El “no se sabe”

El mundo se para de pronto. Un agente imprevisto ha entrado en acción. La duda. La indecisión. El azar, la contingencia, la expectativa que no llega a materializarse. Es una mujer. Muy sibilina y resbaladiza, tiene forma imaginaria de serpiente venenosa. Aparece de pronto y arrasa con cuanto encuentra a mano. ¡La madre que la parió! Sé que ella se llama “Incertidumbre”, mas desconozco el nombre de su madre. Si algún lector lo supiera, me lo haga saber de inmediato, lo pido encarecidamente.  Por tener unas palabras con ella.

Incertidumbre. Una suerte de estado que, de no manejarse bien, produce sensación inespecífica. Mezcla de miedo, descontrol, temor, ansiedad, desasosiego… Sentimos incertidumbre en aquellas situaciones ante las cuales no tenemos control ni respuesta (tanto sea ésta adecuada o no). Ni, por supuesto, solución. Pongamos que se mantiene la perra incertidumbre en el tiempo, durante un largo período. Veinticuatro meses, por ejemplo. Se llama entonces “incertidumbre perpetua”, es la que agota los nervios y termina con la paciencia. La que consume el optimismo, dejándolo en niveles paupérrimos de reserva.

Dicen, y así lo creo firmemente, que el mejor y más efectivo modo de convivir con la incertidumbre es aceptarla. Aceptarla, reconocerla e integrarla en la vida de uno. La aceptación es la hija adoptiva sana y robusta de la resignación, es la que nos ayuda a esperar. Esperar, divina palabra que hay que vestir y abrigar muy bien de paciencia. Esperar,  hacer espacio, crear un hueco donde la incertidumbre pueda vivir con nosotros sin dejarnos a la intemperie. Esperar, una oportunidad para pensar, una oportunidad para mirar introspectivamente hacia el irresoluble problema. Esperar, dar tiempo a la llegada de una solución. Esperar, dar tiempo a que el Universo pueda actuar. La aceptación y consiguiente espera trae consigo el momento propicio donde poder analizar la situación. La mente puede ahí encontrar el lugar temporal necesario para calmarse. Con la calma, los circuitos neuronales se mueven a un compás aceptable y surgen nuevos caminos, nuevas formas de hacer, incluso desconocidas maneras de acabar con la incertidumbre. El pensamiento asertivo, creativo, el del sentido común necesita una cierta paz.

La capacidad existe. Somos plenamente capaces de crear cambios constructivos, cambios que mejoren nuestros horizontes que superen obstáculos, que den la vuelta a la tortilla. Podemos sustituir una incertidumbre por una ocasión. Podemos también sustituir una incertidumbre destruyéndola. Hay muchas formas de acabar con ella, aún sin haber pasado por una conversación seria con su santa madre. Entre las más efectivas maneras de destrucción está el crear una nueva oportunidad, una que desemboque en una solución aceptable y adecuada para la vida de uno.

Finalizo este escrito y sigo buscando a la madre de la criatura, por si acaso. He de charlar un poco con ella. Pardiez.

Elena Silvela

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