El sueño de Eloísa

Era una mañana de invierno inusualmente luminosa cuando me llamaron para darme el pésame por la muerte de mi padre y comunicarme que me necesitaban para identificar la última obra del viejo, la supuesta obra cumbre de su carrera.

Como padre no pudo ser peor pero como artista no había uno mejor, y yo lo admiraba. A mi pesar. De hecho, era la mayor experta viva de la obra del viejo leonés. Había seguido su carrera paso a paso —desde la distancia, eso sí— y no sabía de ninguna última obra cumbre; nada después del 96. No me dejaría engañar por una sorpresa de última hora.

Nunca me había gustado su marchante y nunca me fié de él. Iría por curiosidad, pero estaba segura de que lo que pretendía el franchute era vender algo que no era obra del viejo.

Al llegar al pequeño recibidor de entrada pintado de amarillo respiré hondo y crucé la puerta de la derecha. Me encontré en el estudio de mi padre, blanco, revuelto y silencioso. Un obrero vestido con un polvoriento mono de trabajo azul salía cargando un trípode metálico. Saludé y me presenté.

—Ahí está, señorita— me señaló con un gesto de la cabeza hacia el centro del estudio.

En la habitación no quedaba ya casi nada. Las esculturas no se veían por ningún lado. La vieja alfombra roja estaba enrollada y arrumbada contra el rodapié, al lado de la puerta; y los cuadros, cuidadosamente embalados, se apoyaban contra la pared del fondo. Quedaban, eso sí, las marcas oscuras que señalaban en las paredes dónde colgaron durante años los lienzos sin enmarcar. El suelo, sin nada que cubriera la deslucida madera, hacía parecer la habitación más pequeña de lo que yo recordaba.

Y allí en medio, haciendo parecer más vacía aún la habitación, estaba El sueño de Eloísa. Un esplendoroso misterio sobre un modesto pedestal de hierro que me dejó sin aliento.

Me acerqué con sensación de extrañeza y me planté delante del bulto informe, estudiándolo con atención. Cerré los ojos un momento, los volví a abrir y acerqué más la cara a la figura. Me resultaba imposible imaginar qué representaba, o qué idea tenía el viejo en la cabeza cuando la creó, si es que era suya. Para entonces ya tenía yo la certeza de que era de cualquier otro; muy bueno, sí, magnífico; pero otro que no era él. Jamás había esculpido nada abstracto.

Me alejé de nuevo un poco, ladeando ligeramente la cabeza —así siempre parece que ves mejor, no sé por qué—y, con los ojos entrecerrados, miré otra vez la desconocida pieza.

¿Era posible que fuera un original de mi padre, como aseguraba el franchute? Parecía un chicle gigante ya masticado y cien niños invisibles tiraran de él para quedarse con el trozo más grande. Era un disparate soberbio.

Reconocería sus obras solo tocándolas, incluso con los ojos tapados y ninguna pista más que el tacto del bronce en mis manos. Pero cuando entré en el estudio pasé las tardes de mi niñez y ví El sueño de Eloísa…  La certeza de conocer su obra mejor que nadie se tambaleó.

La toqué sin mirarla; la recorrí entera con los dedos, con las palmas. Me alejé. La volví a mirar. Me acerqué de nuevo y la volví a tocar con el dorso de la mano derecha, solo piel y huesos, como me enseñó él.

Pero el informe bulto verdoso siguió sin hablar; no me dijo nada definitivo, me llenó de  dudas, como siempre hacía él. Y sin embargo, esa suavidad que sólo mi padre sabía sacarle al bronce sin necesidad de pulirlo hasta hacerlo brillar estaba ahí, bajo mis manos. Aunque no estaba segura de más.

Dos años después sigo sin atreverme a jurar nada. El sueño de Eloísa, ahora en mi estudio, sigue sin hablarme.

¿Qué parte de mi padre se me escapa que quizás puso en su última obra?

Y sobre todo, ¿quién era esa Eloísa para la que el viejo leonés soñó un chicle de bronce?

El sueño de Eloisa

Rosa H. Mula

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One comment

  1. HOLA. SALUDOS Y MUCHA SALUD CREO AUN SIN ESTAR MUY SEGURA ELOISA ERÁ OTRA HIJA O ALGUNA MUJER A QUIÉN AMO MUCHO Y NO LOGRO GANARSE TODO SU AMOR

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