El sentido de la menopausia en las ballenas – por PILAR RUBIO

He salido a mi padre en lo del whisky y en la seguridad de que la gente, a excepción de dos o tres docenas de personas, entre las lógicamente yo me cuento, no merece la pena. A mi madre mejor que no haya salido en nada. Una mujer pequeña, blanca y triste que acababa llorando cuando papá le gastaba alguna de sus bromitas incisivas. La quise mucho, lo normal, pero ¿a quién coño le gustaría parecerse a un ser tan débil? ¿Y a mí por qué me da por pensar en estos temas? En la televisión, un reportaje sobre la menopausia en las ballenas, que por lo visto cuando parece que ya pueden hacer nada, se convierten en las sabias de la tribu, fíjate. Luego decimos que estos programas nos aburren. Y las gotas viscosas, rojo oscuro, cayendo lentamente en el gotero. Nunca pensé que la vida te pudiera entrar tan despacito, tan sin ruido, mientras escuchas penumbra y pasos quedos al otro lado de una puerta en una puñetera madrugada.

¡Qué idiotas son las cosas! Te levantas un viernes como tantos, después de un día algo gris te tragas un atasco, cenas con los de siempre, y tu historia se te atraganta en un momento, en un garaje, sin que exista un por qué, en un chirriar de ruedas y borboteos de sangre que se escapan. Se te llevan el coche y la consciencia de un solo navajazo y tú te vas al suelo de cemento. Y a esperar. Descubres el sentido de este verbo. Nunca antes habías tenido que esperar. Tus memorias se escribirían en chasquidos de dedos, no en capítulos. “¿Llamaba Don Eduardo?”, “¿Llamabas Eduardo?”, “¿Decía algo, Presidente?”. Pues ahora Eduardo estás en el maldito suelo, ensuciándolo con un gran charco rojo. Y afortunadamente para ti unas personas, de las que valen la pena o las que no, te ayudarán y llamarán después a la ambulancia que te traerá hasta aquí, para que puedas aprender el sentido de la menopausia en las ballenas, y ver volver la vida goteando, muy despacio, sintiendo que la historia no volverá a ser nunca ya la misma.

Acaba de entrar una enfermera a ponerme otra bolsa de sangre. Sus ojos son los de Eva, grandes, asombrados, de color Coca-Cola. Le gustaba que yo se lo dijera.  Era especial. Una de las dos o tres docenas. Nunca quiso responder a mis chasquidos, se burlaba de ellos y de mí. Hasta que un día tras quizá media docena de palabras: no me dominas, libertad, yo te quería …… dejé de oir sus burlas y sus risas. Alguna vez la he visto, desde lejos, aunque estuviera cerca ya siempre desde lejos. Me gustaría que se llamara Eva la enfermera, o llamarla yo así, quizá me dejaría, ¿a ella qué más le da? Cuando se lo pregunto, no contesta, pero me mira como a un loco, me doy cuenta. Eva enfermera no piensa que esté muerto, aunque respire, como me dijo Eva, mi Eva, la Eva de verdad, cuando se fue. Pero se equivocaba, no estoy muerto, no aún, si lo estuviera no me dolería tanto el respirar ¡Maldito navajazo! Y no vería las gotas una a una, cayendo tan despacio, ¿no pueden ir más rápido? Mi Eva, si me oyera llamarla así se burlaría. “¿Tuya?, ¡qué risa!”, me diría. “¿Tuya?, ¡pero qué dices hombre!” Pude ser tuya, pero para ser tuya tiene que haber un tú y no una sombra. Eso sí, sombra de una entre dos o tres docenas de personas. Que de existir, incluso a lo mejor valía la pena. En caso de estar vivo y no chascar los dedos. ¡Qué borde era! Y cómo me hacían vibrar sus carcajadas.

Esta noche yo he entendido varias cosas. Qué también tienen la menopausia las ballenas. Que respirar duele. Y que esperar ocurre. Y que la vida a veces cae muy lenta. Y que he sido un imbécil integral. Y que se puede aprender de un sinsentido.

autopista de noche alberto salinas
Foto de ALBERTO SALINAS

Pilar Rubio

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