El parto, por RAFAEL DE LA TORRE #relatos

Sucedió hace dos años y medio y sigue presente. Detuve los motores de mi zodiac como había hecho desde que tengo uso de razón. Las ballenas estaban a no más de treinta metros y los buceadores descendieron y se acercaron a los cetáceos. Era un día suave, soleado, que invitaba al baño.

Las ballenas calderón son sociables e inteligentes y pronto se dejaron acariciar por los recién llegados. El grupo de animales estaría formado por unos veinte ejemplares, muchos de ellos, a pesar de sus más de cien kilos y sus dos metros de longitud, nacidos en los últimos meses. Era una especia de guardería. Unas madres cuidan a los bebés mientras el resto desciende a comer calamares a las profundidades.

Leviatán es una ballena adulta, tal vez la jefa de la manada. La conozco, como a Sultana y a Rosario, igual que conozco a los pescadores de la bahía o a Marcelo, el dueño del bar del puerto. Se acercó aquel día a mi barca como tantas veces había hecho. Pasó por debajo y saltó por encima de la barca. La primera vez, hace años, me dio un susto de muerte, ahora me preocupaba cuando no lo hacía. Tras saludarme con este rito regresó al rebaño. Algunas nubes aparecieron por el oeste. Desde mi puesto veía a otros barcos próximos cargados de turistas y a Leviatán jugando con Adela, una de las buceadoras. En la radio se escuchaban mensajes de calma.

Pasó una hora y llegó el tiempo de regresar. Los buceadores subieron de nuevo al bote ante la vigilancia de las ballenas que emitían chillidos de despedida. Adela había quedado la última y ahora era el turno de izarla. Leviatán se acercó y empujó a la zodiac con suavidad pero con contundencia. Adela quedó a diez metros de la barca y la ballena en medio. Bordeé al animal para recoger a la buceadora desde el otro lado y el cetáceo se sumergió e interpuso de nuevo su interrumpiendo el camino de vuelta con una montaña chorreante. Repetimos la maniobra cuatro veces, todos estaban impacientes aunque obtenían fotos, Adela y yo preocupados. En una de las operaciones Leviatán casi vuelca la barca, una cámara se sumergió en las profundidades.

Más para distraerla que por dañarla, pues mi fuerza no es comparable a la suya, la golpeé con un palo. Me dolió a mí y no a ella. No comprendía su reacción. Mientras, el resto del pasaje ayudaba a la mujer a salir del agua. Todavía nos persiguió durante unas millas antes de olvidarse, si alguna vez lo hizo, de nosotros.

Por la radio, mientras regresábamos a la base, a Adela se le pasaba el susto y al fotógrafo desposeído el enfado, oí la noticia de que habían encontrado un ballenato varado en la costa.

Volví a ver a Lieviatán en otras excursiones, pero ya no era el animal juguetón de cinco metros y mil quinientos kilos que saltaba sobre la barca. Ella estaba triste y yo echaba de menos sus chapuzones.

Hasta ayer. Un bebé inmenso la acompañaba.

 

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Rafael de la Torre

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