El ruido – por ELENA SILVELA

Escuchó por segunda vez el sonido. Era breve, pero distinto de todo lo que habitualmente le rodeaba. Se sentó en la cama, sin encender la luz. Estaba en mitad del campo. Nadie en varios kilómetros a la redonda.

Era una de esas pocas noches en que había decidido dormir allí, con la sola compañía de los tres perros que protegían la casa. “Nunca ha pasado nada en más de cincuenta años, no seas tonta” se amonestó al tiempo que trataba de decelerar sus latidos. Pasaron unos minutos y comprendió que no podía ser muy preocupante, pues los perros no habían ladrado. Cerró los ojos y suspiró. Una tercera, oyo el ruido una tercera vez. Sabía que, en esta ocasión, estaba auténticamente despierta y el ruido era real. ¿Dónde estaban los perros? ¿Por qué no habían ladrado? Comenzó a hacer un recorrido mental de control. La puerta de su habitación con el pestillo echado. La puerta de entrada con la llave echada. El portalón del patio cerrado con el pestillo que acababa de colocar la semana anterior. “No puede ser nada.” se dijo con la boca chica. Fue entonces cuando oyo las pisadas que subían hacia su planta. Contuvo la respiración y cerró automáticamente los ojos, como si su cerebro pudiera tener así una visión periférica inusitada. El corazón parecía querer salir por la boca. Los brazos cruzados, apretando el pecho. Escuchó los pasos, más cercanos. Pudo interpretar que alguien ponía la mano en el pomo de su puerta y apretaba hacia abajo. Tres intentos. Un silencio sepulcral. Hasta creyó escuchar una respiración. Otro cuarto intento. Pasos que se alejan. Oyó cómo se abrían y cerraban las puertas de las otras habitaciones. Y los pasos subiendo al trastero. Pasos bajando a su planta. Pasos bajando al salón. A partir de ahí ya no escuchó nada más. Permaneció en la misma posición, rezando sin parar, una y otra vez  hasta que la luz del amanecer apareció por la ventana. Con un poco de esfuerzo logró mover las piernas, entumecidas, y salir de la cama. Cogió el movil de la coqueta y marcó un número. Aún esperó veinte minutos más antes de escuchar una voz conocida al otro lado de la puerta de su cuarto. Estuvo a punto de desmayarse al encontrar esa cara amiga que ya le abrazaba. La única frase que a día de hoy recuerda nítida en su mente: “Los perros están amodorrados, empiezan a moverse, han debido sedarles…”

casa encantada

Elena Silvela

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