El rufián de Don Luis – por JUAN CARLOS VIVÓ

El señor Luis era un señorito de Madrid que se tuvo que volver al pueblo en los años del hambre para poder subsistir. Eso sí, jamás dejó de usar su acento de la capital y de vestir como rico.

 

Era muy educado. Tanto que cuando visitaba el prostíbulo de Madame Pérez pedía permiso:

 

-“Señora puta, ¿puedo?”.

-Ay, don Luis, tan bueno y tan tonto como siempre. En pagando, barra libre. Si ya lo sabe usted.

 

Se acompañaba siempre con una perrita que apenas levantaba un palmo del suelo. Lulú era una perra enana cruce de varias razas pero que, con los lacitos con que la adornaba su dueño parecía un chucho de postín.

 

Nunca se le conoció moza que se le arrimase si no era bajo presupuesto y pago, como ocurría en el local de Madame Pérez. Se debía tal hecho a una repugnante cicatriz que cruzaba el lado izquierdo de su cara desde la frente hasta el mentón, pasando por la sien, y la mejilla, muy junto a la comisura de los labios.

 

En tiempos mozos, don Luis había sido un pendenciero. Se recorría las tabernas de La Latina y de otros barrios del centro de Madrid todos los días, en turnos de mañana, para el vermut y de tarde-noche para emborracharse e irse caliente a la cama, si la encontraba.

 

En una de esas, don Luis se encontró con un rufián al que debía doscientas pesetas de las de entreguerras de un préstamo que le hizo para el juego y las putas. Tras cambiar unas poco amigables palabras, se encontró don Luis con un tajo en la cara hecho con un vaso roto a cuenta de su deuda. El efecto fue realmente milagroso, pues a los dos días se saldó la deuda.

 

Don Luis fue cosido en el Hospital de la Casa de la Misericordia donde ya era conocido por las monjas. Una de ellas, que siempre recriminaba a don Luis su vida disoluta, fue la encargada de la operación. Tanta inquina le tenía que parecía que le acuchillaba en lugar de darle puntadas.

 

Cuando, a los setenta años, don Luis murió el cortejo fúnebre fue de lo más curioso: madame Pérez, que encabezaba el cortejo de ocho mujeres irreconocibles vestidas y de luto, cual plañideras de coro tragedia griega. Anselmo, un chaval algo retrasado que era la mano derecha de don Luis y Tristán, un anciano compañero de pendencias que se trasladó al pueblo desde Madrid para cuidarle durante su año de enfermedad. Junto a ellos, Lulú caminaba con paso firme, bien peinada y con su correspondiente adorno. Ninguna persona de bien se atrevió a acompañar el entierro.

 

En su lápida se leía este epitafio: “que me quiten lo bailao”.

 

cipreses

 

 

Juan Carlos Vivó

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