El renacimiento – por PABLO RODRÍGUEZ CANFRANC

El estío ha cegado el paisaje mesetario
y, como cíclope derrotado y confundido,
reproduce monótono en su cuenca vacía
un fotograma perpetuo, estéril y abrasado.
Sobre los polvorientos cipreses apuntados,
cuyas copas afloran sobre la superficie
en calma chicha de un atardecer que bosteza,
incrustada en el hiriente cielo de postal,
una golondrina ajada rubrica inmóvil
un segundo del tiempo estancado que no avanza.

En la aldea de casas de arenisca gastada
el latido de una campanada taladra hueco
el cargado aire estival, tórrido y persistente,
recorriendo fiel las callejuelas silenciosas
y las desiertas placitas quemadas y ausentes,
como una lengua viscosa de plomo fundido.
Suena la llamada del corazón de una tierra
en abierta agonía, cuyo pulso inestable
es ese toque a muerto: muda banda sonora
del abandono y la derrota frente a la historia.

Los diezmados habitantes de la villa caen
uno por uno, sin tregua, sin fe, sin perdón,
y abandonan aquellos páramos como víctimas
de un destino cruel que condena a la extinción,
a la desaparición completa de una estirpe
clausurada por la nebulosa del olvido.
El Dios de antaño, el ojo que todo lo veía,
el eje de la existencia del mundo rural,
ya no habita en la pequeña iglesia de la plaza,
que se carcome cerrada, vacía y cansada.

Serpenteando entre los picachos prominentes,
las atalayas pétreas cuajadas de buitres,
como un hilo dorado y sinuoso, por el valle
se desplaza una estela férrea en abierta huida;
persiguiendo al sol del oeste, en inerte esfuerzo
la línea del ferrocarril traza en la tarde
las coordenadas de una existencia distinta
en algún otro lugar, en otro tiempo incluso,
generando el espejismo fugaz y brillante
del retorno a la vida en la forma de un ser nuevo.

buitre

Pablo Rodríguez Canfranc

Pablo Rodríguez Canfranc Ha publicado 899 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *