El pingüino – por ALEJANDRA MEZA #relato

Soy la nueva estrella del equipo de voleibol las «Ardillas». Este día ganamos el campeonato disputado entre todas las preparatorias del área. Pocos pueden creer que una mujercita de quince años que mide un metro con cincuenta centímetros conquiste la medalla a la jugadora más valiosa del torneo, y sí, esa soy yo.

Mi estatura es baja para el ejercicio de un deporte practicado por chicas de un metro setenta o un metro ochenta de altura; para formar parte del conjunto tuve que hacer méritos tales como limpiar la duela de la cancha, instalar los postes, tender las redes y alinear las pelotas antes de cada entrenamiento preliminar. En un inicio la profesora Molinar rechazó la idea de admitirme pero a fuerza de cooperar con todo ello me brindó la oportunidad.

Durante mi primer día de entrenamiento llegó ella, Marcia Molinar, la atleta más conocida y querida de la preparatoria, integrante de los equipos de natación, baloncesto, tiro al blanco y por supuesto voleibol del que su madre es la entrenadora principal.

Marcia arribó tarde y su madre la sancionó con la ejecución de veinte lagartijas. “Si la profesora castiga de ese modo a su propia hija ¿qué será de nosotras?”, rumoraban las alumnas y pronto lo averiguamos. “Ustedes son el último eslabón de la cadena, basura, polvo, nada, pero les tengo una buena noticia, aquí se les quitará; les enseñaremos a ser alguien en la vida”, afirmó la profesora Molinar mientras las tres entrenadoras asistentes y los dos becarios que actúan de recogepelotas aplaudieron el discurso inicial con entusiasmo.

La tarde fue intensa, llegué a mi casa con el cuerpo adolorido directo a tomarme un baño con agua caliente. El segundo día de entrenamiento perdimos a dos candidatas: la chica que sufrió un ataque de asma y la que perdió sus anteojos en mitad de la cancha. “Este deporte no es para débiles, solo continuarán las fuertes”, anticipó Molinar.

Marcia sonreía, segura de que sería elegida una vez más; este era su tercer año en la preparatoria. Por mi parte, aguanté el siguiente entrenamiento y sobreviví al segundo recorte en el que perdimos a la alumna que abandonó el gimnasio para tomar agua sin autorización y a la que lloró del dolor cuando un pelotazo le rebotó en el vientre. La amenaza iba en serio.

“Profesora Molinar”, me atreví a decirle durante la quinta jornada. “Dime, Carolina”, respondió. “Me llamo Catalina, mire, mañana sábado será la celebración del bautizo de mi hermano menor y me gustaría asistir ¿me da permiso para excusarme del entrenamiento?”. Molinar me miró como si fuese una sacrílega. “Puedes excusarte en riesgo de quedar fuera del equipo”, respondió resuelta, y aunque mis padres lamentaron mi ausencia en la fotografía familiar, me comprendieron.

Al concluir los adiestramientos preliminares cesaron los recortes y durante las tres semanas siguientes se asignaron las posiciones. En la línea de ataque resulté ser pésima, mi corta estatura se tornaba en una desventaja, y en cuanto al «servicio» a pesar de que mi brazo es fuerte la pelota nunca cruza la red. Mi última esperanza consistía en demostrar las cualidades necesarias para ocupar la posición de líbero o defensa central.

Llegué al entrenamiento portando mi mejor actitud. “Hola Celina”, me recibió Marcia con cortesía. “Hola. Soy Catalina”, regresé el saludo. ¿Había escuchado bien? Marcia, mi ídolo, me congratuló y dijo mi nombre, bueno, las dos últimas sílabas. Para mí, el gesto equivalía a que el famoso Michael Phelps me dirigiera la palabra. “¿Lista?”, inquirió. “Más que lista”, respondí nerviosa.

“Esta tarde decidiré quién formará parte de la línea defensiva. Veamos, hagan el movimiento del «pingüino» por favor”, vociferó la profesora Molinar. Una a una mis compañeras lo intentaron sin éxito pues no les era fácil apoyar su enorme humanidad en sus rodillas y deslizarse por el suelo con los brazos estirados. Entretanto las chicas fallaban, me concentré en observar los errores que cometían con el fin de no repetirlos.

Llegado mi turno me deslicé por la madera de la cancha con suavidad y gracia, con los puños y la barbilla en alto y mi cuerpo extendido como si fuese a imprimir una calcomanía de él sobre la duela. “¡Vaya, qué gusto! Así debe hacerse niñas, aprendan de Carlina”, la profesora Molinar gritó con entusiasmo. “Me llamo Catalina, profesora”, repuse mientras me ponía de pie. “¿Acaso fuiste pingüino en otra vida?”, me preguntó sin intención de obtener una respuesta, claro.

Las alumnas trataron en vano de imitarme. La posición de líbero titular me fue asignada así como el apodo de “Pingüina” que lejos de molestarme resultó de mi agrado. La justa entre preparatorias transcurrió conforme al calendario y mis padres se sintieron orgullosos de mí cuando obtuve el premio a la mejor jugadora del torneo. Marcia y su madre se acercaron a nosotros. “Felicidades, amiga”, me dijo Marcia con una sincera sonrisa mientras su madre conversaba con los míos: “Su hija Catalina es un pingüino natural”, les aseguró.

Sí lo soy, un pingüino de un metro y medio de altura, y una medalla al cuello.

 

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Alejandra Meza

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