Ellas – por MARÍA JOSÉ BARROSO

Ellas eran chicas de cabello cardado, falda de tubo y costura en las medias. Serias y formales, por devoción y obligación. Se pintaban los labios de rojo carmín y elegían su mejor rebeca, por si refrescaba, los domingos por la tarde. Se colgaban del brazo de su novio “de toda la vida” y paseaban a lo largo de la calle principal con taconeo orgulloso. Con suerte, aquella tarde podrían cambiar la rutina y acudir al cine donde estrenaban “Las chicas de la Cruz Roja” o la última de Saritísima. Esperaban impacientes un beso cuando el sol se ponía y la oscuridad se convertía en aliada de todo lo prohibido. Saboreaban la osadía de rozar a un hombre hasta que un anillo de oro, reluciente en su dedo, les confirmaba que podían ir más allá, según las instrucciones de don Juan, el párroco, siempre vigilante de su honra y sus deberes de buena mujer.

Ellas vieron que la falda se acortaba y los pantalones ceñían sus piernas. Se asombraron con nuevas modas mientras su vientre se hinchaba y los hijos llegaban uno tras otro. Los mimaban igual que a su hombre, con la misma devoción y con idéntica obligación. Eran el eje de su vida que jamás se movía, la tierra firme bajo sus pies, mientras a su alrededor las más jóvenes hablaban de independencia, libertad y ambiciones profesionales. Abrazaron esa libertad con el corazón silencioso, encerradas entre las cuatro paredes que había que limpiar cada día. En ellas creció el deseo de que sus hijas -y las hijas de sus hijas- tuvieran una carrera y un trabajo, dinero propio y medias nuevas, sin consultar al hombre mimado. “No dejes nunca que un hombre te compre las bragas, hija”. Pero hay cuerdas unidas por la devoción y la obligación, cadenas que atan y barreras que limitan, aunque jamás se confiesen. Se transmiten de madres a hijas, aunque nadie lo acepte ya.

Ellas no pueden evitarlo. Aún se avergüenzan si ven a un hombre con un estropajo en la mano para fregar los platos o cuando no es la madre quien cambia los pañales al bebé. Y serán las hijas -y las hijas de sus hijas- quienes deberán romper definitivamente las cadenas de la vergüenza que frenan y las barreras invisibles que, de machismo, nos matan.

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María José Barroso

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