El reverso de las postales – por PILAR RUBIO

Otra vez la estúpida playa, el agua azulverdosa y transparente, como él nunca la vio ni la iba a ver, aquella arena blanca, fina, las palmeras y el sol. En el reverso el cachondeo de siempre “Sr. Juez, que no se culpe a nadie de mi existencia en esta costa, salvo quizás a un pequeño error técnico. La verdad es que, como ya sabe usted, no tengo quejas. ¿Se acuerda de Isabela? Rompí con ella, no se imagina lo aburrida que era. A pesar de las tetas. Y de las otras cosas que ya le comenté. Pero es que se pasaba el día recitando teatro… Por lo visto, quería ser actriz. Así que la planté. Tras una semana de estar solo, ligué con una rubia, un pedazo de pibón, promete mucho. Ya le iré comentando. Este mes no tengo más noticias. Atrapado en una vida de mojitos y hamacas le saluda su ¿condenado? de siempre, jajaja. Un abrazo de Manoel”.

El Juez abrió el tercer cajón de su escritorio y tiró la postal junto a las otras. Desde allí arriba, en su amurallado despacho, en el que sólo entraban tazas de café y personas con resmas de papel lleno de letras como hormigas en un trozo de pan visto en la calle, vivía con todo Shakespeare encuadernado en cuero ya desgastado y papel biblia, sintiéndose como Lear, espía de los dioses, guardián del misterio de las cosas. Sabía las vidas, los secretos, lo inicuo de la gente, y lo juzgaba. Y era bueno en eso. Quizás un punto frío, encerrado en sus cosas, memorizando frases. Alguna vez pensó en acudir a un concurso de esos de la tele, de eruditos, para que se supiera que no era un tío tan raro, pero su dignidad profesional se lo impidió. En la ventana, las gotas rodaban hasta el marco, aclarando con surcos el cristal empañado. Detrás, un bosque de edificios grises y nublados, ruidos incoloros, vapores que escapaban de bares, de gargantas, que se filtraban entre las bufandas. Y paraguas, muchísimos paraguas, todos negros. La calle poblada de nervaduras borrosas tapizadas en negro, caracoles infestando un cultivo.

Volvió a su día, a sus torres de papeles, siempre iguales como panes y peces, por mucho que él repartiera pedazos intentando saciar a funcionarios. “Éste, ah sí, eran tres años, se creyó que me colaba sus mentiras. A éste por chulo, cinco mil de multa. ¿Y esta Luciana Coute? no me acuerdo, joder, a ver que dijo, si es que con las idioteces de Manoel no me concentro”. En la grabación escuchó una voz de mujer que, meciendo las palabras, negaba haber recibido dinero a cambio de lo que su abuela habría llamado favores, pensó el Juez sonriendo tan sólo con los labios. Coute….., Coute….., el apellido de la amante desinteresada, le sonaba de algo. ¡Ah,ya! Coute se llamaba también el hombre al que Manoel cobró su cuenta hacía ya un año en millones y en sangre, sin importar la carne, no fuera a ocurrirle lo que a Shylock. Tres orificios de entrada, sólo dos de salida, quemarropa y adiós. Un caso sin fisuras. Un maldito “defecto de forma” en la sentencia. El único borrón en su carrera. La anulación. La puesta en libertad. Las noticias en todos los diarios. Las miradas compasivas y burlonas. Y encima las postales.

Definitivamente, hoy le costaba concentrarse. La tal Luciana era una chica muy joven, casi una niña, y ahora estaba completamente sola. Antes de valorar cualquier medida había que estar seguros. Resultaría muy lógica su solicitud de peritación por un psicólogo.

A través de los cristales, aún con rastros de gotas sin limpiar, el Juez veía la cabeza de la gente por la calle, sin paraguas. Tras una era de lluvias y neblinas, hacía unos días que había salido el sol. Al igual que la ciudad, el perito había debido despertar y por fin depositado parte de su conocimiento en un papel. “En la paciente se observan síntomas depresivos, secundarios a la muerte violenta de su padre, y único familiar. En relación con este conflicto, se observa una agresividad mal contenida y deseos de venganza, organizados hasta el punto de haber llegado a planificar acciones concretas contra el asesino de su progenitor y figura principal de apego. Estas acciones no se han llevado a la práctica, en opinión de este facultativo, únicamente por haber desaparecido el objeto de su hostilidad”. No leyó el resto. La sentencia fue deportación. El Juez metió en un sobre con sus propias manos la sentencia. Y, quizá por error, la primera postal que un día había recibido, la más feliz, la más burlona, aquella que empezaba hablando del deudor Coute y terminaba con una hermosa higa. Lamió muy despacito el pegamento del borde y se tomó otra taza de café.

En el siguiente envío, Manoel relataba con todo lujo de detalles, su encuentro con una guapa y cariñosa morena recién llegada de España, y sus habituales y ya algo ajados planes de seducción. Pero esta vez él no la tiró. No, esta vez abrió el cajón muy lentamente, y colocó, casi con ternura, la carta del prófugo infelizmente encadenado a las hamacas y a la buena vida, sobre las anteriores. Después cerró, sonriendo solamente con los labios. Abrió el único libro que para él contaba y releyó el segundo acto de Macbeth.

Corridas las lamas verticales para ocultar el sol, tras la ventana, las calles no recordaban ya las nubes. Las personas tampoco, ahora se veían perfectamente sus cabezas. No sus ojos, ocultos tras las gafas que entrecruzaban destellos retadores. Había hasta terrazas y sombrillas. Y postales, muchísimas postales. Manoel menudeaba la escritura. En su entusiasmo, mandaba una cada semana, y todas ellas llenas de Luciana. A veces hasta olvidaba el cachondeo. Hablaba de empezar de nuevo, de cambiar. La vida era distinta con su Luci, como la bautizó. Perdidos sus recelos hacia todo y hacia todos, le confiaría su vida, según dijo. En aquel maldito verano de calor, en el que parecía que no se iba a apagar nunca la luz deslumbrante y cenital, el Juez volvió a arrojarlas al cajón.

La única estación que le gustaba era el otoño, aunque le molestaban los del norte por imprevisibles. En años antipáticos, empezaba a llover hacia el final de agosto y daba la sensación de que se podría lavar cualquier pecado. En otros sin embargo, inesperados como una confesión de culpabilidad, septiembre y sobre todo octubre eran meses rojizos y perfectos y el sol de tarde parecía haber retocado los colores. El de ese año, uno de estos octubres veraniegos el Juez recibió un sobre. Dentro, dos postales y una carta. La primera postal se le cayó. No le gustaba que le devolvieran cosas. Y menos ese tipo de cosas. Postales donde se hablaba de deudores, de burlas y de higas. De las que se enviaban con sentencias, quizá por un error. La segunda en cambio, era más esperable:

“Sr. Juez, no sé porqué continúo escribiéndole. Quizá sea esta la última vez. Quizá no. Soy feliz. Al final encontré lo que buscaba. Alguien en quien confiar, alguien distinto, a quien miro a los ojos y sé que no me miente. Alguien que no habla mucho, pero cuyo silencio me serena. Ayer hablé con ella y me aceptó. Nos vamos a casar. Me he dado cuenta de que existe otra manera de vivir. Y que es mejor. ¡Cuanto daría ahora por haber hecho las cosas de forma diferente! A veces me persiguen los recuerdos. Lo que me tranquiliza es que Luci, mi ingenua y niña Luci, nunca sabrá quien fui. Luci merece el mundo en el que cree. Eso es ahora lo único importante. Espero que no haya llegado a odiarme mucho por mis burlas. Yo antes era otro. Manoel.”

Pensando en lo que haría después con la postal, el Juez desplegó la carta.

“Estimado Sr. Juez: Tal y como supongo que habría sido la voluntad de mi difunto marido, le remito esto que escribió para usted, y que encontré entre sus papeles al tramitar mi herencia. Manoel falleció tras un desgraciado accidente sufrido a los pocos días de casarnos. Dentro de la tragedia que esto supone, a usted y a mí nos servirá de consuelo, estoy segura, saber que murió feliz y confiado, habiendo encontrado, por esas vueltas raras de la vida, a dos personas para las que él era tan valioso.

Al parecer, nosotros nos conocíamos ya de antes. Por lo menos usted a mí Sr. Juez. Y probablemente crea que lo suficiente. En mi opinión, tal vez me conozca demasiado ¿o muy, pero qué muy poco? ¿Qué diría usted, Sr. Juez? ¿Está usted muy seguro de conocerme bien? ¡Qué tonterías escribo!, no me las tenga en cuenta. Podría ser el dolor de ser viuda tan joven. O el comprender que algunas cosas te cambian para siempre. Quizá el saber que no dormiré más. O aborrecer saber desde el principio que, aún voluntaria, era una marioneta. Pero tendremos ocasión de hablar de todo esto. Porque, como supongo que ya sabe, un día u otro iré a buscarle. No soy de las que dejan asuntos sin cerrar. Me esperará, ¿verdad?. Tan suya como siempre, Luciana”.

Mañana empezará a llover en la ciudad. Cuando amanezca y caigan las primeras gotas, a través del cristal de la ventana, se verá al Juez, sentado en el suelo del despacho, con los dedos hinchados, a punto de sangrar, porque ha estado rompiendo en trozos cada vez más pequeños, un grupo de postales de una playa. Los trozos vuelan, están por todas partes, se pegan a la ropa, a las manos, no se van. Ni con toda el agua que caerá este invierno se irán. Él, sentado en el suelo, espera, no podrá hacer otra cosa que esperar. Porque acaba de aprender en propia vida que la historia en las postales se escribe en el reverso y no en la foto y que, como dice su libro de cuero desgastado, lo hecho no se puede deshacer.

 

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Pilar Rubio

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