En casa – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO

El 19 de mayo de 1522,  la Victoria dejó atrás el cabo de Buena Esperanza con un balance desolador; al maltrecho estado de la nao había que sumar las bajas humanas. Ahora, las condiciones de viento, corrientes y el estado de la mar favorecían su rápido avance, la fe y la ilusión emergían de nuevo entre la tripulación.

El 8 de junio pasaron el ecuador, ya sin corrientes favorables que les hicieran avanzar con rapidez.  Vientos débiles, agónicos, moribundos, y calor asfixiante fueron un cóctel demasiado agresivo; el agua escaseaba, la sed les carcomía, necesitaban tocar tierra. Los vientos contrarios y los bajíos se compincharon  en una travesía desahuciada, como si de un cáncer terminal se tratara,   que parecía no tener fin. Todos advertían la muerte acechar a sus espaldas en un baile maldito y sinuoso que, con alevosía y premeditación, desgastaba hasta al más esperanzado. La decisión, compartida por la mayoría, fue la de recalar en las islas de Cabo Verde, cuyos puertos eran utilizados hacía tiempo por los portugueses. Sentían las puertas de casa pero también las del último suspiro.

Elcano sorprendería a los lusos con un engaño: La Victoria regresaba de tierras americanas separándose del resto de la flota por una tempestad que dejo la nao casi inservible. Un mes después del paso del ecuador,  fondeaban frente a la costa de Guinea Bissau donde se abastecieron de provisiones y materiales necesarios. Pocos días perduró la ficción, la alegría tornó en tristeza y miedo al ver que los portugueses les perseguían  en cuatro navíos exigiendo su rendición.

La Victoria tiró de su alma, el cuerpo ya estaba en coma y, navegando hacia el sur hasta el 17  de julio, despistaron a sus perseguidores. Atrás quedaban retenidos trece compañeros, solo veintiún espectros derrotados y marchitos permanecían en la nao que, con el esqueleto fracturado, hacía agua. La mayoría de los hombres trabajaba día y noche en una lucha constante y extenuante que se cobró tres víctimas más.

Y por fin, el 6 de septiembre la Victoria alcanzaba su hogar. Aquel escombro flotante, con el velamen roto, desmantelado, medio desarbolado, azotado por  temporales inimaginables, traspasaba la barra de Sanlúcar.  

Y los tripulantes, exhaustos, abatidos, desfallecidos, hambrientos, pieles llagadas y carbonizadas  sobre débiles huesos, cubiertos por andrajos, desplegaron el resto de sus fuerzas que, ocultas bajo la sombra alargada de la muerte, resurgieron, con una alegría que desbordaba sus corazones.   

Dieciocho hombres besaron el suelo de la tierra patria, dieciocho hombres arribaron a casa.

La pesadilla alcanzó la meta, la primera vuelta al mundo se había completado.

 

Lola Sánchez Lázaro

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