El revés del trato, por ELENA SILVELA #misescritos

Ocurre con frecuencia un hecho que siempre me ha llamado la atención. Es, en sí, un perfecto desaprovechamiento del tiempo y del afecto. El fenómeno es bastante normal y pocas veces reparamos en él o le ponemos solución.

Me refiero al trato entre allegados, en ese momento en que se “destrata”.  No porque descuidemos las relaciones, sino porque dejamos de escuchar, de comprender, de indagar, de interesarnos más allá de los primeros indicios. La rutina y el peso de la experiencia suele ejercer de juez parcial. Parcial y resabiado. Uno se acostumbra a inferir de una conversación familiar determinadas conclusiones, sin preguntar más allá. A concluir un estado de ánimo, o una urgencia, o un deseo; o incluso un rechazo por la mirada, por un gesto o por una simple forma de mover las manos.  Nos damos entonces la vuelta, convencidos de estar en lo cierto. Tan convencidos que ya no preguntamos más. Damos por zanjada la cuestión y a otra cosa, mariposa. Escuchar no es poner el oído y la inteligencia. Es poner el corazón y la empatía junto a los anteriores y siempre dejar de dar por cierto las señales más externas, pues son las más falaces.

En ocasiones, una única pregunta más, pronunciada en el tono adecuado y con las palabras correctas, puede desencadenar un desenlace radicalmente distinto.  La sorpresa de descubrir que nuestras conclusiones -sobre alguien a quien presuntamente conocemos como si le hubiéramos parido– no se acercan a la realidad es grande. El asombro entonces es mayúsculo. Uno puede sentir en ese momento que ha perdido facultades o que ha fracasado. Pues ni lo uno ni lo otro. Simplemente ha dejado de poner diligencia. Diligencia debida en comprender, en escuchar más allá de lo rutinario, en preguntar con hondura, sutileza y amor. Desprenderse de ese enano sabio que nos dice que ya lo sabemos todo de la otra persona, de eso se trata.

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Fotografía de BABIOGRAPHY

 

Elena Silvela

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4 comments

  1. Muchas gracias, Fernando. ¿Por qué sé tanto de la vida? Porque no soy tan joven, ni mucho menos. Y porque desde que he tenido uso de razón me encanta observar. Me viene en la sangre, es algo genético. Observo. Y observo. Y no dejo de observar. Muchas gracias otra vez. Un abrazo.

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