El olvido

Un fin de semana más Verónica permanecía aletargada. Con los teléfonos desconectados, solo soportaba la compañía de la oscuridad. La cabeza le daba vueltas.

La casa era demasiado grande, demasiado vacía. Los recuerdos volaban como fantasmas agobiantes que la rodeaban no dejando de recordarle los momentos especiales. En cada pequeño detalle, en cada mueble, en cada rincón estaba él. Su olor, sus gestos, su sonrisa… Su presencia era constante y real, demasiado real. El paso de los años no había ayudado a olvidar, al contrario, las sensaciones aumentaban día tras día y se percibían de una forma casi prodigiosa. Él no quería irse de su lado, no la dejaba ni un momento, y ella tampoco lo permitía.

Entró en su desmadejada vida, en su anárquica existencia, en su devenir más agitado en el que el rumbo lo marcaba el caos y una anunciada caída al vacío. Entonces apareció él, como por arte de magia, y todo comenzó a tener sentido. La vida comenzó a ser vida, los olores se volvieron perfumados y penetrantes, de mil matices, el tacto terciopelo, suave y delicioso. Empezó a saborear los días como si fueran los últimos, deleitándose con cada aroma, acariciándose sin prisa. Su mirada se llenó de un brillo luminoso e intenso, porque sus ojos empezaron a mirar multicolor.

Tumbada en la cama, fumando un cigarro y con el único sonido del choque de las piedras de hielo sobre el vaso de whisky, Verónica le hablaba, como cada noche:

“Cielo mío, los días transcurren lentos. Disfrazada de lo que no soy, mato cada momento siendo otra para que no me reconozcan.

Pero en casa, en nuestra casa, quiero que tú y solo tú puedas seguir disfrutando de mí, para seguir compartiendo contigo, noche tras noche, mi alma más profunda, mi latido más vital, mis sentimientos más puros. Solo tú me conoces, porque fuiste mi alma gemela, mi ángel, mi vida. Solo soy yo cuando estoy contigo, tú lo sabes, siempre ha sido así y así quiero seguir. Lo demás no importa, los demás no importan. Con ellos soy frívola y divertida, sé que les gusto de esta forma, es lo que esperan de mi y es lo único que quiero darles. No quiero desvelarles mi pena, no quiero compasión, quiero que me vean como cuando estábamos juntos, alegre, tú lo querrías así. Siempre decías que lo mejor de mi era mi risa, contagiosa y verdadera.

¿Por qué me abandonaste? ¿Por qué no me llevaste contigo? Desde que te fuiste mi sangre no fluye igual, es densa. A mis pulmones les falta el aire, mis músculos están agarrotados… Me siento morir día tras día y solo espero el momento de reunirme contigo.”

Él “la fue calmando”, el vaso vacío cayó al suelo y el velo de la noche le trajo el descanso entre sueños de amor.

 

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Natalia García

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