El peso del capitán – por MARÍA JOSÉ BARROSO

Cuentan en el pueblo que el capitán había sido una casualidad valiente en aquellas tierras, un milagro de nariz aguileña, mirada oscura y aires de tristeza. Solía deambular por las calles con el pecho encogido y la espalda doblada por el peso de sus pensamientos. Algunos de ellos escapaban entre sus labios, a veces, cuando las nubes cargadas se posaban sobre la montaña que vigilaba el devenir del pueblo. Los que le conocieron dicen que el capitán vagaba por cuestas y senderos sin rumbo fijo y soltaba palabras al viento como una llamada hueca que nadie oía. Los que le conocían se fueron muriendo y los que les sucedieron se congregaban, cada vez menos, ante su estatua en la plaza del pueblo para inventar historias en su memoria.

Manuel creció frente a la estatua del capitán. Cada amanecer salía de casa con un pañuelo blanco y limpiaba la placa donde se ensalzaba su comportamiento heroico en la guerra y proclamaba el agradecimiento del pueblo a su fundador. Comprobaba que todo seguía en su sitio: la mosca que rondaba la nariz del capitán, la abeja que se posaba sobre la curva de su espalda y la roja amapola que se balanceaba con la brisa a sus pies. El pequeño no sabía por qué tenía el capitán tan curiosos compañeros. En alguna ocasión había preguntado a su padre, pero éste se había limitado a levantar los hombros con mal disimulada indiferencia. No tenía ni idea de por qué rondaban esos insectos en torno a la estatua del capitán y tampoco conseguía explicarse la insólita presencia de la amapola en cualquier época del año, con lluvia, nieve o sol.

En realidad, nadie, salvo Manuel, se extrañaba ya de lo que ocurría alrededor de la estatua del capitán. Lo insólito, como ocurre siempre, se había transformado en costumbre y la rutina pintó el retrato definitivo del capitán acompañado de una mosca, una abeja y una amapola. “Son sus compañeros de viaje, Manuel, parece que así lo han elegido.” Era la única explicación que había oído de la boca de su abuelo. “El peso de la vida es más ligero si alguien nos ayuda a llevarlo.”

A los ocho años, Manuel asimiló la explicación del abuelo con naturalidad. A los dieciocho, la cuestionó como una más de las fantasías que alimentaban los lugareños para conservar su fama. Y a los veintiocho, la olvidó por completo. Nadie volvió a limpiar la placa con el mismo fervor que el pequeño Manuel. La vida le alejó de la plaza donde se erguía el capitán y lo dejó solo con sus compañeros de viaje.

Cuando cumplió los treinta y ocho, Manuel regresó. Una desgastada mochila verde colgaba de su espalda y sus botas estaban cubiertas del polvo multicolor de mil caminos. Se detuvo frente al capitán con una profunda mirada de desolación. Lo primero que hizo fue encender la cámara que llevaba colgada al cuello y sacar una foto. Vio la falta de piedad del tiempo y los estragos de la vida a la intemperie. La misma vida dura y cruel que él había llevado, país tras país, como reportero de guerra. Tenía heridas grabadas en la cámara, estampadas en papel y selladas en el alma. Acarició la electrizante piel de la amapola a los pies del capitán y escuchó el zumbido de la abeja que le daba la bienvenida.

Al amanecer se levantó, decidido, y limpió de nuevo la placa. Pasó la suave tela por el frío metal y ese contacto le estimuló para hablar al viento como el propio capitán. “Palabras de ecos vacíos, de preguntas sin respuesta, de pensamientos cargados de sentimientos”, se dijo. Un paso tras otro, inició un recorrido sin destino por calles y recodos que le llevaron hasta la orilla del río. Se detuvo ante los guijarros que domaban el cauce y marcaban nuevas rutas de agua. Lo veía dócil, pero podía ser indómito y arrasar lo que se interponía en su camino, ciego contra todo, como los guerreros de las tribus que había visto morir en África. Decenas, cientos, miles de cadáveres apilados en las cunetas, abandonados al banquete de muerte de los animales salvajes que después celebraban su festín. La muerte, negra como las alas de las moscas que revoloteaban sobre los rostros de los niños desnutridos que jamás verían un futuro en color.

El zumbido de una abeja junto a su hombro le distrajo un instante. Sonaba como un lamento sordo, insistente, perturbador, como el de los muchos que había oído agonizar tras la batalla sin consuelo ni salvación. Siguió su vuelo con la mirada y la vio detenerse frente al reflejo del sol en el agua: deslumbrante, casi cegador, como el inicio de una llama. Como el fuego que construye desiertos donde antes habitaba la vida.

Todo había cambiado en él. Lo supo definitivamente cuando dio los primeros pasos para abandonar la orilla del río y, en la suave pendiente que protegían los árboles, descubrió el rojo de un puñado de amapolas alfombrando la tierra. Rojo intenso como la sangre derramada en tantos lugares del mundo, meciéndose dulcemente al ritmo de la brisa. “Estás enloqueciendo, Manuel”, se dijo. “Vas como el capitán, hablando solo, viendo llamas, muerte y sangre en lo más inocente de la naturaleza. Como a él, te perseguirá lo vivido y sentirás su peso en todo lo que respira. Te vencerá el peso de sentir…”

Manuel regresó a la plaza y contempló la belleza de la amapola junto a la estatua. Se preguntó si todo lo sufrido, si tanto dolor, podía transformarse y quedar atrapado en la constante caricia de una flor. Se preguntó si era mejor seguir teniendo recuerdos como compañeros de viaje y abrazarlos dentro del mismo equipaje. “¿Por qué nada nos permite olvidar?”, se preguntó. La misma pregunta le trajo la respuesta y la decisión.

Al amanecer Manuel abandonó el pueblo con su mochila a la espalda. “Adelante, capitán”. Quedaban muertes que denunciar, demasiadas guerras que retratar, infinitas injusticias, y había que dar testimonio de ellas. De nada servía esconderse dentro porque esa necesidad pesaba más que cualquier dolor, rojo sobre negro.

Aquella mañana, con los primeros rayos de sol, los habitantes del pueblo descubrieron la ausencia. Algo faltaba en el paisaje cotidiano; la plaza aparecía solitaria y vacía, mientras el zumbido de una mosca perseguida por una abeja rompía el silencio. Una placa recién lustrada proclamaba que allí había estado la estatua del fundador, gran capitán y héroe de guerra. A  su lado, marchitándose, una amapola.

 

 

 

María José Barroso

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