El pupitre – por DANIEL HUERGA

Hay cuadernos en los cajones, un semicírculo graduado, un estuche… Al fondo, en la pantalla, el cañón del ordenador proyecta la fotografía de la clase. Todos los niños sonrientes. Mi hija entre ellos.

 

Es simpático verme sentado en un pupitre, la silla pequeña. No es nostalgia. Es la divertida sensación de sentirme proyectado en la infancia.
Maite sigue hablando. Es la tutora de Arancha y es una mujer agradable. Sonrío. Mientras la escucho y escribo estas notas, parece que estoy tomando apuntes. Debe pensar que soy muy aplicado.

 

-Me estoy enrollando y no voy pasando las diapositivas que preparado- la oigo decir. Y lo apunto.

 

Me está cayendo bien esta mujer de pelo corto, moreno pintado de gris, con raya a la derecha.

 

-Como ya voy siendo mayor me puedo permitir manías. Una es que no soporto el desorden. Seguro que en casa os dirán vuestros hijos: ¡Qué pesada es Maite con el tema del orden!
Vuelvo  de nuevo mi mente al aula. Al fondo hay un póster en el que dos manos hacen un cuenco con tierra, del que brota una pequeña planta.

 

Paula emplea dos horas al día en jugar con niños. Sus hijos y otros. Estaría disfrutando de estar sentada en una de estos pupitres, pero no en la reunión. En el aula con el resto de los niños.

 

-No responsabilicéis de lo que os pasa a agentes externos: “Me he dejado el libro por culpa de mamá…”- Maite sigue con su charla.

 

Esta frase se lo digo yo a mis hijas a diario. Me sale otra sonrisa.

 

Hay margaritas de colores, hechas con cartulina, pegadas en el corcho a mi espalda.
-El control de naturales estaba “chupado”.

 

Me río otra vez. ¡Me encanta el colegio!
-¿En la tercera pregunta, donde dice que explique las características de la estrellas, hay que explicar? Y donde dice definir, ¿hay que definir?- Imita Maite las preguntas de los niños.

 

-¿Queréis tener hijos solidarios? Supongo que sí. ¿Verdad?- Nos explica el lema del “Bocadillo Solidario”: Es un error no hacer nada porque se crea que se haga poco.

 

Apunta su e-mail en el encerado. Tiene letra redonda, cuidada, bonita. Escribe recto. Lleva un pañuelo azul, estampado de hojas blancas, colgando del cuello. Como una estola, anudada con una vuelta a la altura del ombligo. Una camisa blanca larga le cubre hasta los muslos el pantalón negro.

 

Entonces vibra el teléfono encima del pupitre. Es mi hija.

 

-Papá. ¿a qué hora termina la reunión? Es que me cierran la papelería y tengo que comprar, y es para mañana…- Voz quejosa.

 

Me salgo fuera.

 

-María, no sé a qué hora termina la reunión.

 

-Jo, papá. Es que necesito seis DIN A3, bueno-solo-necesito-tres-pero-le-dije-a-Ángela-que-le-compraba-yo-las-suyas-y-dos-planos-mudos-físicos-y-uno-politico-de-España-pero-tienen-que-ser-mudos.

 

Ahhhh (pausa para tomar aire).

 

-¡Y es que cierran en veinte minutos!

 

-María: no tengo una bola de cristal para adivinar que tienes que ir a la papelería. ¿Me lo dices ahora? He dejado la cartera en casa.

 

-¡Papaaa!

 

-Coge mi cartera. Te espero en la papelería.

 

-Pero eso es una bobada. Si voy a tener que ir yo, que vayamos los dos.

 

-Deja de protestar, y haz lo que te digo. No saqué dinero y tengo que pagar con tarjeta, y tú no puedes pagar con mi tarjeta.

Ocho menos cinco. Papelería. María llega sofocada. Ha venido corriendo. Yo la espero en el mostrador con dos mapas físicos de España (mudos), uno político (mudo, insisto), y seis DIN A3 (pero tres son para Ángela).
el pupitre

 

Daniel Huerga

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