El Tornillo – por RAFAEL DE LA TORRE

Llegaba la hora de la inauguración. Todos los muebles estaban montados según las instrucciones: la mesa, el sofá, las cuatro sillas y el mueble-aparador-revistero-soporte sobre el que se mostraba orgullosa la televisión de cincuenta y seis pulgadas. El descomunal aparato casi cubría toda la pared; quedaba sólo visible un pequeño desconchón en una esquina fruto de la incendiaria costumbre de los anteriores inquilinos de colgar cuadros.

En realidad era María quien se había empeñado en organizar la cena con los amigos Carlos y Nora para el estreno del nuevo estudio. No habían invitado a nadie más porque no habrían cabido en el salón. Juan cedió a condición de que compraran la tele, a plazos por supuesto, y la consola y allí estaba él conectando los cables.

Y surgió la tragedia. Faltaban seis minutos para que llegaran los invitados cuando Juan gritó:

Joder, se ha movido detrás del sofá.

¿Un ratón? –en la mirada de María se leía el miedo–. No jodas que hay ratones en esta casa. Lo qué faltaba. ¡Me marcho ya!

Ojalá fuera un bicho. Mucho peor. Un tornillo. Ha sobrado un tornillo –su voz denotaba tensión–. Puede ser de cualquier sitio. Imagínate que se cae el mueble de la tele y…

Sonó el timbre. Se habían adelantado. Tras la puerta aparecieron dos cajas de pizzas –la cena—y tras ellas la pareja de invitados sudorosos.

Sentaos. ¿Una cervecita, chicos? –preguntó María.

Carlos se apresuró a aceptarla, se la había ganado. Había trasportado sus cien diez agotadores kilos en el ascenso por la escalera hasta la cumbre del cuarto piso en aquel bloque sin ascensor. Se sentía orgulloso de haberlo conseguido. Resopló agradecido, se apoyó sobre la mesa, y acto seguido fue al suelo al fallar una pata mal atornillada. El hombretón cayó de bruces y empezó a sangrar por la nariz. Después se desmayó, sólo un instante, lo suficiente para que Nora llamara alarmada a urgencias.

Pasaron cinco, diez minutos. Fue un momento de tensión. Carlos, ya consciente pero mareado, permanecía tumbado en el suelo y tragaba aire con dificultad. Tenía palpitaciones y sudaba frío mientras Nora le acariciaba el pelo y María intentaba ponerle los pies en alto según había aprendido en un curso de primeros auxilios. Esperaban todos preocupados a que llegara la ambulancia del Samur.

Todos menos Juan: la televisión por fin estaba a salvo sobre la mesa bien atornillada.

 

Rafael de la Torre

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