El libro del que todo el mundo habla – por IGNACIO ÁLVAREZ #libro #reseña

Cuántas veces habremos leído frases como la que titula esto. Cuantas veces se habrá empleado con fines crematísticos. Cuántas veces se habrá empezado un texto con la frase «cuántas veces». En fin.

Ese libro «del que todo el mundo habla» se titula 12 Reglas para Vivir, se subtitula Un antídoto al caos, está escrito por Jordan B. Peterson, psicólogo canadiense y, cuando le dejan, profesor de la Universidad de Toronto, y lo ha publicado en nuestro país la editorial Planeta en 2018, lo cual es indicativo –la editorial, no el año- de la relevancia (léase: la capacidad de vender ejemplares) que ha tenido el volumen allende los mares. Tuvo a bien traducirlo del inglés D. Juan Ruiz Herrero, que creo ha hecho un trabajo formidable.

Pasemos a lo interesante. ¿Hay para tanto? Sí y no, depende qué le pidamos a la obra. Porque lo cierto es que esta funciona como varias cosas a la vez.

Por un lado, es un Manual de Autoayuda, algo extenso y quizá con abundancia de citas (situadas al final, para no hacer farragosa la lectura), pero Manual de Autoyuda al fin y al cabo. ¿Y en qué ayuda? Pues en recordarnos algunos principios que Peterson considera básicos para mejorar la convivencia con nosotros mismos y con los demás. Así es como enuncia doce reglas que el propio autor no deja de reconocer que son, tanto en la obra como en algunas entrevistas que ha dado en nuestro país, «de sentido común». Y, efectivamente, cuando uno se adentra en la lectura de cada una de las reglas, algunas no son sino reformulaciones de pasajes de la Biblia -Peterson es un católico confeso, y bien que nos parece eso- de cuya interpretación extrae diversas lecciones. Las que más polémica han generado son las que tienen que ver con aspectos relacionados con el feminismo (para Peterson, la biología es determinante de casi todo; el género es un constructor social interesado y carente del más mínimo rigor científico; el patriarcado es una noción igual de falaz e interesada; y la brecha salarial de género no existe, como tal). En suma: puedes intentar aplicar a tu vida las principales lecciones que tales reglas entrañan, siempre teniendo en cuenta que hay grados de cumplimiento y que no hay que desesperar si no conseguimos más que un poco y no un mucho (esto lo digo yo, no Peterson). Al fin y al cabo, se trata de autoayudarse y no de hacerse la guerra a uno mismo, que para eso ya están otros.

Por otro lado, no deja de ser un libro. Es decir, algo de lo que aprender y algo con lo que entretenernos (corro raudo para el lado opuesto cuando oigo cosas como “alta cultura”, aunque también cuando oiga cosas como “toda la cultura es cultura”). La obra es una obra de divulgación ambiciosa de quien es, a la postre, un científico social (si se buscan referencias en el ámbito científico-académico de la Psicología, las citas de sus trabajos se cuentan por miles). Puede ser un polemista. Puede que su manera de plantear las cosas nos irrite. Puede plantear ideas controvertidas. Pero tenemos que estar en condiciones de poder debatirlas. Lo cual la redacción del libro facilita y no poco (y el mérito aquí debería hacerse extensivo a su traductor, creo). Como libro, decía, es una lectura amena y bastante divertida en algunos pasajes (sí, también el que se refiere al animal por el que Peterson se ha hecho viral en la Red: la langosta. Busquen, busquen por Internet…).

Además, la obra es una crítica furibunda contra la Posmodernidad, ya saben, esa filosofía que proclama que la verdad no existe, que todas las interpretaciones son posibles, que todos los semáforos están en verde, donde los grandes relatos de la Modernidad ya no tienen vigencia y, por ende, donde todo se puede (y quizá se debe, si se quiere ser rabiosamente posmoderno) mezclar, entremezclar, agitar, remover, volver a mezclar y así sucesivamente. Como bien dice Terry Eagleton en su libro Cultura, a quien citamos literalmente: “un cierto grado de identidad y estabilidad son esenciales para cualquier vida humana. La desorientación permanente no es una política, piense lo que piense Gilles Deleuze”. Dicho queda.

El principal incidente que condujo a la fama a Jordan B. Peterson no fue, precisamente, este libro. Tampoco fueron sus cada vez más visitadas y comentadas intervenciones en Internet, desde Quora hasta YouTube, pasando por diversas conferencias, simposios y entrevistas, donde no es infrecuente que sus interlocutores se queden, literalmente, sin palabras. Lo que sucedió fue que Peterson era y es el principal experto que se opuso a la legislación canadiense que daba la posibilidad de que las personas transgénero elijan el pronombre que mejor les parezca). Peterson considera que tal regulación legal atenta contra la libertad de expresión, siendo especialmente combativo allá donde en Norteamérica más se manifiestan este tipo de polémicas; esto es, en los campus universitarios, donde también ha explicado con toda parsimonia a quienes le hacían algo parecido a un escrache los porqués de su cosmovisión. En el libro pasa muy elegantemente por encima de los piropos que la comunidad LGTBIQ+ suele dedicarle; todo hay que decirlo.

Dentro del feminismo patrio se le ha dedicado algo de espacio a Peterson y no precisamente para llamarle guapo. Por ejemplo, Marta Sanz, escritora de cierto renombre, ha publicado su Monstruas y Centauras. Nuevos lenguajes del feminismo, donde se nos revela como una persona que duda acerca de casi todo lo relacionado con el feminismo, aunque desde el apoyo a la causa. La duda es bien recibida, por lo demás: el profesor D. Ignacio Torres Muro me dijo una vez que la duda también era una postura intelectual, y que no tenía nada que envidiar ni temer frente al y al no. En lo que hace al pensamiento de Peterson, Marta Sanz lo tiene claro: “sus sofismas están llenos de contrasentidos. Son dañinos e inmorales. Niegan la educación, la evolución, la política contestataria, la causa ecológica (…)”. Opiniones hay para todos los gustos, claro. También actuales y modernas que defienden los postulados del canadiense. No hay más que ver, por ejemplo, el canal de “Un Tío Blanco Hetero” para corroborarlo.

Otra idea por la que concita tantos odios y amores: porque ejemplifica uno de los faros que tiene ese modelo de «hombre, blanco, varón» –Peterson lo que es es “un supremacista biológico”, según Marta Sanz– que, según su propio relato –otra posmodernez, dicho de paso-, se ha visto acorralado en los últimos tiempos con tanta ideología de género. Peterson les ha dado cobertura, cobijo, apoyo y cierto cariño. Les da algo a lo que agarrarse. Se suele decir que Peterson es uno de los gurús de la denominada «alt-right», esa derecha norteamericana eminentemente rural, tirando a madura, blanca, que observa cómo el mundo en el que creía y en el que se había criado se quiere arrumbar cuando no derrumbar. Es su «contra-ataque», la reacción a la reacción feminista ante la “estructura patriarcal”. Un lío, vaya. Resumo esta idea ya, que quizá estén algo cansados a estas alturas: estoy absolutamente seguro de que los dirigentes de Vox han leído con atención las principales tesis de Peterson. ¿He conseguido explicarlo con claridad? Ya me dirán. Hasta entonces, ha sido un placer. Y busquen lo de la langosta.

 

Jordan B. Peterson

 

Ignacio Álvarez

Ignacio Álvarez Ha publicado 10 entradas.

Profesor de Derecho Constitucional en Universidad Complutense de Madrid. Sus principales líneas de investigación se centran en la igualdad de género y no discriminación, el feminismo, la democracia paritaria, y la representación política. Intenta aprender todos los días algo, lo cual sus alumnos suelen agradecer mucho (y algunos de sus compañeros, también).

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