El lago de los cisnes, por MARINELA FONTOIRA #relato

Tiene los brazos tan finos que lleva las pulseras por encima del codo, es verano y adora ponerse su semanario de nácar cuando usa manga corta. Está delgada como una bailarina y su lánguida mirada no se corresponde con la eufórica ilusión que alberga en el corazón. Parece Odette en el tercer acto, cuando se entera de que Sigfrido ha jurado amor eterno por error a Odile; está claro que la cara no siempre es el espejo del alma. Se llama Dolores y nunca le ha gustado su nombre.

Se sube al tren que partirá a las tres menos veinte y, a pesar de sus recientes veintiocho años, no es agilidad lo que desborda en sus movimientos. Dolores sabe que carece del encanto de la voluptuosidad femenina, pero también sabe que con su dulce voz ha conquistado a más de uno, como Odette conquistara a Sigfrido aquella noche mágica en el lago. Posee unos grandes ojos grisáceos que cierra con pausa mientras habla. ¿Cómo puede haber mujeres tan grandes, rotundas y hermosas, y ella ser tan poca cosa? Desde luego la naturaleza no es justa en el reparto de la belleza. Algún día llegará el momento de abandonar su complejo, abrir las bellas alas de cisne y vestirse con una falda que le permita lucir sus enclenques pantorrillas. Y, a pesar de todo su miedo e inseguridad, ha tenido la valentía de citarse con un desconocido en un tren, en el tren que les llevará a otra ciudad, a una ciudad no muy lejana, en la que nadie les podrá conocer. Ella buscaba a un Sigfrido que le declarase amor eterno y la liberase de su fantasioso encantamiento; lo encontró a través de internet y se lanzó a la aventura.

Los asientos del tren son de un verde esmeralda similar al del agua en la que nadan los cisnes; debe ser una señal, la cita con Luis no le va a fallar. Mira su número de asiento en el billete y en el contiguo al suyo ya está sentado un pasajero, al lado de la ventana. Dolores le pide con dulzura ocupar su sitio hasta que salga el tren y el individuo se lo cede. Ya acomodada, no deja de mirar hacia afuera con el fin de buscar entre la gente que está en el andén algún jersey de color coral. Ni uno. Claro que, con el calor que hace, ¿quién va a llevar puesto un jersey? Va a esperar un buen rato antes de comenzar la búsqueda dentro del tren, el viaje durará casi unas tres horas desde Madrid a León y necesita tiempo para tranquilizarse. No se intercambiaron fotos porque pensaron que sería más excitante verse por primera vez en persona, pero ahora piensa que ha sido un fallo y, además, acordaron no hablar por el chat el día del encuentro, otro fallo. Le sube un cosquilleo por las piernas hasta las yemas de los dedos de ambas manos, en cualquier momento puede aparecer el amor con el que lleva meses hablando y sincerándose.

Cuando se hizo amiga del cibernauta, lo pensó mucho antes de decirle su nombre. El que realmente deseaba utilizar para esta romántica historia era Odette, pero no se atrevió. Al fin se decantó por Dolly, una muñeca. Claro que él, inconscientemente, podría haber pensado en Dolly Parton, lo cual preocupó a Dolores y, antes de que la Parton ayudase a alimentar la imaginación de Luis, Dolly le explicó con detalle cuáles eran sus dimensiones y, además, le pidió que por favor no hiciese ninguna broma sobre la famosa oveja clonada, a lo que Luis le contestó: “Jajaja”. Es tan gracioso, Luis, se ríe tanto con él.

Atemorizada por lo que pueda pasar cuando se encuentren, baja la cabeza y fija la mirada en el suelo. Esta misma mañana se arregló el pelo con sumo esmero; le dijo a Luis que lo llevaría suelto y liso, y él, acordándose del color coral de sus gafas y tratando de seguir con el juego, le comentó que llevaría un jersey de ese tono para así poder encontrarse.

Desde que se conocen, hace casi seis meses, Luis le manda a diario mensajes de buenos días, de buenas tardes y de buenas noches, acompañados de todo tipo de frases cariñosas, seductoras y halagadoras que a cualquier mujer encandilarían. En cuanto el revisor venga a pedirle el billete, se levantará e irá a echar un primer vistazo a la cafetería, por ejemplo. Desde luego que en su vagón no hay ningún hombre con jersey o camiseta de color coral. Dolly no es una novata en esto del amor, pero lo desconocido de un conocido la asusta y, al mismo tiempo, la estimula. Ha sido seducida por completo a través del chat, es cierto, pero a saber qué habrá de verdad en todo lo que Luis le dice. Ella es sincera pero ¿y él? El juego ha llegado lejos… al último paso. Las dudas que la han acompañado desde el principio de su amistad se intensifican. Pero no, no hay que ser una anticuada y va a disfrutar plenamente de su aventura. Lo necesita. Necesita sentirse libre y amante, sólo eso, libre y amante, extender sus alas de cisne y echar a volar alto, muy alto.

El hombre sentado a su lado es de unos cuarenta años. Tiene barba y aspecto agradable, pero no lleva nada color coral. Lo observa; podría haber sido Luis. ¿Por qué no? Vuelve de nuevo su cabeza hacia la ventana. Existe un gran riesgo de que entre ellos no surja la chispa. En el andén ya solo quedan los acompañantes, suena el silbato y el tren comienza la marcha. La gente dice adiós, a lo mejor alguna de esas mujeres es la esposa de Luis, una Odile de la vida a la que ya no quiere pero a la que en cierta ocasión juró amor eterno por error.

Apoya la cabeza en el respaldo y los codos en los reposa brazos, cierra los ojos y da un gran suspiro; está cansada, la semana ha sido dura y la tensión añadida de la aventura que le espera se le ha agarrado a los músculos del cuello. Se da un pequeño masaje para aliviar las punzadas, moviendo al mismo tiempo la cabeza a un lado y al otro. A su compañero de asiento le hace gracia, Dolores se da cuenta y se cruzan las miradas. Él le dice que va a intentar dormir un rato y que se puede quedar donde está sentada, ya que le da igual ir o no al lado de la ventana.

Al cabo de dos horas y cuarto de viaje se despierta, ha dormido mucho y el hombre de barba también. Se levanta y pasa por encima de sus piernas sin rozarle e intentando que no se despierte; va a hacer un recorrido por los vagones para ver si encuentra a Luis. Falta un poco más de media hora para llegar a su destino y todavía no lo ha visto. Qué desastre. Ella se ha quedado dormida con las gafas puestas, o sea que puede que él ya la haya encontrado pero no ha querido despertarla. Qué detalle, es que Luis es así, Luis es encantador, muy detallista. Están muy enamorados.

Su vagón está como a la mitad del tren, así que va abriendo puertas y caminando lentamente por los pasillos en busca del hombre de sus sueños. Se ha dejado las gafas puestas para que él la pueda identificar. En el vagón de cola está la cafetería, le pregunta al camarero si ha visto a un caballero con camiseta o jersey color coral. Este, perplejo, le contesta que cree que no, pero que tampoco tiene muy claro de qué color se trata. Dolores le da las gracias y se da la vuelta para continuar la exploración, en la cual se incluye el comprobar si hay gente en los cuartos de baño y, en caso de que estén ocupados, esperar a que salga el usuario en cuestión a fin de ver su género y la gama elegida para su vestimenta, pero no hay suerte.

Ya de vuelta en su coche le toca recorrer la segunda mitad del convoy. Su compañero de viaje, ya despierto, la mira por detrás mientras avanza por el pasillo moviendo sus estrechas caderas. En la continuación de su recorrido la suerte tampoco la acompaña y Dolores empieza a sospechar que Luis no va en el tren, acelera el paso y vuelve con la cara desencajada al lugar que ocupó todo el camino.

El tren llega a su destino, le tiemblan las piernas, como a Odette en el tercer acto cuando se entera de que Sigfrido se ha comprometido con Odile. No se da cuenta de despedirse del amable caballero y se apea mirando en todas direcciones. Un taxi la lleva al hotel en el que la espera una habitación doble para pasar un romántico fin de semana. Nunca pensó que el cuarto acto del “Lago de los cisnes” lo pasaría llorando en la habitación de un hotel de la ciudad de León, pero así de sorprendente es la vida. Todavía le queda algo de esperanza y trata de ponerse en contacto con Luis. Va a romper el compromiso de no escribirse en el chat durante el día de la gran cita, qué más da, él ya no va a aparecer. Se quita los zapatos y se sienta en la cama.

Hola Luis. ¿Estás ahí?

No hay respuesta.

 Se tumba y mira el techo blanco que se le va a caer encima y poco a poco va tornando a gris. No puede contener las lágrimas. Tanta espera, tanta ilusión, tantas ganas y, al final, el desconocido no aparece.

Suena un mensaje de entrada, Dolores se incorpora, se seca los ojos y se apresura a leerlo.

Lo siento, no he podido ir. De verdad que lo lamento mucho. Ahora no puedo hablar. 

No se lo puede creer: Luis está bien, no le ha pasado nada grave, no ha acudido a la cita y por hoy no le da más conversación, ni le dice nada hermoso o seductor. Fin de la historia con Luis. Se queda paralizada, no reacciona. Ahora le tiemblan las manos. Se levanta, entra en el cuarto de baño y se mira al espejo. Incluso con la cara mojada está preciosa, llena de plumas blancas y brillantes, demasiado hermosas para quedarse suspirando en la habitación; su hechizo no la puede anular para siempre. No. Se viste con el vestido que había traído para cenar esa noche, blanco, vaporoso y lo suficientemente corto para presumir de piernas, porque hoy las va a lucir. Tiene el pelo más negro y brillante que nunca, limpia sus gafas color coral y se las coloca mirándose fijamente mientras se da a sí misma la orden de no llorar. Todavía es pronto para cenar pero no quiere quedarse en el dormitorio.

No hay nadie por los pasillos, nadie en el ascensor, nadie en el vestíbulo, salvo el recepcionista, no hay hilo musical y Dolores empieza a necesitar vida a su alrededor. Abre la puerta del bar, en la barra está tomando un café el mismo hombre que fue a su lado durante el viaje y junto al que durmió durante más de dos horas. Se sienta a su lado estirando con cuidado la vaporosa seda blanca de la falda de su vestido y dice buenas tardes. Él sonríe, le contesta y le pregunta su nombre.

-Odette, me llamo Odette.

 

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“Let me live that fantasy” – cuadro de Marinela Fontoira

Marinela Fontoira

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4 comments

    1. ¡Muchísimas gracias, Ángela! Conocer este ballet quizá ayude a entender mejor la historia. Cuánto me alegro de que te haya gustado y hayas podido “oír” la música. Un abrazo.

  1. Un texto muy bien escrito que conmueve y hace pensar. Has unido emociones e ideas en en un relato plagado de imágenes muy efectivas. Las notas del ballet ruso me han acompañado en el despertar de tu princesa. Tu pintura, magnífica.

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