El precio del arte – por FRANCISCO NAVARRO

Esta tierra del señor ha dado a luz muchos artistas, como insistentemente vengo reflejando en estas cuartillas electrónicas. Tomelloso existe más allá de estos párrafos modulados por los cristales de las gafas, los recuerdos y, tal vez, la incierta inventiva de quien esto escribe. No es un asacado Macondo rodeado de floresta, es un poblachón manchego y plano, con la ventaja de poder encontrarte al mejor pintor realista del mundo por la acera en la que caminas, a un famoso humorista grafico y un genial escenógrafo y pintor juntos, tomando algo en el Café de la Glorieta o que un célebre poeta, novelista y mil cosas más haya sido amigo de tu señor padre en los años mozos.

Antonio López Torres fue pintor, tío de Antonio López y le metió en el cuerpo el veneno de la pintura: «Por junio de 1949, y sin que yo me atreviera a decirle nada, mi tío vio el momento de ocuparse de mí. Me dijo que esas copias que hacía, que tanto me gustaban, no era lo que tenía que hacer, que debía trabajar directamente del natural. En la casa de mis abuelos, en una cocinilla que daba a un gran corral, colocó contra la pared un motivo parecido a los que él mismo pintaba por entonces: una pequeña mesa de madera sin barnizar, con unas patas de tijera, semicubierto el tablero con un paño blanco, con una estrecha tira rojiza en el borde, y encima un puchero de barro, una cebolla partida y un pan grande redondo, rasgado con una cruz, al que le faltaba un trozo. Me dio una hoja de papel de bloc y me dijo que lo dibujara».

López Torres nació en 1902, de familia labradora y empezó a pintar desde chico, ingresa en la Escuela de Artes y Oficios de Ciudad Real, acabada la carrera se dedica durante unos años en exclusiva a la pintura, gracias al mecenazgo de Francisco Martínez «El Obrero» (escritor, abogado, secretario de Melquiades Álvarez, fundador del periódico El Obrero de Tomelloso, trajo el ferrocarril, gobernador de Huesca, etcétera). En 1940 saca por oposición una plaza de profesor en la Escuela de Artes de Ciudad Real. Gana innumerables premios y galardones, realiza exposiciones por todo el mundo y desde su jubilación y hasta su muerte se dedica en exclusiva a la pintura. Cede casi toda su obra a Tomelloso y se construye un museo que lleva su nombre.

Lo recuerdo comprando la prensa en el kiosco de la plaza, todos los periódicos, desde «El Alcázar» hasta «Mundo Obrero», con luenga barba, guardapolvos gris o bata blanca, la bicicleta de la mano, sujetándola del centro del manillar y los útiles de pintura en el porta-equipajes; sin hablar con nadie, menudo, rápido cuando iba andando, nervioso. Te lo podías encontrar en mitad de una era pintando lo que fuese con un sombrero de paja, de segador o trillador. Captó el color de la Mancha como nadie, reflejaba la calima de las tardes de verano, el frío del invierno y el hambre de los años grises.

Don Antonio era bastante remiso a vender sus cuadros, económicamente tenía para vivir y creía que nadie iba a cuidarlos como él. Nadie normal vende a sus hijos. Cuentan que un conocido quería comprar una obra suya y aprovechándose de la cercanía, le insistía machaconamente en que le vendiese una obra. Casi a diario. El artista para que lo dejase tranquilo accedió al trato, dándole la pintura elegida a cambio de un talón por el importe. López Torres despidió a la molesta visita, se echó el cheque en el bolsillo de la bata y siguió dándole al pincel.

Pasado un mes, al ir a lavarle la bata una de sus hermanas y al rebuscar en los bolsillos para que no quedase en ellos nada susceptible de estropearse con el agua del jabonado, apareció en uno el talón arrugado y manchado de pintura que semanas antes le entregó su insistente amigo.

Francisco Navarro

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