misterios oníricos son inalcanzables. Paseo la vista por la gran escalera de tres tramos. El pasamano de madera de roble brilla reluciente, los peldaños de mármol marrón cobrizo le dan a la estancia un aspecto profundo. Al fondo de la entrada una gran puerta en forma de acordeón da paso al salón. Al fondo, los ventanales de techo a suelo, ocupan toda la pared. Las cortinas están descorridas. No veo nada del exterior, la noche cada vez es más oscura. Imagino un inmenso jardín.

No es el salón lo que he venido a ver, sino el piso superior. Me encamino hacia la escalera y empiezo a subir, la mano izquierda rozando con solemnidad el pasamano. Me encuentro arriba con un descansillo presidido por un pequeño bargueño. Sobre él, una lamparita encendida ilumina la estancia lo justo. Un enorme cuadro familiar cuelga de la pared. A la derecha, un pasillo largo oscuro. Se adivinan tres puertas a cada lado. Una de ellas, la más alejada, se abre y cierra sola. El vaivén es rítmico, no muy rápido. Adivino que hay luz dentro de la estancia, pues un pequeño reflejo aparece cada vez que la puerta se abre por completo. Empiezo a caminar, con lentitud. Ahora sí presiento algo. Los sentidos se han puesto en alerta. Quiero desandar el tramo de pasillo, pero mis pies no obedecen y se encaminan hacia esa puerta, tercos. El corazón se acelera, las manos se aferran a mi vestido. Presiento que no me va a gustar lo que sea que haya en la habitación. Mis pasos continúan, sin piedad. Llego a la altura de la puerta e intento cerrar los ojos. Los párpados no responden. Noto que las pupilas se han dilatado, mi visión es más que nítida. Mis pies han girado para colocarse en el umbral de la puerta. Intento gritar pero no tengo voz. La habitación es amplia y sencilla. Sólo una cama y una pequeña mesilla. Entonces, descubro el porqué de mi alerta. Los muebles están suspendidos en el aire. No hay suelo, sino abismo. Abajo, lejos, muy lejos, un acantilado conteniendo un mar en furia. No quiero dar ni un paso, pero alguien me empuja desde atrás mientras escucho una carcajada que retumba, despreciativa. 

Sobresaltada, me siento en la cama. Mi cama. Mi cuarto. Mis perros a los pies. En el reloj no han pasado ni diez minutos desde que decidí intentar conciliar el sueño. Quizá, pienso, no sea tan mala idea levantarse y pasar una noche de insomnio conmigo, con mi realidad. Me levanto a prepararme un chocolate calentito. Me siguen los perros moviendo el rabo, sorprendidos de que la juerga comience tan temprano. 

Elena Silvela

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