El pollo, por RAFAEL DE LA TORRE #relatos

Cerró la puerta de golpe, introdujo la llave en la cerradura con dificultad e intentó girarla dentro del bombillo, pero sintió un tope. Cuando una ha cumplido ochenta y cinco años todo se resiste, así que no insistió demasiado. Extrajo la llave con suavidad y, con el paso impuesto por la edad y la ayuda de la cachava, se dirigió a la parroquia a los Santos Oficios. Antes de salir de casa había extraído del congelador un cuarto de pechuga de pollo y lo había dejado encima de la encimera para cenarlo a la vuelta. En la iglesia era el único lugar del mundo en donde no superaba en demasía la media de edad, tal vez por eso se sentía cómoda allí e iba con frecuencia. Cada vez había menos personas por debajo de los setenta y hoy no estaba ninguno de sus vecinos que pudieran acompañarla de vuelta.

Finalizó el acto religioso y, tras comprobar que ningún vecino que pudiera acompañarla se encontraba en la iglesia, inició el camino de regreso a casa. De nuevo con paso cansado, cauto, prudente, ante una eventual caída que a estas edades sería fuente de todos los problemas imaginables.

Cómo pasaba el tiempo. Vivía sola desde que enviudó hacía ya doce años y, aunque sus hijos insistían, no quería contratar a nadie para que la custodiaran. Ellos decían que para que la cuidaran, pero ¿qué saben los jóvenes de la vida? Ahora estaban los tres chicos y sus parejas lejos de Madrid, el mayor en Cáceres en unas bodegas, la segunda en Las Palmas, en la playa y el tercero esquiando en Los Alpes. Ninguno rezando. La Semana Santa había cambiado. Todo era distinto. Ya llegarían a viejos y sólo podrían disfrutar de un filete de pollo descongelado.

Acabó el trayecto sin ver a nadie, el ascensor estaba en la planta baja, probablemente no se había movido desde que ella bajó. Marcó el cuarto, el piso más alto. Introdujo la llave en la cerradura para entrar en casa, la giró y no avanzó. Empezó a sudar. Más por esta rebelión que por el esfuerzo del paseo. Insistió, sin éxito. Llamó a los vecinos y tampoco estaban. Algo habían comentado de un viaje a Valencia a ver a los cuñados por los líos de una herencia. Una herencia. Probó de nuevo y esta vez la llave se enganchó con algo. Debería llamar a sus hijos, o al seguro, o… pero el móvil había quedado junto al pollo pues no quiso llevarlo a la iglesia para evitar que sonara y todos lo oyeran excepto ella. El oído no era su punto fuerte. Descendió los cuatro pisos uno por uno en ascensor en busca de ayuda y llamó a todos los timbres pero nadie parecía habitar esa noche en el portal. Tuvo miedo. Salió a la calle, era de noche y no pasaba ni un alma. Estaba sola, de verdad. Comenzaron a temblarle las piernas. Se sentó en el rellano, entre el bajo y el primero, a la espera de que alguien regresara a casa. Empezó a sentir frío, mucho frío, y dolor en las piernas, tal vez la artritis, quizá los nervios. Y se quedó dormida.

Cuando se despertó en medio de la noche su primer pensamiento fue para el pollo descongelado. Tendría que tirarlo a la basura si un día conseguía entrar de nuevo en casa.

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Rafael de la Torre

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