El taxista marinero (Primera parte) – por PATRICIA MARTÍNEZ DE VICENTE

SYDNEY (AUSTRALIA): El catamarán Kaz II de 12 metros de eslora fue avistado el miércoles pasado a la deriva frente a las costas de Australia por los servicios de emergencia del Estado de Queensland, a 80 millas náuticas de la localidad de Townsville, conocida como la Gran Barrera de Coral, informa Efe.

  Cuando las autoridades llegaron al barco, el motor estaba en marcha y en punto muerto. La radio, el GPS, los ordenadores y el portátil, encendidos. La ropa de la tripulación colocada en los armarios. Las medicinas ordenadas en el botiquín de emergencia. En la cubierta, la mesa estaba servida, las cervezas recalentadas sin abrir y los platos límpios. Los chalecos salvavidas continuaban debajo de los asientos, pero no había nadie a bordo y ni rastro del bote salvavidas.

  El responsable del Servicio de Emergencia admitió que al deslizarse del helicóptero que sobrevolaba la embarcación temió encontrarse con una escena escabrosa, pero todo parecía normal. La única anomalía era una vela rasgada que se agitaba al viento; las demás estaban desplegadas y sin alterar, según Reuter.

  El Kaz II había partido el domingo 15 de abril  del 2007 con cuatro hombres a bordo desde Airlie Beach, al norte de Queensland. Fecha en la que las comunidades judías del mundo celebraban el Yom Hashoa para conmemorar a las víctimas del Holocausto con ceremonias y rezos solemnes. Ese día también, los muertos (oficiales) en la guerra de Irak ascendían a 40.000. A las pocas horas de encontrarel barco  a la deriva, la policía pudo confirmar la desaparición de tres tripulantes. Su rastreo comenzó al día siguiente con diez aviones y dos helicópteros de la Seguridad Marítima en un área de 700 millas náuticas. Hay un cuarto hombre que no se ha podido identificar.

  Las condiciones meteorológicas no eran malas el día 15, por lo que se descarta que el mal tiempo fuera la causa del misterioso percance. Los expertos carecen de pistas esclarecedoras que puedan conducir a una conclusión coherente sobre lo ocurrido. Así lo confirma el comisario jefe Roy Wall, quien añadió que aunque no es frecuente, tampoco es la primera vez que ocurre algo así. En el intento por esclarecer lo ocurrido, se espera que los resultados del análisis del GPS puedan determinar el recorrido del catamarán. Agencia Reuter.

  Los familiares de los desaparecidos, Derek Johnson y los hermanos Peter y James Bates confirmaron a la policía de Townsville que los 3 tripulantes, amigos entre ellos, tenían intención de navegar durante una semana y terminar la travesía en Perth. Keryn Bates, hija de James, declaró por otro lado, que los amigos no eran expertos navegantes y su explicación es que quizá se durmieron agotados por el cansancio hasta que llegó un momento que no fueron capaces de controlar la nave. No obstante, esta no era la impresión que daba el cuidadoso estado en que se encontró la embarcación. La Sra. Bates fue el único familiar en considerar que el cuarto hombre sin identificar podría ser un marinero temporal. La razón por la que no se facilitó ningún nombre, puesto que es sólo una suposición. Una opinión que concuerda con la del jefe de policía, Roy Hall.

Aunque contrariamente a la opinión de la  hija del señor Bates, el hijo de Derek Johnson, Angus, afirmó que su padre sí era un marino experto y que además llevaba mucho tiempo preparando este itinerario. En cuyo caso, la presencia del cuarto desconocido – si es que fuera un marinero de apoyo – no tendría explicación. No obstante, los expertos creen que el barco llevaba días a la deriva.

* * *

Tratar de llegar al aeropuerto de Gatwick en tren desde Southampton para enlazar con el avión deseado requiere todo un adiestramiento para encajar debidamente los horarios ferroviarios – y paciencia para sobrellevarlo. Por eso el tío Pepe decidió tomar un taxi y evitar reconcomerse en esperas inútiles en escuálidas y solitarias estaciones británica para exponernos a esperar indefinidamente y a la intemperie el tren deseado. Él decía que estas estaciones cutres le recordaban a Gary Cooper esperando al forajido de las películas del lejano oeste americano, pistola en mano – y aclaraba guasón.

– Me siento Solo ante el Peligro, expuesto a que asome cualquier pistolero escondido por detrás de los urinarios. Gracias, Lucía. No quiero exponerme a esperar un tren desnortado, sin horario fijo, cuando tengo que tomar un avión que no espera. Cualquier cosa con tal de no perderlo. Me esperan en Madrid sin falta mañana temprano. Por favor, acompáñame en taxi y así podemos seguir hablando.

  Hubiera sido un desaire dejarlo sólo cuando el tío Pepe apenas había llegado de México DF una semana antes para participar en un congreso médico en Madrid y logró escaquearse un día entero entre aviones para venir a verme hasta Southampton.  

– Si no lo hago, tu madre me mata al regreso, ¡viajar a Europa y no ir a ver a tu sobrina, vamos, Pepe! Como si el continente fuera un pañuelo sencillo de atravesar. Así que sin más discusion, se concretó la elección del taxi.

  Durante el trayecto, cómodamente sentados, nos dio tiempo a puntualizar los variados temas de larga distancia, y corta solución, arrastrados desde Dios sabe cuándo. Todos relacionados con mis proyectos personales a medio plazo que tanto parecían inquietarle al tío. Envueltos en un delicado atardecer rosacea, típico de la campiña británica en primavera y que nuestra entretenida charla apenas nos permitió disfrutar, viajábamos a buena marcha por la autopista hacia el aeropuerto, en partes divisando un mar oscurecido e inalcanzable al fondo, en otras, atravesando unos frondosos prados ribeteados de encinos y robles robustos. Los que ni consideramos mirar cuando estamos en México y tanto apreciamos acá. Al cabo de dos años de estancia en la Universidad de Southampton, yo aún no había decidido regresar a casa cuando terminara mi carrera de arquitectura y sólo pensaba en disfrutar lo más cómodamente posible de la sugerente inestabilidad flotante entre las obligaciones universitarias, las indecisiones personales y los deberes aún por cuajar de medio-adulta. Unos asuntos demasiado privados que no dudaba que mi tio intentaría sacar a relucir. Tampoco era tan difícil suponer que todavía me dejaba llevar por las prioridades impuestas por los estudios, los exámenes, – los flirts pasajeros -, dos años más de universidad por delante, y el tortuoso proyecto de fin de carrera aún por determinar. Buscar trabajo, o abandonar la poco inquietante y efímera incertidumbre actual no entraba aún en mis planes. No existía para mí un después, más allá de junio del 2005. Y sabía de sobra que las exigencias estudiantiles eran livianas comparadas con la vorágine laboral que me esperaría al regresar a México como mujer hecha y derecha – frase que mi madre recalcaba hasta la saciedad con marcado acento castellano – mientras yo me aferraba, más o menos voluntariamente, a los últimos coletazos de una estimulante inestabilidad académica que afirmaba los últimos coletazos de una juventud que dejaría de serlo demasiado pronto.

   El tío Pepe, con quien siempre me había identificado por temperamento y físico, – me encantaba que nos confundieran como padre e hija – desde muy joven había defendido una independencia similar a la mía hoy, por lo que entendía mejor que nadie que yo tratara de estirar al limite esta etapa irrepetible de la vida. Y por tanto aligerar en lo posible el peso de múltiples obligaciones, no sólo laborales, hasta enfrentarme a ese difícil e incierto porvenir de mujer hecha y responsable con la que mis padres estaban deseando me identificara. A pesar de la complicidad seudo genética que nos identificaba y aliaba, no hacían falta muchas entendederas para comprender que en este viaje el tío Pepe era portador de unos sutiles mensajes paternos que encubrían a voces mi esperanzado regreso al redil. Aunque las sugerencias que él no se atrevió a tratar como consejos durante este trayecto al aeropuerto, en definitive, fueron generosas, sensatas, tolerantes, y como todo lo que venía de él, amorosas. Porque mi tío sabía mejor que yo y que toda la familia junta, que a pesar de lo que todos ellos quisieran, e igual que él hizo en su día, su sobrina Lucía terminaría haciendo lo que quisiera con su vida, por muchos consejos que le dieran.

  Así que continuamos el trayecto al aeropuerto charlando, riendo y cotilleando, tan a la mexicana, apenas admirando el atardecer que se fue apoderando gradualmente del paisaje y cuya especial luminosidad le proporcionaba un sugestivo halo de misterio romántico a esta breve aventura, totalmente ajenos al conductor. Al bajar la maleta, muy amablemente, el taxista me advirtió que la vuelta estaba incluida en el precio y que si no le hacía esperar demasiado, podría regresar con él a Southampton. ¡Qué padre!, evitarme otra vez los incómodos nudos ferroviarios que el tío Pepe no tuvo paciencia de aguantar y que sin duda me aliviarían el regreso. Inmejorable noticia. Así que nos despedimos efusivamente, apenas había depositado al tío en la cola al pie de su vuelo a Madrid con su whisky del duty free recién comprado y retorné con el taxista a Southampton.

*De su libro “Cuentos desde el ordenador y un poema”. A la venta en Amazon

 

el taxista marinero

Patricia Martínez de Vicente

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