El lavavajillas – por RAFAEL DE LA TORRE

Retiró dos servicios mientras soltaba una lágrima sincera. Aunque siempre había pensado que llegado este momento los arrojaría contra el suelo y barrería los restos, le faltó el valor necesario para destrozarlos de esa manera y decidió guardarlos en la estantería alta de la vieja alacena, allá donde los niños pequeños tardarían años en llegar.

En la mesa puesta quedaban el resto de los platos -hondos y llanos-, cuchillos, cucharas y tenedores, vasos y copas, y hasta las tazas de café. Había tardado mucho, demasiado, en tomar tan dolorosa decisión a pesar de que parecía cantada desde hacía varios meses. A tiempo habría sido un gesto heroico, ahora las circunstancias forzadas borraban la imagen valerosa de mártir que hubiera podido labrarse de haber leído el futuro con acierto. Los sacrificios duelen menos si son reconocidos.

Allí, en su casa, tienen, mejor tenían, su plaza reservada hasta hoy sus dos hijos, las parejas de estos, los nietos, su marido –Ernesto-  y ella. Aún en el caso de que nunca vinieran a comer como sucedía con su esposo desde que ella mutó involuntariamente su estado civil de feliz casada a inconsolable y metódica viuda. Todo cambia cuando falta un ser querido, incluso si se fue de forma involuntaria, salvo su plato.

Afortunadamente había encontrado hacía tiempo ya, incluso antes del deceso de Ernesto, una razón para justificar plenamente su existencia: vivía por y para el medio ambiente.

Obvio. Ocho debían de ser obligatoriamente, siempre el mismo número en aquella mesa de la cocina. Esa es la capacidad del lavaplatos ecológico y una persona comprometida con la naturaleza conoce perfectamente lo que esto significa.

Si sólo hubieran anunciado la llegada de un niño nuevo a la familia, habría bastado con sustituir al fallecido Ernesto en la mesa. Mellizos, confirmó el ginecólogo.

Era el momento de esfumarse ella y el difunto de su marido para siempre.

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Rafael de la Torre

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