El sueño del cartonero, por FERNANDO REVIRIEGO #escritos #cuentos

“¿Qué queréis ser de mayor?”
“¿Qué queréis hacer cuando seáis mayores?”
Esas fueron las preguntas que aquel día la profesora de Literatura lanzaba a sus alumnos. Uno tras otro respondían con el descaro de sus trece años. La profesora iba avanzando pupitre a pupitre entre futuros médicos, arquitectos, pilotos y políticos.
En aquel momento llegó a Samuel.
Estaba sucio, como siempre. Sus manos, débilmente entrelazadas. Sin fuerzas. Negras y agrietadas.
Sangrantes de tanto rebuscar en la basura por algún metal reutilizable, algún cartón, o cualquier cosa por la que pudieran darle a sus padres algunos euros.
Con las pocas fuerzas que le daban tres horas de sueño, Samuel, desde aquellos ojos vidriosos de mirada perdida, dijo como en un susurro: “Dormir…”.
Dormir. Sin más. Dormir.
Dormir un sueño largo, entero, descansado.
Dormir más de diez horas.
Dormir un día entero. Una semana quizá. Dormir con ruido o sin él. Pero dormir.
Nada que ver su sueño con sus madrugadas de afanosa búsqueda entre la basura. Con las latas de roja Coca Cola que agrietaban sus manos con sus metálicas lengüetas. Con los sobres de Pokemones abiertos y arrugados bajo sus gastadas zapatillas, recogidas en alguna noche afortunada.
Nada que ver su sueño con sus mañanas escolares (las menos) en que, obligado él y sus padres por un sistema educativo, del que no entendían que fuera en contra de su propia economía, acudía a la escuela sin libros, con un arrugado y sucio pequeño cuaderno de anillas, y un lápiz escondido entre sus manos.
Nada que ver aquel sueño con aquellos compañeros de clase que con infantil y terrible maldad habían nombrado a Samuel delegado de la clase en una tarde afortunada de risotadas y gritos.
Nada que ver su sueño con nada.
Nada que ver con sus cabellos. Largos, negros y sucios. Enredados como los de una oveja.
Dormir.
Dormir una noche entera. Una noche justa para un destino injusto. Un final andante, sin comienzo, ni horizonte. Sin sueños azules. Sólo dormir.
Y al rato, cerrando los ojos, Samuel se dejó caer plácidamente sobre su costroso cuaderno de anillas. Durmiendo, el sueño del cartonero.

 

Sueño

Fernando Reviriego

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