El piropo – por MARÍA JOSÉ BARROSO

Era una mañana soleada y calurosa, perfecta para deambular por la Feria del Libro de Madrid, con un par de horas por delante de milagrosa libertad. Entré con la familiar sensación de anticipación, con el ansia de ver nuevos libros, pero algo me detuvo y me dejó sin respiración. Un hombre hablaba por el móvil, bajo la sombra de un árbol, uno de los hombres más atractivos que había visto en mi vida. Me detuve, lo miré de arriba abajo e intenté reiniciar el camino hacia las casetas. Pero, como una alucinada con síndrome de Stendhal, me paré a prudente distancia y sentí el impulso de decirle algo. No era joven ni estaba cachas, podría pasar desapercibido como cualquier tipo maduro bien conservado, pero de sus facciones perfectas emanaba pura elegancia. ¿Qué podría decirle? ¿Lo bien que le sentaban las canas? ¿Lo fascinante de su breve caminar mientras seguía enfrascado en la conversación telefónica? ¿Lo bueno que estaba, así a lo bestia? ¿Dejarlo en un simple y casto “guapo”? Estaba entretenida dudando bajo el sol y, de paso, lo miraba encantada. De antemano sabía que la timidez solventaría las dudas, porque no me iba a atrever, de ninguna manera, a abordar al desconocido, hasta que pasó por mi cabeza otro pensamiento que, este sí, fue muy inquietante.

De repente, pasó por mi cabeza que soltarle un piropo a ese desconocido podría ser acoso, acoso callejero. Así lo definen en Twitter las feministas más radicales. Podía haber invadido su espacio, cosificar su cuerpo, invadir su intimidad, violentar su condición de hombre. Tuve que bajar los ojos para no tener la sensación de que había contemplado más tiempo de lo normal alguna parte de su anatomía que pudiera ser comprometida. ¿Cuánto tiempo le había mirado el culo? ¿Y la mandíbula perfecta que se movía al ritmo de la conversación? ¿Y la mano alargada y sensual que sostenía el teléfono? Maldita sea, no lo había cronometrado.

Y, como casi siempre, también pasó por mi cabeza mi madre. Ella me recuerda a menudo que las mujeres de su generación no podían siquiera entrar solas a un bar. Me recuerda la suerte que tuve al poder ir a estudiar a Madrid sola, sin depender de un hombre, de poder conducir, de poder trabajar, de poder hablar con ellos de igual a igual. Me sentí orgullosa de lo que las mujeres habíamos conseguido hasta ahora en un agotador recorrido, todavía sin final; la quimera de la conciliación, el coste de nuestra independencia y dignidad, la lucha por el respeto. Y me dio rabia que una horda de jovenzuelas, con mucho ganado, nos condicionen, que pretendan hacernos retroceder, imponiendo prohibiciones absurdas que resultan contraproducentes. Se manosean tanto los conceptos que acaban convertidos en plastilina, en una masa oscura, deforme y sin contenido. Y me dio rabia que me hicieran sentir que puedo traicionar mi alma feminista por soñar un piropo, porque el derecho a la igualdad incluye los gestos recíprocos, incluye que yo también pueda decir un piropo a un hombre sin violentarle.

Recordé a mis amigos, las noches de complicidad que pasamos comentando sobre relaciones y sexo, sobre el cuerpo de unos y otros con toda naturalidad. Nunca encontré otro límite que el respeto, porque no es tan delgada esa línea que separa el piropo del insulto o la ofensa; por medio está el amplio puente de la educación y el buen gusto.

El hombre de la Feria apagó el móvil y lo guardó en el bolsillo con un gesto contrariado. Fruncía el ceño y en sus ojos había una sombra de preocupación. Una sombra que, tal vez, se hubiera mitigado si una desconocida le hubiera podido dar lo poco que tenía en su mano para animarle: un saludo, una mirada de admiración, un piropo con el pensamiento.

 

María José Barroso

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