El taxista marinero (Segunda parte) – por PATRICIA MARTÍNEZ DE VICENTE

– ¿Son ustedes españoles?, – me preguntó el hombre entre tímido y contento nada más recolocarme en el taxi. Y yo me achiqué instintivamente en el asiento al prever cómo transcurrirían las horas siguientes si este desconocido hubiera comprendido nuestra íntima conversación. A lo que le contesté muy sonriente, pero dudosa, a punto de arrancar:

– Mexicanos, ¿por qué?

– Pura curiosidad. He tocado algunos puertos españoles cuando era marinero: Algeciras, Cádiz, La Coruña…, y por supuesto Veracruz y me pareció distinguir su idioma. Aunque no lo entienda. – Respiré hondo. Mi intimidad estaba a salvo.  Podíamos continuar viaje conversando sin temor.

– ¿Así que es usted marinero?

– No, ya no. Lo era. De joven. La guerra me truncó muchas oportunidades y con la poca preparación que tengo, al vivír en Southampton lo más fácil era enrolarme en un barco. Con los años, eventualmente, preferí cambiarlo por el taxi; es bastante más liviano que navegar.

– Así que le cambió vida totalmente.

– No mucho. Once a saylor, always a saylor… Un auténtico marinero lo es para siempre, – contestó él estirando el cuello para contárselo al espejo retrovisor que me reflejaba al fondo del asiento.- Hasta parado en tierra uno nunca desconecta del mar. ¿No ha observado usted a esos que andan husmeando el viento? Ni se dan cuenta de que viven pendientes del tiempo como si fueran a salir a navegar. Seguro que son marineros. Contemplar el mar y sentirlo cerca es una necesidad, reconforta aunque sólo sea ver los barcos atracados en el muelle, – me contaba el taxista en tono dicharachero, sin disimular sus ganas de platicar.

– Cuando estoy con ánimo aparezco por el pub del Seagull. Allí conservo algunos amigos de aquella época. Tomamos unas pintas, jugamos a los dardos, rememoramos nuestros viejos tiempos y esas cosas. – El hombre quedó pensativo y calló por un instante, sin perder la mirada fija en la carretera. –  Ahora voy menos, – dijo pesaroso, bajando el tono de voz, y siempre observándome con un solo ojo por el espejo retrovisor.

– Voy menos cuando está Gerry. Mi mejor amigo y compañero durante años. Ya no me interesa tanto verle.

  Hubo un tiempo en el que Gerry y él hacían lo imposible por navegar juntos y recorrieron el mundo durante más de quince años en barcos mercantes. La suya era una de esas amistades fraternales, leales y auténticas que derivan de compartir cientos de horas de duro trabajo e infinidad de experiencias marineras por distintos mares y puertos.

– ¿Entonces, ya no se ven?, – se me ocurrió preguntar por hablar de algo.

– No, ya no. Trato de evitarle. Eh…Él se casó. Yo ya era taxista entonces. Debió echarme de menos durante los viajes y prefirió buscarse una mujer. Lógico. En cuanto se la trajo de Shangai corrió al Segull a buscarme. – Ven, quiero que conozcas a Susín, me encantaría que también fuera amiga tuya –me repetía Gerry un día y otro. – De nuevo un corto silencio, como si el taxista dudara en seguir contándome, o disfrutara de sus recuerdos, ajeno a mi. – Hasta que me decidí a conocerla. Hum… ¡Qué preciosidad, madam! Si usted la viera. Cuando mi amigo me presentó a su chinita, comprendí enseguida porqué la había elegido. Era la mujer ideal; la más dulce, la mas bonita, femenina, la más…, bueno, no hay palabras para describirla. La que yo hubiera elegido también, sin duda. Hasta en eso nos parecíamos Gerry y yo. ¿Me sigue usted, verdad?

-Si, si, le sigo.

– Cuando él estaba en tierra, Gerry insistía en que los visitara. Y sí, iba de vez en cuando a su casa. Pero a mi me gustaba tanto su mujer, que prefería no hacerlo. Tenía celos, envidia de su felicidad. Unos sentimientos que no había experimentado jamás cuando navegábamos juntos. Si todavía aparecía por allí era para no defraudar a Gerry. Porque ella…, me hacía soñar despierto. Era un verdadero peligro.

– Claro, claro, ya supongo lo que pasaría usted si tanto le gustaba esa mujer.

– En cierta ocasión él tenía que navegar durante seis meses. Tomando unas pintas en el Seagull, insistió que no dejara de visitar a su mujer mientras él estuviera fuera. – Prométemelo. Es demasiado tiempo para dejarla sola. Susin puede caer en la tentación de abandonarme. Y eso me mataría. La quiero demasiado, Mark. Porque yo me llamo Mark, ¿sabe usted?. Él necesitaba saber que Susín estaría en casa al regreso. Y bueno…,  le vi tan preocupado que le prometí acompañarla de vez en cuando en su ausencia. ¿Me sigue usted, verdad?

– Pues si, claro que le sigo, Mark. Continúe, continúe.

– Después de marcharse, fui a su casa varias veces. Para complacer a Gerry, desde luego, pero tampoco me suponía ningún sacrificio. Susín era una mujer deliciosa. ¡Como cocinaba, como se movía, cómo me atendía, qué dulzura! Toda una muñeca de cuerpo perfecto y alma de mujer, mujer. Enseguida me sentí atrapado; era inevitable que me enamorase –  y a Mark le cambió la voz en cuanto empezó a recordar aquello.

– Entonces comencé a debatirme entre esa atracción arrolladora y el remordimiento. ¿Cómo iba a enfrentarme ahora a mi mejor amigo para decirle que también estaba enamorado de la mujer que él adoraba? … Pasé unas semanas dudando: iré, no iré a verla. Hasta que sucumbí. ¿Me sigue usted, verdad?

– Le entiendo, le entiendo bien, desde luego, Mark.

– Una tarde se prolongó la visita más de la cuenta. Ya no pude contenerme y me quedé con ella toda la noche. No hizo falta que Susin me lo sugiriera, lo hice por decisión propia. Y no una sola vez, varias veces más después. – Otro corto silencio. Hasta temí que Mark se echara a llorar por el pesar con el que me iba relatando esta historia.

– Llegué a quererla mucho, sabe usted. Muchísimo. Y no me arrepiento de nada, madam, ya me entenderá. Batallé durante meses entre la traición al marido y el amor por ella. – Mark tragó saliva con dificultad y se produjo otro breve silencio. Aunque yo sólo le veía media cara por el espejo retrovisor, podía sentir su aflicción al callar. Incluso temí que su relato terminara ahí y me dejara a medias. Pero tras una breve pausa, continuó su monólogo.

– Cuando Gerry estaba por regresar, desaparecí. Tuve miedo. No sabía cómo reaccionaría si él se enterase de lo ocurrido. Y no volví más por su casa. Un año después, más o menos, me lo encontré de casualidad.

– ¿Pero dónde te habías metido, Mark? He preguntado por ti un montón de veces y nadie te había visto. Ya no juegas a los dardos en el Seagull, ¿eh? Siempre con su misma simpatía, el mismo amigo de la juventud, realmente contento se le veía. – Vuelve por casa, Mark. Te hemos echado en falta Susin y yo. Hemos hablado de ti tantas veces; te extrañamos mucho. ¿Sabes que tenemos un bebé?  

– Enhorabuena, – le dije yo sin gran entusiasmo. – Me alegro mucho, de verdad. Cualquier día de estos voy por ahí para conocerlo. – Pero tardé meses en decidirme, madam. De nuevo, fue una lucha grande, no sabía si podría aguantar una escena como esa. ¿Me sigue usted?

– Claro. Le sigo y le comprendo.

– Los visité. Y ahí estaba ella, esplendorosa, esperándome más bella que nunca, con su niño euro asiático precioso en brazos. Me emocioné al verlos y no supe qué decir, – Mark se iba encogiendo en el asiento según me relataba su historia, ya visiblemente emocionado, pero sin dejar de mirar fijamente la carretera. – Prefería no pensar qué había ocurrido realmente desde que ella y yo nos vimos por última vez. Porque desde mi desaparición Susin tampoco me volvió a molestar. Los dos estuvieron muy cariñosos conmigo, no noté ninguna animosidad contra mi, pero me horrorizaba pensar qué sabría Gerry de nuestra íntima relación y no quise volver más a su casa. Sinceramente pensé en dejar el taxi entonces y regresar a navegar para olvidarla. Es muy posible que lo haga cualquier día si sigo así.- Mark volvió a estirarse en su asiento y continúo conduciendo con calma.

– Quizá fuera envidia, la atracción que aún sentía por ella, o todo junto, pero me afectaba mucho verlos como a una familia feliz. Porque no había duda de que eran felices. ¿Usted me sigue, verdad, madam?

– No me he perdido una sola palabra, Mark. Me tiene usted sin aliento. Siga contándome.

– Bueno, pues, aunque yo me escabullía para no verlos, era inevitable encontrarse con Gerry. Como ocurrió poco después de la última visita a su casa. Él estaba igual de contento, era el mismo amigo simpático de siempre, aunque yo prefería ni imaginar qué le habría contado Susin de nuestra relación. Como era obvio que yo le rehuía, Gerry me cogió por un brazo y me rogó que le escuchara.

– Mark, hay algo fundamental que necesito que sepas. Sé que me estás evitando y creo que te debo una explicación. Puedo entender por qué no quieres vernos. Susín me contó lo que os sucedió. Pero también quiero que sepas que fui yo quien se lo sugerí. Al poco de conocerla me enteré de que yo era estéril y sabía muy bien que ella estaba loca por tener un bebé. Me horrorizó pensar que Susin me rechazara por eso, de que se marchara, encima de que yo tenía que dejarla tanto tiempo sola por culpa de mi trabajo. Entonces se me ocurrió que fueras tú el padre de mi hijo. Nadie mejor que mi gran amigo Mark para sustituirme en algo tan crucial. Y ella aceptó.

  Mark sintió enese instante que se había convertido en un náufrago en tierra firme.

  Unos nubarrones congestionados y a punto de estallar parecían desmoronarse a la velocidad de ciclón al llegar a Southampton. Tras una hora escasa de trayecto, Mark me dejó a la puerta de mi casa y nos despedimos como si nos conociéramos de siempre. Nunca más lo volví a ver. Todo esto ocurrió dos años antes de que yo me regresara definitivamente a vivir en México DF.

    III

  Cuando las autoridades australianas lograron descifrar el contenido de los ordenadores del Kay II aparecido a la deriva en la costa de Townsville, – fecha que coincidía con la toma de posesión de Nicolás Sarkozy como presidente de Francia en la primavera del año 2007, – en el portátil de la embarcación encontraron una abundante correspondencia amorosa entre una tal Susin Douglass y Mark Watts. De donde se deduce que éste era el cuarto hombre desaparecido. Notificó Reuter.

*De su libro “Cuentos desde el ordenador y un poema”. A la venta en Amazon

 

el taxista marinero

Patricia Martínez de Vicente

Patricia Martínez de Vicente Ha publicado 19 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *