El Swing – por FERNANDO RUIZ GRIJALBA

Henry levantó por un instante la mirada antes de enfilar una nueva calle, caminaba con la visión fija en el suelo, era tal su abstracción que no era consciente de que llovía a cántaros; salvo su cabeza cubierta por un sombrero de ala ancha, el resto de su cuerpo estaba totalmente empapado. Sintió cómo una música lejana se le acercaba, sin saber si era real o producto de su ensimismamiento, concentró su mirada en el lugar de donde venía; de un par de portales más adelante, pensó, y hacia allí encaminó sus pasos. De una puerta entreabierta, enmarcada por un ribete rojo e iluminada con un pequeño aplique, salía una preciosa y dulce música, sacudió su sombrero y empezó a bajar aquellas escaleras a la vez que un sonido acompasado de piano le llenaba el alma de placer, por un momento sintió que se mitigaba su angustia, incluso le recordó a su adorado Thelonius Monk.
Abriéndose paso entre el grueso cortinón entró en aquella pequeña y coqueta sala. Veinte mesitas redondas, cubiertas de manteles de color granate e iluminadas por unas lámparas rodeaban la reducida pista de baile, casi todas estaban ocupadas por parejas, enfrente una tarima, donde cuatro músicos tocaban una cadenciosa melodía de jazz. Era tanta la satisfacción que sentía, que decidió quedarse un rato. Busco con la mirada la barra, y allí se dirigió.

– Bourbon; sin hielo, por favor
-¿Jack Daniel’s?
– No, Jim Beam , añadió.

Al otro lado del mostrador, una mujer de unos 45 años de aspecto juvenil, y con el pelo a lo garçon le miraba fijamente a los ojos mientras le servía.

-¿Es la primera vez que vienes?

Henry bajó los ojos a la vez que asentía con la cabeza.

-Ni siquiera sé dónde estoy, – le respondió.
-Me llamo Daniela, y estás en mi sala.
-¿Eres tú la dueña?
-Ahora sí, antes lo era mi marido, pero murió, ahora yo me encargo del negocio. Coge el whisky, siéntate en una de las mesas vacías y disfruta de la música.

Henry aprovechó que una de las de la primera fila estaba libre y se sentó en ella, casi enfrente del saxofonista. Este era de color, y tocaba el saxo alto de forma rompedora y primorosa; esta vez era a Charlie Parker a quien le recordaba. La música campaba por todos los rincones de la sala, hasta el punto que parecía agitar el humo de los cigarrillos formando remolinos que se entrelazaban, y entre ellos estaba ella, cimbreando su cuerpo al compás de la música. Dio el primer sorbo, y de nuevo volvió a encontrarla en el dulzón sabor del bourbon. Era Doris…su Doris; amante, compañera y amiga, a quien acababa de perder.

Cuatro días ya desde que empezó una marcha hacia ninguna parte, y sin saber por qué le había llevado hasta allí.

-¡Taxi! –
– a Le Caveau de la Huchette, s´il te plait.
– Henry, tengo unas ganas locas de bailar de nuevo contigo y sentir como mueves mi cuerpo al ritmo del Swing, me encanta… – añadió.
– A mí también me gusta verte disfrutar con el baile. ¿Te has fijado que siempre que vamos a Le Caveau, la noche se nos hace más corta, y aunque llegamos exhaustos al hotel, juntamos nuestros cuerpos con más amor y divertimento que otras veces?
-Claro que me he dado cuenta Henry, y no solo eso, si no que al día siguiente nos levantamos eufóricos….¡qué pena no vivir en París!- añadió.

Esa fue la última vez que durmieron abrazados en aquella habitación junto al Sena.

-¿Puedo sentarme?

Era Daniela quien con un vaso de whisky en una mano y la otra apoyada levemente en el hombro de Henry – le hablaba.
-Si claro… aunque te advierto que la tristeza que me acompaña, no es una buena compañía – continuó.
-No importa. – Daniela tomó asiento, fijó su mirada en los músicos y compartió el largo silencio de Henry.
-Mi mujer acaba de morir – susurró. Era lo más importante de mi vida, -¡Maldito infarto!, una hora antes estábamos bailando en el salón de casa y……
-¿Le gustaba bailar? Preguntó Daniela mientras le rellenaba el vaso.
-Le encantaba, sobre todo el Swing, había visto tantas fotos de sus padres y de sus abuelos bailándolo…; historias que le contaba su madre de cuando de novia su padre la llevaba a bailar, que ya desde pequeña intentaba imitarlos. Hoy en día ya no se baila apenas, la gente solo va a escuchar a las salas de Jazz. De hecho solo hay un lugar en el mundo donde se sigue bailando, está en París y se llama Le Caveau de la Huchette; aunque me cuentan que de nuevo se está poniendo de moda bailar Jazz. Todos los años mi regalo de cumpleaños era un viaje a París para llevarla a Le Caveau.
-Preciosa historia de amor la tuya con…
– Doris, así se llamaba, era una mujer preciosa, dulce y alegre, ¡por cierto! Llevaba un corte de pelo como el tuyo – añadió.
Y de nuevo, un largo silencio….solo roto por la voz de Daniela:
– ¿Bailamos?.

 

Fernando Ruiz Grijalba

Fernando Ruiz Grijalba Ha publicado 29 entradas.

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