El peor de los pecados – por PILAR RUBIO

Borges se repetía a oleadas en mi cabeza en la voz susurrada de mi padre “he cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”. Carlos miraba a través de la ventana, a la ciudad, y sus frases se alzaban y rompían después contra el cristal como contra una roca, empañándolo con una resaca de pequeñas gotas.

– “Nunca serás capaz”- me apuñalaba- “de tener una relación normal con nadie, amantes, amigos, ni siquiera colegas; estás esclavizada por tu madre, eres sus manos, el cuerpo que interpreta la vida que ella no vive”.

Callé. Siempre había odiado las broncas. Mi tren imaginario aceleraba, salía de la estacíon, Carlos lo perseguía por el andén intentando decir algo que yo ya no escuchaba. Lo observaba desde la distancia, en su agitar inútil, al tiempo que el vacío iba invadiendo las emociones de ayer.

 

¿Y todo esto por qué? ¿Por el desconocido concierto de mi abuelo, sueño de toda la vida de mi madre, qué al fin, como capricho de diva, me habían consentido estrenar? La verdad, como excusa era perfecta. Pero lo cierto es que desde hacía meses la relación se consumía, deshauciada.  Es chocante como las mismas cosas a veces son opuestas. Él un buen director, yo violinista. Pero a lo que hacemos él lo llama trabajo y para mí es una vida entera, un sacerdocio.  Voy de ciudad en ciudad, oficiando ceremonias de una religión. Carlos, funcionario del arte, nombrado director titular de una orquesta en Madrid decidió asentarse, asentándome a mí de paso, por supuesto. Y como era de esperar, la historia terminaba intentando hacernos daño el uno al otro, en un cuarto de hotel después de nuestro último concierto juntos.

***

La angustia habitual, esa que te domina antes de los conciertos se agigantó esta vez, esperando estrenar la obra de mi abuelo. La ciudad, una de tantas, estaba preciosa aquel otoño. Las hojas de los árboles, mostraban unos tonos que llenaban de color las aceras. Al levantarse viento parecían estar vivas, había un trozo de bosque entre las calles huyendo de las normas del asfalto, el ladrillo y el cristal. El auditorio elegido para el concierto estaba rodeado de un jardín inglés, de apariencia salvaje y emboscada. Caminando por él, intentaba encontrar algo de paz.  Una luna enorme, desproporcionada, exprimía destellos de las hojas. y aquella isla de silencio en la ciudad invitaba al secreto. Al margen de la vida, espectadora, la ruptura con Carlos había ido supurando debajo de mi piel. Seguía enquistada, porque había algo de verdad en lo que él decía. Recordé un verso del poema que recitaba mi padre aquella tarde: “Me legaron valor, no fui valiente”.

 

¿No fui valiente?, ¿En que demonios consiste ser valiente? Yo me comprometí hacía ya mucho tiempo. Toco el violín desde que empecé a andar. No es que lo ame, pero no puedo vivir sin su sonido agudo, al que me gusta dar algo de aspereza, sufrimiento. Quizá por eso al público le asombra como toco, me dan premios que se han vuelto rutinarios, me aplauden como si fuera un genio. A mi madre le gustan estas cosas, viendo en mis triunfos una compensación que se le debe. Al mismo tiempo me mira con recelo. “Ella es mejor que yo” le leo en los ojos, y no sé como hacerme perdonar haber llegado a ser lo que ella quiso que fuera.

 

Las hojas revueltas por el viento me trajeron el recuerdo de mi padre. A él siempre le gustaron más los bosques que las calles. Incapaz de recordar un edificio, nunca olvidó un paisaje, un atardecer, una montaña. Un día encontró su relación y su futuro en un poema de Borges. Y desaparecíó. Otro debe del mundo en el cuaderno de cuentas de mi madre. Allí, muy dentro, llevo aquel día, el poema, el abrazo con que se despidió. Desde mi escepticismo, entre los arbustos le hablé. Le pedí una señal. ¿Incoherente? ¿Y quién no?. Entré en mi camerino recitando entre dientes.“Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida”.

 

La sala, perfecta, retumbaba con aplausos cuando salí a escena. La acústica, el diseño, los paneles que se alzaban en silencio y descubrían el jardín iluminado por la luna detrás del escenario. El silencio sobrecogido, oyendo como en trance mi violín, apaciguaba mi angustia. Inspirando profundo, concentrada, atacaba el último fragmento del concierto, mientras se levantaban los paneles. Ante mi desconcierto, toda la sala estalló en carcajadas. Abrí los ojos, miré donde miraban todos y allí, al otro lado de la pared de vidrio, entre las plantas de apariencia salvaje y emboscada, en la noche ventosa, una pareja desnuda, absorta, hacía el amor. Me indigné, todo mi esfuerzo pareció ridículo “…….Las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías” dice el poema de Borges. Observé mi reflejo en el cristal, vestida de ceremonia, el violín en mi brazo; la silueta como almidonada parecía alzarse frente a las de los amantes del jardín. Miré a mi alrededor, la gente reía a carcajadas, disfrutaba. Quizá por primera vez me sentí gente. Me eché a reir, “¿Sabes papá? ya entiendo a mamá cuando decía que eras algo primario”, y mientras mi madre se aterraba en su butaca y el público me acompañaba dando palmas, dediqué a los amantes una canción de zíngaros.

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Pilar Rubio

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