El jugador de ajedrez – por POETA BORRACHO

El parpadeo constante del reloj penetra en mis sienes, aguijoneando mi sistema nervioso con cada mirada furtiva que le lanzo. El reloj, juez y verdugo, mi eterna condena, siento la soga del cadalso, que suave abraza el cuello del condenado minutos antes de exhalar el último aliento, acariciando mi piel. El tiempo retrocede, la espada se mantiene todavía estable sobre mi cabeza, no hay riegos de los que preocuparse; de momento. En mi rostro imperturbable se concentra la sabiduría de más de quinientos años de historia, escrutando la disposición de aquellas figuras para descifrar el enigma, conocer sus secretos, que a su vez deberán dar lugar a otro enigma, quién sabe si de una mayor complejidad. Análisis, memoria, intuición, y un reloj que continúa su marcha atrás a la espera de una decisión.

La sala es amplia y la temperatura agradable, aunque yo tenga calor, algunos curiosos revolotean mirando interesados, mis codos se apoyan en la mesa sobre la que se eleva mi torso inclinado hacia delante, como la sigilosa bestia agazapada esperando el momento de saltar sobre su presa. Los dedos echan hacia atrás el cabello dejando mi frente al descubierto, mientras las manos sujetan mi cabeza con firmeza, las gafas descansan junto al reloj, que evita la eternidad, que marca el ritmo, no las necesito, pero me gusta tenerlas cerca. Por fin, mi mano izquierda se levanta, todavía algo insegura, pero firme, no puedes mostrar debilidad, se huele, y tu rival sabrá aprovecharse de ella, se eleva y, tras unos breves segundos suspendida inmóvil en el aíre, se lanza agarrando la figura que sobre sus hombros lleva la cruz con la que gobierna su reino, 26.Rd2, y mi mano detuvo el tiempo, ahora, espera que vuelva a correr. El hormigueo nervioso sigue recorriendo mi cuerpo, respiro profundamente, durante un segundo mi mente evoca a mi mujer embarazada tratando de luchar contra el dolor de las contracciones, aunque esto es distinto, es ajedrez, no es dolor, es belleza, es locura, una sinfonía en blanco y negro, aunque, a veces, duela.

Mi mano derecha agarra el vaso que se encuentra en un lateral de la mesa, apartado en un segundo plano, quedándose al margen de conflictos. Sin dejar de mirar aquel tablero, bebo un pequeño trago que me ayude a relajarme, el hielo mantiene fría la bebida y las burbujas de la tónica bajan por mi garganta jugueteando, mezclándose con el calor de la ginebra, produciendo una sensación de confortable acidez, de seguridad. Dejo el vaso en el mismo lugar con movimiento pausado, todavía queda más de medio, el reloj corre, pero no es el mío; el todo o la nada. Sigo mirando las piezas con rictus concentrado, de pronto ante mis ojos se produce la visión de algo terrible, mi mente piensa: no puede ser, no puede ser. Trato de relajarme, cierro los ojos unos segundos deseando que al abrirlos nada haya pasado, que haya sido una falsa alarma fruto de la presión, una mera ilusión, la gloria o el fracaso, vuelvo a mirar al tablero y aquello seguía ahí, no sé cómo había podido pasar, pero pasó. Mis ojos miran con incredulidad y la desazón comienza a invadirme, me pregunto sí seré yo el único que lo vea, rezo porque así sea, pero mientras llega la respuesta a mi pregunta sólo queda esperar fingiendo que todo está bien; a veces, el ajedrez se parece al poker, pero en el poker siempre podrás refugiarte al cobijo de la suerte, en el ajedrez, estás solo.

  1. … Cxe5, y la respuesta se manifestó de forma violenta ante mí, la constatación de mi error, sí, también él lo había visto, lo vio y lo castigó lanzándose sobre la debilidad de la víctima, ahora la presa infeliz atacada por la sigilosa bestia era yo, del cielo al infierno tan solo hay un paso, un movimiento, una jugada, una pequeña omisión provoca el colapso y la ruina. El torneo se alejaba, y con él primer premio, el segundo y cualquier posibilidad de lograr alguna consoladora propina; el todo y la nada, la gloria y el fracaso, el cielo y el infierno. Absorto e incrédulo miro la posición, busco el milagro con la desesperación del que recorre la milla verde, analizo cada posibilidad mientras trato de dominarme, pero todas fallan, no habrá indulto para el condenado, las revueltas han comenzado, la Bastilla caerá y Luis XVI será decapitado. Mi reloj va marcando su paso inexorable, la justicia es lenta pero implacable, bebo un nuevo trago del gin-tonic, dejo el vaso en su lugar habitual, salvo que esta vez está vacío, tan solo la rodaja de limón acompaña los restos del hielo. Me levanto y abandono la sala, frustrado, fracasado, dolido, en cuarenta minutos el juez dictará sentencia, pero yo no tengo el valor de esperar sentado a escuchar la condena, de mantenerme firme ante la derrota, prefiero huir, esconderme, mi gran oportunidad tirada por la borda, admítelo, nunca serás un campeón, tantos delirios de grandeza bañados por la ginebra al frente de un tablero se quedarán en eso, en simples delirios de una mente enferma. Mis pasos me dirigen hacia ningún lugar, un sitio cualquiera en el que pueda olvidar sentado en una barra junto a otros tantos fracasados como yo.

Frente a la mesa de un despacho, mi mujer me presenta los papeles de divorcio, hacía un año que nos separamos, no la culpo, yo también lo habría hecho, cojo el boli que me ofrece su abogado y pongo fin a seis años de matrimonio.

Dicen que el ajedrez es un juego de caballeros, qué gran mentira, al final, el ajedrez es como la vida, cuando hay dinero de por medio es capaz de mostrar tus miserias más profundas.

Hola, me llamo Javier, y soy alcohólico.

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Poeta Borracho

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