El Quejigo y Juan Sebastián Bach – por PEDRO PABLO MIRALLES

El Quejigo es un pueblo tranquilo de apenas quinientos habitantes situado en una llanura por la que discurre un arroyo de caudal escaso en invierno e imperceptible en cuanto los calores hacen acto de presencia aunque los lugareños le aprecian como si del Danubio se tratase. En esos pagos pasé varios veranos de mi niñez y juventud, nunca he llegado a saber por qué mis padres solían elegir ese pueblo para pasar allí las vacaciones, precisamente cuando el calor se hace más insoportable en esas tórridas tierras.

Los chavales nos juntábamos en la calle a cualquier hora, especialmente al atardecer y aunque parecíamos muchos nunca pasábamos de ocho. A veces nuestras andanzas, juegos y perrerías nos parecían algo extraordinario que algún día pasarían a los grandes libros de aventuras. Por lo que a mi se refiere pasaba un tanto desapercibido en el grupo, pero a la hora de la verdad siempre me presentaba el primero como voluntario para las acciones más sorprendentes.

Varios días llevábamos escuchando una musiquilla que salía de la iglesia, pero como la puerta de entrada estaba cerrada a cal y canto no sabíamos quién era el que tocaba el órgano siempre a partir de las ocho de la tarde y durante cosa de media hora. Hasta que un viernes, recuerdo perfectamente que era viernes y era mi sexto cumpleaños, un 27 de agosto, la puerta de la iglesia estaba entornada y me tocó abrirla un poco más para saber lo que allí pasaba. Con gran sigilo entramos los siete integrantes de la pandilla y yo abría paso. Cuando la música paró del todo, el organista, que no era el cura del pueblo ni era cura, nos descubrió al instante. Con dotes extraordinarios de maestro pacífico y voz muy baja, nos tranquilizó y dijo que aquel instrumento no era un órgano sino un armónium que estaba algo desafinado y que las piezas barrocas que había interpretado esa tarde eran unas variaciones para órgano compuestas por un músico muy importante que se llamaba Juan Sebastián Bach.

Menudo lío nos hicimos con tanta explicación de un tema que nunca habíamos sabido de su existencia. Algunos decían que el organista se llamaba Juan Sebastián Bach y que sus temas eran muy variados. No llegamos a comprender como un órgano se podría llamar armónium que tenía nombre extranjero cuando todo el mundo lo llamaba órgano y la música no era para armónium que allí nadie lo sabía tocar. Y para colmo, eso de piezas barrocas variadas nos sonaba a chino o a pedruscos de los que abundaban en esos campos secos.

Pero el tiempo pasa y he podido comprobar que tres de los que integrábamos la pandilla ese día – a los demás les habíamos perdido la pista-, recibimos una de las lecciones más importantes de nuestra juventud, que nos sirvió para que sin habérnoslo propuesto, hayamos podido aprender todo lo poco o mucho que sabemos de música por medio del genial Juan Sebastian Bach de cuya existencia supimos hace tantos años gracias a una travesura veraniega y a un maestro y músico anónimo en ese pacífico pueblo llamado El Quejigo.

 

Pedro Pablo Miralles

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