El Soul se disfraza de Navidad o Silvia Sanz en acción (27 diciembre 2012)

Anoche volví al lugar del crimen: Auditorio Nacional de Música de Madrid. A escuchar un concierto de Soul de la mano de mi más favorita directora de orquesta, Silvia Sanz. La Orquesta Metropolitana de Madrid y el Coro Talía iban a interpretar un repertorio de canciones de Soul que prometía ser inolvidable.

Como parte del Coro, mi barítono predilecto, que no paraba de recordarme lo que iba a disfrutar del concierto. Nunca se equivoca, he de confesar. En la anterior ocasión, me advirtió que me tragaría el arpa desde la fila 2 y así fue.

En estos lares musicales de Silvia Sanz soy una privilegiada y tenía para elegir entre la fila 10 y la fila 2. A pesar de que en la fila 10 la audición es mucho mejor y la vista alcanza al conjunto de la orquesta y coro, decidí que mi miopía acusada era algo a considerar y me coloqué en la fila 2. Para ver a la directora bien de cerca y no perder detalle de lo que iba a acontecer. El auditorio a reventar. Ni un solo asiento vacío.

La Directora salió a escena con una falda larga de vuelo que me abanicaría ya toda la noche al son de sus movimientos. La sonrisa en su cara era amplia, profunda. A mi mente vino la señal inequívoca de que había llegado ella a escena dispuesta a disfrutar dirigiendo el repertorio. No hay nada como conocer algo de las personas para prever sus intenciones. Me puse recta en el asiento y una suerte de sonrisa en mi cara permaneció durante las siguientes dos horas. Volví a comprobar que iba a dirigir de memoria, sin partitura. Hecho éste que no me sorprendió en absoluto, pues ya había visto cómo dirigía de cabeza una sinfonía de Mahler sin inmutarse. Unas canciones de Soul se me antojaron chupadas en comparación con el complicadísimo Mahler.

En la primera canción pude localizar la voz de mi barítono predilecto. Es inconfundible y pronto le hallé físicamente en el centro del coro. Entre unas 100 personas vestidas impecablemente de negro. Ya tenía todo lo principal controlado: barítono, directora, viola preferida…

La segunda canción logró electrificarme, pegarme al asiento. Quizá sea la versión del “Stand by me” más preciosa e impresionante que jamás escucharé. No he contado que la orquesta, el coro y su directora forman una amalgama digna de admiración, una gran familia de sones concertados y buena voluntad que no escapa a las almas sencillas que escuchan. Eso es así y para comprobarlo no queda más remedio que asistir a sus conciertos. Lo siento, pero hay que ir a poner la oreja.

Y de repente, dos canciones más adelante, sonó un claro y duradero “I feeeeeeeeeeeeel good!” que hizo que todos los asistentes nos emocionáramos. Unos más y otros menos, pero estoy convencida de que ese comienzo descolocó en cierta medida a profanos y expertos, a todos. Durante la interpretación se movieron los instrumentos al ritmo de la canción, bailaron puestos en pie parte de los miembros de la orquesta y el Coro; y Silvia Sanz volvió a sorprenderme moviendo las caderas a ritmo perfecto mientras su batuta dirigía la orquesta y el coro.

No he relatado aquí que, entre canción y canción, Silvia Sanz suele mirar a su equipo y da ciertas instrucciones estilo capitán de equipo de rugby. Mueve las manos en un claro “vamos a hacer un 4-3-6” que el Coro entiende a la perfección y ante el que la orquesta asiente sonriendo… Parece de locos, pero es precioso verlo.

En la segunda parte, apareció en escena la Directora ante una sala vacía y empezó a dirigir al piano, único instrumento con intérprete. Poco a poco, empezaron a llegar los integrantes de la orquesta tocando sus instrumentos al tiempo que surgían por todos los pasillos y subían al escenario. Me alivió enormemente comprobar que Silvia Sanz no había obligado a la arpista a llevar su instrumento al hombro, sino que llegó con las manos libres hasta él. Varias de las canciones estuvieron a cargo de una solista de increíble voz melódica souliense. Lo mejor de todo el conjunto es el entusiasmo y cariño que ponen cada uno de ellos. Algo verdaderamente digno de ver, lo aseguro.

talia soul

En las últimas canciones, cuando todo el auditorio amenazaba con venirse abajo del entusiasmo por aplaudir sin parar, se disfrazaron todos. Unos con sombrero, otros con gorra en forma de árbol de Navidad y el coro con unas gafas de pasta de colores tamaño extra gigante. La directora se atavió con unas gafas de pasta rosa tres veces más grandes que su cabeza y he de alabar a todos los que siguieron su dirección con respeto y sumisión, pues su aspecto era digno de la mejor de las carcajadas.

Increíble el rato que pasé como espectadora y oyente. Es una de esas cosas difíciles de agradecer, pues no parece que pueda tener compensación en el mundo terrenal. Queridos miembros del Coro Talía, de la Orquesta Metropolitana de Madrid; querida Silvia Sanz: ya sois una parte de mí.

Elena Silvela

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