El muchacho de los ojos tristes

“El muchacho de los ojos tristes miró al suelo desde el cielo.”; así empieza este cuento porque no todos los cuentos han de empezar con un “Érase una vez” y éste, por tanto, empieza con El Niño de los ojos tristes mirando al suelo desde el cielo, sorprendido al ver a su propia sombra avanzando más rápido de lo que él lo hacia; se diría que hasta lo adelantaba y por un momento temió haberse equivocado de cuento, como si de de repente, él, siempre niño, se hubiese decidido por fin a ser Peter Pan y su sombra, rebelde y juguetona, hubiera emprendido el vuelo sola, en una especie de pilla-pilla que en el fondo estaba asustando al muchacho.

Sólo quería llegar al suelo, posar los pies sobre la tierra, recomponer toda su estructura (acostumbra a andar cabeza abajo) y abrir bien los oídos, escuchar bien atento; no quería que una canción enviada mientras había estado volando se le pudiera escapar rompiendo la melodía.

La vida había ido recuperando ritmo y letra tras meses de ceguera y sordera. Como el eco de una fiesta lejana que te despierta en el medio de una noche de verano, y se había ido haciendo cada vez más fuerte, cada vez más importante, hasta transportarlo al medio de la pista, al centro de aquella fiesta a la que no recordaba haber sido invitado pero a la que, ahora probada, no quería tener que renunciar volviendo a la negrura y silencio.  Así que una vez en el suelo, con los pies de nuevo en la tierra, acariciando casi instintivamente la materia sólida tan distinta al aire sobre el que se habían movido en los últimos tiempos, pegó un salto, sacudió la cabeza dejando caer los últimos restos de su vida cabeza abajo y allí se quedó, con los ojos y oídos abiertos de par en par, esperando una nueva canción con la que, aún en la tierra, seguir dejando volar el alma y corazón.

– ¿Me cantas una canción?.- no sabía bien a quién le hablaba pero a quién se dirigía parecía tan guapo que el muchacho de los ojos tristes decidió en aquel mismo momento que, sin duda, aquél había de ser el guapo de la fiesta, el rey del baile y por tanto él era quien podía decidir que la música sonase o parase.

– ¿Me cantas una canción?.- repitió cerrando los ojos y hasta los oídos, temiendo una negativa o, peor, el silencio.

– ¿Me cantas una canción?.- pero el silencio lo fue inundando todo, devorando la pista, la fiesta, la misma noche que parecía hecha de verano para que aquél la reinase y cortando las alas y las nubes a su corazón y alma metidos en un cuerpo cada vez más acostumbrado a andar cabeza abajo y patas arriba, habituado a ver el mundo desde arriba e ir dejando, como Pulgarcito, un rastro de miguitas de pan que, aunque innecesario, le daba la seguridad y certeza de un camino por el que volver.

Pero allí estaba el silencio. Nada nuevo bajo el sol. Lo había leído, pensado y vivido antes… y es que al final a la gente no le gustan las personas diferentes, “aunque las aprecien como espectáculo, se trata solo del placer del mirón” y de nuevo había pasado: una vez visto, contemplado y disfrutado el espectáculo de su extraño caminar sobre dos manos, cabeza abajo y patas arriba, una vez comidas o sopladas las miguitas, la música había cesado y al muchacho de los ojos tristes sólo le quedaba una salida.

Lo había pensado, leído y vivido muchas veces, así que sabía lo que venía y tocaba: voltereta y volver a ponerse sobre sus manos, cabeza abajo y patas arriba;?abandonar el centro de la pista, cerrando de nuevo los oídos y dejando que otro velo de tristeza empañase aún más sus ojos.

Y así termina este cuento, porque no todos los cuentos han de terminar con un “y fueron felices y comieron perdices”, ni tan siquiera con un “colorín colorado este cuento se ha acabado” y, éste, por tanto, termina con una voltereta y el muchacho de los ojos tristes, cabeza abajo, patas arriba y un nuevo velo de tristeza sumado a los ya existentes, como telones de teatro de obras y fiestas ya pasadas superpuestos sobre sus ojos.

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Emilio Pardo

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