El sillón maldito, por DANIEL CARAVELLA #relatos

Era adulto, hacía décadas que traslucía canas, pero el pánico se apoderaba de él siempre en esa circunstancia concreta. La edad le había granjeado cierto aire de serenidad, sin embargo la procesión, larga e interminable, iba por dentro siempre que se aproximaba su visita anual al dentista, para la limpieza de boca, y comprobación de que todas las piezas dentales estuvieran en perfecto estado. El pánico a que le hurgaran entre sus encías era comparable al recuerdo de ver a su Madre zapatilla en mano, por lo que ya se encargaba de hacer un meticuloso tratamiento diario para llegar a la cita anual en perfectas condiciones de revista. Sin embargo, era impepinable, quince días antes empezaba a dolerse de todos y cada uno de sus apéndices bucales. Por doler, le dolía hasta la campanilla. Al final, llegaba el día, y entre risas y bromas, accedía al sillón del mal, la “Chaise Lounge” articulable con foco de interrogatorio.

-¿Qué tal? ¿Has notado algo raro en este último año?

– No, nada en particular, creo que están perfectos.

– Eso lo tendré que decir yo, que soy el dentista.

Odiaba esa conversación que se repetía año tras año, y siempre con el resultado de “aquí tienes algo, sin embargo vamos a dejarlo por ahora, pero en cuanto te moleste vienes enseguida y le damos el tratamiento oportuno”. Se quedaba con una perspectiva de futuro fantástica. Durante los próximos trescientos sesenta y cinco días tendría la guillotina sobre su cabeza, pensando ¿cuándo será el día en el que tendré que volver, cuándo?

Aquella mañana se la reservó para esta única gestión. Dada la hora de la cita, no podría quedar con nadie, pues seguro que a alguna no llegaba, y no sería por falta de ganas de fallar a esta de las once, pero, a ver cómo decía luego en casa que no ha podido ir. Las risas podían ser sonadas. 

Nada había cambiado en el inmueble, salvo el salva escaleras que habían instalado con el fin de ayudar a la joven población que lo habitaba, incluido el célebre dentista que lo hacía en  el primero derecha desde hace unos cuarenta años, día arriba, día abajo. La consulta estaba impoluta, el recibidor, la sala de estar, todo perfecto. Se sentó en una de los sillones tras saludar a las dos únicas personas que estaban esperando pasar a la consulta. Una madre con su hija de poco más de siete años, que al juzgar por la cara, tampoco tenía muchas ganas de recostarse en la “Cheslon”, pero como todo llega, a la cría le toco en suerte pasar antes, así que cuando fue llamada por la joven enfermera (lo único que había cambiado en estos cuarenta años) él respiró aliviado. Aún disponía de un rato para relajarse.

Todos los días revive el recuerdo como si fuera aquella mañana. Aquella niña de metro veinte tardó lo que duraba el trayecto desde la sala de espera hasta el potro de tortura en convertirse en su heroína, y aunque la joven enfermera trato de silenciar las voces cerrando las puertas de la sala de estar, la voz era clara, nítida y de un agudo exagerado.

– Mamá, yo ahí no me siento. No, No, No. Y no pienso abrir la boca, no quiero, no quierooooo, nooooooo.

– “Ole sus cojones”, dijo en voz alta mientras se ponía en pié y se marcaba un Rafa Nadal, momento en el que entraba por la puerta la Madre diciendo “Qué vergüenza, menudo espectáculo, que bochorno”. 

La cara de estupefacción de ambos era indescriptible, sin embargo, ninguno articuló palabras tras aquello. Breves instantes después, apareció la enfermera con la niña y con una misiva de parte del Dentista. 

– Perdone Doña Claudia, me dice D. Amadeo que la próxima cita de la niña, se la da para cuando se civilice y cambie el nombre por Serena. «Que bochorno, que bochorno» seguía diciendo la madre según salía por la puerta tirando de la pequeña que no había abierto la boca desde aquel momento.

La enfermera, entró en la sala de espera para avisarle de que podía pasar, y así lo hizo. Una vez reclinado sobre el maligno, D. Amadeo empezó a aproximarse comentando.

– Hay que ver la que ha liado la niña, menos mal que conozco la familia de toda la vida, y ninguno de sus hermanos ha montado semejante espectáculo.

Justo en el momento que la joven enfermera se aproximaba con el babero en mano, sintió como si algo le espoleara. 

– Ni hablar. D. Amadeo, no, no y no, hoy no me dejo, hoy no me tocan la boca ni a tiros. Señorita, búsqueme cita para otro día, pero hoy no, como hay Dios que hoy me levanto de este ser diabólico y me marcho corriendo para invitar a Doña Claudia y a su hija a un buen desayuno-  y tal cual bajó los peldaños de dos en dos, hasta conseguir alcanzar a sus invitadas de honor.

-Perdón Doña Claudia, y disculpe el atrevimiento, pero,  ¿me aceptarían una invitación?, y si no es mucho preguntar, ¿cómo te llamas? dirigiéndose a la niña.

Al lo primero, Doña Claudia declinó la invitación, tachándola de absurda, descortés y grosera, pues ella no aceptaba invitaciones de un cualquiera. Y a lo segundo, la niña, con una amplia sonrisa le contestó – Bárbara, me llamo Bárbara.

Se disculpó ante la Madre por la osadía, y mirando a la Niña, le dijo – Bárbara, has estado magnífica, soberbia. Gracias. Hoy me he desquitado de algo que me hubiera gustado hacer hace mucho tiempo, pero por temor a la zapatilla de mi madre nunca lo hice. Sé que tendré que volver, pero eso será otro día, hoy no. Muchas gracias –

Doña Claudia tiraba de su hija mientras soltaba a la niña una letanía propia y normal. « Hija, no hagas caso de ese señor, ha debido de perder el oremus, o está borracho, que es peor. Vamos, lo que me faltaba, que encima te jaleasen el comportamiento vergonzoso que has demostrado en casa de D. Amadeo. Pero te vas a…» Se fue perdiendo la voz según se alejaban ambas.

No estaba nada orgulloso, pero se sentía de un a gusto poco normal, así que a la vista de que la mañana se quedaba desierta de obligaciones, se acepto la invitación a desayunar, y se marchó a casa para preparar una magnifica comida de celebración, al tiempo que preparaba esta historia que luego debería contar para justificar el por qué no había ido… no, eso no es correcto, el por qué había dejado al dentista plantado con un palmo de narices.

nadal victoria

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