El jardinero fiel, por JAVIER PECES – escritos

Liberalismo llamaban a la fea costumbre de enriquecerse sin freno, aunque fuere a costa de dejar a muchos en los rigores de la penuria. Al fin y a la postre, los propios vicios de estos parias encumbraban a aquellos potentados. Fortuna en bienes y servicios de los que casi nadie quiere o puede prescindir.

Mamporrerismo llamaban al hábito de proteger los abusos del poderoso a cambio de un triste pero necesario plato de duras lentejas. Se encogió de hombros el escolta, y lo mismo hizo el chófer y el asistente y el camarero y el chambelán y el jardinero. Todos corearon la cantinela de la legislación vigente.

Soberanismo llamaban a la supremacía del grupo en detrimento del individuo. Y si no sigues al rebaño eres un mal (póngase aquí la nacionalidad que corresponda…) Qué conveniente para el afortunado jerarca o cacique y su sufrido personal de servicio. Dame más, dijo, o me echo al monte.

Mineralismo llamaban… bueno, no. Era milenarismo, pero el dramaturgo había bebido tanto que se entrecortaban sus palabras a través de las ondas. Se suponía que el final del milenio traería grandes cambios, o algo así. Cayó redondo al suelo en un salto mal calculado desde la silla a la mesa. Pagó a regañadientes los espirituosos derramados y los vasos rotos.

Monetarismo llamaban a las prioridades mal entendidas. Como si el dinero pudiera comprar una puesta de sol. No puede -asintió la víctima- pero ayuda. El tiempo para quedarse a disfrutar está a la venta. Pasarás el año entero sufriendo. Y de vez en cuando, si tienes suerte, ahorrarás para unos días de hacinamiento en un coqueto apartamento en Torrevieja, Alicante.

Aparcerismo llamaban a la antigua costumbre de labrar los campos del señor feudal a cambio de protección y de una parte marginal de la cosecha. La evolución y el periplo colectivo del campo a la ciudad convirtieron al semiesclavo rural en un semiesclavo urbano. Cambiaron las formas pero no las esencias.

Sedentarismo llamaban a la vida que llevaban los nuevos ciudadanos. En la difusa quietud de aquel viejo sofá ahogaban sus penas, mirando con envidia el plantel de vehículos de lujo que transportaba estrellas del deporte a sus estadios. Era de vez en cuando perturbada por los gases, no metabolizados, ruidoso fruto del consumo excesivo de esencia de lúpulo y cebada. Pero esa es otra historia que no sé si vale la pena contar.

Esclavismo llamaban a la fea costumbre de comprar tan barato que costaba creerlo. Pensando poco o nada en los infortunados trabajadores de la cadena de producción que ensamblaba aquellas maravillas en oscuros talleres de la lejana Asia. Y no queriendo ver las barbas del vecino puestas a remojo. Paro juvenil, dicen. Y lo que nos queda.

Societarismo llamaban a los trucos de trilero que libraban a los grandes dineros del pago de sus correspondientes tasas e impuestos. Que paguen los pobres, dijo sin vergüenza aquel delincuente de guante blanco. Se ve que no repartió con la gente adecuada, porque acabó en la trena después de procederse al embargo de sus bienes.

Belicismo llamaban a las hábiles intrigas que consisten en armar a los dos bandos para que siembren el terror. Algunas veces se les va el asunto de las manos y vienen los horrores demasiado cerca de casa. Gajes del oficio de agente secreto. Todo sea por el floreciente negocio de la venta de equipamiento y munición.

Pijoterismo llamaban al deseo irrefrenable de comprar aquel aparatito. Mejor cuando más caro y más ostentoso. No es el chisme, que ni lo entienden ni saben manejarlo o para qué sirve. Es la forma en la que convierte en pretendidos seres superiores a sus afortunados poseedores. Es el diseño. Es la exclusividad.

Inmovilismo llamaban a un pedazo de tierra en el que todo valía menos los cambios verdaderos. Pero esto pudo ocurrir perfectamente en cualquier otro lugar. El tercer mundo o el cuarto. Régimen dictatorial o plutocrático. Con o sin parlamento de cartón, bien compuesto a medida del poder en la sombra, que al sol no hay quien pare. En todas partes se cuecen habas. Y en tu casa, mi niña, a calderadas.

el jardinero fiel
Emile Claus – The Old Gardener

Javier Peces

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