El nombre científico de la inteligencia nuclear – por ELENA SILVELA #misescritos

La inteligencia tiene mil aristas. Quien domina un área no tiene porqué necesariamente tener soltura en otro menester. Por mi parte, puedo confesar que soy perfectamente capaz de hacer un plano de una casa con sólo verla una vez, y no he estudiado arquitectura ni similar. Sin embargo, soy negada para leer un pentagrama.

Me parece cosa de brujas. Por supuesto, si pongo empeño en el asunto y unas cuarenta horas de práctica al día, terminaré por leer música en claves de sol y fa con enorme soltura. Pero no será mi punto fuerte, ni mucho menos. Simplemente, habré adquirido experiencia.

No se trata aquí de debatir sobre la perseverancia, sino de la habilidad intelectual innata, esa que surge de manera intempestiva y natural, un arte que el individuo desarrolla y afianza con naturalidad a lo largo de su vida.

Llegados a este punto, también puedo contar que soy mujer y me resulta sencillo –siempre ha sido así- interpretar un mapa, situarme en él y guiar. De ello concluyo que las habilidades del intelecto no son propias de determinado sexo, ni distinguen categóricamente entre un zurdo o diestro. Desconozco cuál es el aprendizaje del cerebro, pero intuyo que éste comienza antes de nacer; pues si el feto es capaz de escuchar sonidos desde su guarida materna, es evidente que el cerebro comienza a desarrollarse de alguna manera en el interior de la placenta.

Las mil aristas de la inteligencia tienen nombres científicos. Se han dividido tradicionalmente en siete categorías. Según Howard Gardner, serían ocho. El caso es que fervorosos científicos estudian sin cesar el cerebro humano y su actividad. De todos los tipos de inteligencia, el que más me fascina –sin duda- es la llamada “inteligencia emocional”. En las categorías de Howard Gardner, la “inteligencia interpersonal”. Esa que aglutina tantísimas suertes de habilidades, trucos, resortes, recursos y actitudes para sortear y controlar la vida a través de las emociones. Creo que es ésta la inteligencia madre, la que domina el universo. Quien tenga arte para sortear la vida, adaptando sus pensamientos y encarrilando sus emociones de tal forma que pueda vivir con una felicidad básica y, de ese modo, afrontar cualesquiera situaciones más o menos comprometidas… ese es el auténtico triunfador. Quien posee la inteligencia que yo llamo “nuclear”. Pues de nada sirve el intelecto más preeminente si la persona no es capaz de sobrellevar situaciones difíciles afectivamente hablando. Topamos con obstáculos emocionales a cada paso que damos y cada vez que nos relacionamos socialmente. Una conversación aparentemente vulgar y rutinaria puede desatar millones de desagradables emociones, algún que otro trauma, complejo o sinsabor dormido. La desarmonía y el vertiginoso viaje hacia un deprimente pensamiento son las mayores taras del hombre. Sin equilibrio mental, las habilidades restantes desaparecen, se constriñen, se atrincheran y duermen en un largo letargo.

 

Elena Silvela

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