El tango de once – por ALISA DE TREVI

Un ronroneo caliente le acaricia la pierna, Fabián baja la mirada, Borges se la devuelve, hambriento. Nada en la cocina, tendrá que salir, pero recién anochece… Borges maúlla insistente, Fabián le rasca el cuello. Es solo cruzar la vereda, se dice Fabián, llevar las llaves y solo dos monedas, nada de importancia se convence Fabián, todo estará bien, Fabián.

Tras la puerta, echando el cerrojo, un ronroneo caliente le tintinea la pierna, Fabián baja la mirada, unas Nike rojas se la devuelven, roídas y sucias; un adolescente tendido sobre el suelo del pasillo se convulsiona, junto a su puerta, que se queda sin habla. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, como si se abrazara por los hombros, en una sacudida se abren, cayéndole a los costados con las palmas vueltas, y ahí queda, bailando una milonga tartamuda y sola. Fabián abre apresuradamente la puerta, le tiemblan las llaves, agarra el celular, descuelgan: “Una ambulancia para Bolívar al mil”. Fabián describe la escena, al otro lado de la línea la voz se queda en espera, Fabián se impacienta, han pasado dos minutos. “¿Me escuchás! Te digo que hay un chico tirado en el piso, a la puerta de mi departamento.” No hay ambulancia, es la respuesta. Tres.

Paco convulsiona el cuerpo. Paco tiene catorce años, en unos meses será su cumpleaños; no tendrá fiesta de quince, a los chicos no se les festeja la madurez. Aunque paco no diferencia entre sexos, viste casi siempre de hombre. Cuando cumpla los dieciocho, entonces, tal vez, tenga su conmemoración, si es que llega, mejor que no… Paco convulsiona el cuerpo, pero poco importa si pasa de esa noche o no, ha tenido una vida intensa, breve, extensa. Ha dejado tras de sí su huella, ahí quedará su firma, en edificios y calles, su recuerdo y su mote permanecerán en las vidas de cientos de miles de personas; vivas y muertas.

Fabián aprieta el puño, “cómo que no hay ambulancia”, la voz, inerte como agua estancada, suspira ante su insistencia. Que llame a atención ciudadana, le contestan, “pero cómo que atención ciudadana, si el chico está… ¡Dale! Si es una cuestión de salud, ¡de emergencia!”, la voz cuelga. Fabián mira hacia la puerta abierta, las Nike rojas, roídas y sucias, tiemblan. Fabián marca al vuelo el número, al otro lado de la línea le indican que allá no está la respuesta, que llame a emergencias; Fabián se altera, han pasado cinco minutos; “pero si recién los llamé y me dijeron que hablara con ustedes”.

La bombilla ilumina de mate marchito unos pómulos calavéricos, unos labios ulcerados, unas manos ennegrecidas por chispas, unas lágrimas que gotean. El pasillo angosto, de un agrio lechoso, como un féretro abierto sobre la tierra que lo contiene. Paco convulsionando el cuerpo. Seis.

Así nació paco, entre convulsiones sociales, y tuvo su cuna en la huella que deja su rastro. Paco vino de padres bolivianos que estaban en la Argentina de paso. Pero en 2001 la crisis hizo quedarlos, y así nació paco, en las villas miseria de Buenos Aires, las mismas que llevan setenta años acumulando ladrillo rojo y fango, tan solo un vacío gris en los mapas que ya alcanza su tercera altura invisible, nuevo feudo de narcos. Acá es donde Paco vive y crece, aunque sus padres prosperaron y se hicieron mudar a Rosario; Rosario, donde Paco es el único que se pasea bajo la luna de plata, vallada de alarmas y ramas; Rosario, donde la policía ha subido de caché, y ya no trabaja la esquina, sino la habitación de hotel; Rosario, donde los rascacielos crecen junto a las vías del tren fantasma y la costanera, vestida de parques y río; Rosario, donde el silencio del toque de queda al atardecer, es una cuerda tensa de alambre que decapita libertades; Rosario, amante bella y perversa de paco; Rosario.

Una mano que teclea rauda a emergencias, Fabián que pide de nuevo una ambulancia, las Nike rojas que dejan de moverse junto al umbral. De nuevo no hay ambulancia, es la respuesta. Fabián grita dando la espalda a la puerta, descuidando lo que queda al otro lado, en el minuto octavo.

La primera vez que paco toca unos labios, lo hace envuelto en una sábana de marihuana y tabaco, vestido de promesas y papel de fumar. Paco, “que otro mundo ilumina”, experimenta: un calor invade sus venas, el corazón baqueteando rock sobre el pecho, un soplo de aire que es huracán en su cabeza, sus piernas, que pueden cabalgar el asfalto, el aerosol en la mano, junto a los hermanos, pintando de noche las calles, una necesidad de gritar, de hacerse visible, de correr, un poder volar lejos del hambre y el cansancio, un no parar quieto hacia el olvido. Hasta que el negro del spray que cae a la pared se invierte, y estás frito, pero en lugar de entrar de nuevo en el aerosol, la tinta salta a tu mano, y el negro asciende como alquitrán por el brazo, y la mancha negra avanza por el hombro hacia la cara, se adueña de tu cuello y te asfixia apretándote la tráquea contra el cielo, tu boca, que se abre descontrolada sin poder escupir o tragar la nada que te absorbe, la masa negra atrapa tu lengua sin dejarte hablar, trepa a tus oídos adentrándose por ellos un avispón negro, solo oís el zumbido carcomiéndote por dentro hasta el cerebro, ahora la masa negra es una araña de diez patas, porque diez son los minutos que han pasado desde el beso, y la araña camina por tus mejillas introduciendo sus patas de pelusa en tu nariz, y no podés respirar más, y otras patas se convierten en ratas negras que se aproximan con sus dientes y uñas hacia tus ojos, no querés ver, y los cerrás, pero comienzan a masticarte los párpados, y ya no podés más, te van a dejar ciego, y gritás y llorás y pataleás por dentro, porque paco te tiene amordazado, la convulsión comienza, y sacás dos monedas del bolsillo y besás de nuevo, y paco entra en vos, y corrés como al principio riendo de alivio, y de vos mismo, y la masa negra vuelve a ser solo el spray en tu mano, con el que pintás la ciudad de asfalto. Tu vida, ahora, se mide en colapsos de diez minutos. No hay que traspasar el décimo, hay que lograr fumar antes, sea como sea, fumar antes, para que las ratas no te dejen también ciego: fumar mata ratas rebajado con lo que queda en el fondo de la olla pegado, y una pizca de viruta metálica: paco vive en vos, ya es tarde, solo ha necesitado diez minutos para domarte; ya sos de paco, y no hay que despertarlo, porque se desayunará tus sesos y tu alma, y entonces, en el minuto once, ya será tarde, tarde para contenerlo.

Fabián continúa gritándole al celular: “…pero por favor, si es solo un pibe, ¡un pibe!, ¿me escuchás!” El tiempo, que aúlla y tiembla en silencio, invitando a entrar a la muerte. Fabián oye con impotencia, desde el otro lado de la línea, enumerar los porqués para no enviar una ambulancia: que para qué, para que cuando llegue, el “pibe” puesto de paco se haya ido, para que el servicio quede anulado para alguien que de verdad lo necesite, o para que haya que sacarlo a las trompadas, porque se les ha puesto violento… Diez.

Paco (porque el nombre que le pusieron sus padres ya no es suyo) trabaja recogiendo metales y cartones, o pidiendo en la boca del subte; solo necesita dos monedas, dos, para comprar diez minutos de sueños para paco sin que llegue al después. Después… Paco rompe a pedradas el vidrio de un auto para agarrar la cartera, con el semáforo en rojo; Paco tironea y golpea la cara de una pendeja; Paco raja a un hombre al bajar del colectivo, por el vuelto; Paco entra a punta de chumbo en la casa de la familia que se despedía en la puerta, tras el asado; Paco maneja su moto estrellándola contra un poste, dejando como herencia una madre en perpetua lucha; Paco asesina a otros Pacos, y gente muere en el fuego cruzado; Paco vacía las calles de paseos nocturnos en Rosario, Paco llena las calles de zombies en Buenos Aires; Paco es solo un nombre que se extiende, porque en cada crisis se gesta un nuevo paco, en este lado y al otro del charco.

Y Fabián, que vive ajeno a la vida de Paco, no llega a colgar, solo desciende la mano con el celular, la boca abierta, confundido. Han pasado once minutos. Borges maúlla, tarde, Fabián mira hacia abajo sin sentir al gato. El gato, dónde está el gato; a su espalda. Tarde, tarde se gira. Y un ronroneo caliente que le empapa el costado. Una mano ennegrecida tiembla en el aire, sobre unas Nike rojas. La puerta, que quedó abierta. Unas monedas que cambian de bolsillo. Paco huyendo, con lágrimas, por el pasillo. Un cuerpo que se convulsiona sobre el piso. Un ronroneo caliente que acaricia una pierna postrada. Fabián, incrédulo, que se lleva de nuevo el celular a la oreja, ha habido suerte, piensa, no se lo ha llevado y la llamada continúa abierta: “Una ambulancia para Bolívar mil once…”, exhala. Borges maúlla hambriento, Fabián consigue rascarle el cuello. Un celular que se desangra en las manos del tiempo. Al otro lado de la línea, no hay ambulancia, es de nuevo la respuesta. Doce.

 

Gracias al Pollo, a Maria Haide y Ceci,
Por compartir sus vivencias.

tango alisa

Alisa De Trevi

Alisa De Trevi Ha publicado 21 entradas.

One comment

  1. ENHORABUENA por el relato. Vida y realidad en la literatura, que escasean. Y bien escrito.
    Te interesará ver en Canal Orbe 21 a partir del próximo domingo 13 la serie de 12 reportajes (doce domingos seguidos) “En
    tierra de los nadie”, uno de los programas está dedicado precisamente a las “Villas miseria” de Buenos Aires. Son 12 reportajes sobre 12 programas de ayuda humanitaria en el mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *