El intruso – por DANIEL CARAVELLA #relato

Era una mañana de Navidad y las carreras escaleras arriba y abajo se sucedieron hasta que por fin sus padres empezaron a descender aquellos peldaños, que en un lento descenso, mantenían el suspense de aquellas caras que esperaban la voz de «Ya» para saltar al ataque de todos aquellos regalos que había al pié del «Nacimiento». Carlitos, el mayor, se nombró portavoz y repartidor oficial; un puesto que había anhelado durante tiempo y ahora que sabía leer no iba a renunciar a tan magnífica ocasión, y así relevar a «Mami» en esa ardua tarea.

Un trabajo de responsabilidad perfectamente ejecutado. Tal como hacía ella, primero los niños, pero como en este caso él era el dueño del reparto, empezó por su hermanos pequeños aunque con variaciones, lo hizo de forma alterna, no todos de golpe, así mientras cada uno iba abriendo los regalos, el iba comprobando si la lista de Papá Noel se iban cumpliendo según las peticiones. Carlos se sentía radiante, estaba repartiendo los regalos y todo lo pedido por sus hermanos, estaba ahí.

Prosiguió con los regalos a sus padres, era fácil, pues sólo pedían una cosa para cada uno, y por norma general, salvo alguna variación en los colores de los jerséis que pedía Papá, estaban correctos, aunque Mamá siempre le decía, «Mira, que guapo vas a estar con ese, así varías del azul marino…»

Carlos se quedó quieto delante del resto de cosas, un pequeño montículo formado por varios regalos, todos a su nombre, y otro montón, mucho más pequeño, que correspondía a los abuelos.

Se sentó frente a su pequeño cerro del tesoro y permaneció durante un tiempo inmóvil. Con el ajetreo de sus hermanos, nadie reparó en su tácita presencia frente a sus regalos. Los observó varias veces girando su cabeza de lado a lado como si se tratara del péndulo del reloj. Había en ellos algo que le resultaba muy extraño. Finalmente, los extendió en forma de abanico, «seis y siete».

-¿Siete?- No, ese número no era correcto. Conocía a la perfección su lista, y no había siete regalos, eran seis. Los volvió a contar, y la cifra no variaba. Siete. Tuvo un momento de frustración, su primera vez y había errado en el reparto, se había equivocado al entregar los regalos, y a alguien le faltaba. Entonces comprobó los nombres uno tras otro. No había error, en todos ponía lo mismo, Carlitos.

Para entonces, sus padres habían reparado en su actitud. ¿Carlos, qué te pasa, por qué no abres los regalos? No hubo una respuesta, sólo un gesto. Carlos levantó su mano derecha con el índice extendido y a continuación extendió el resto de dedos, pidiendo calma En ese instante su cabeza infantil, iba repasando los juguetes pedidos, dimensiones formas, y una tras otra, las estaba identificando en el abanico que había desplegado ante sí. Sus padres empezaron a cambiar el gesto alegre por el de incredulidad, al que le siguió el de preocupación. Su Madre se aproximo al niño, y con voz suave le susurró al oído, ¿está todo bien cielo? Un sí, silente, con la cabeza fue la respuesta de Carlitos, que ya sabía quién era el intruso entre sus regalos.

Su mano se cerró, y su brazo fue descendiendo lentamente en busca de la pareja, extendiéndose al encuentro del intruso. Era rectangular. Más alto que ancho, y que gordo. Más estrecho que una caja de zapatos, lo sabía a la perfección pues dos regalos más allá se encontraban lo que seguramente eran las Nike Mercurial CR7 Rare Gold que había pedido en su carta. Una vez en sus manos, se giró hacia su madre, como preguntando qué era eso y qué hacía ahí. La madre, que todo lo comprenden al vuelo, miró a su hijo y le dijo, «no te queda otro remedio que abrirlo para saber que es».

Al contrario de lo que podía parecer, Carlitos deposito al intruso en el mismo sitio, y comenzó a abrir los regalos tal y como lo tenía calculado, sin embargo, lo hizo rápido, como funcionario que matasella un centenar de cartas. «Ras, ras» fuera envoltorio, las botas de futbol. «Ras, ras» el PES 2016. «Ras, ras», así los seis, en un abrir y cerrar de ojos, todos abiertos y perfectamente redistribuidos entre sus envoltorios. Como extenuado por las prisas de abrir todo aquello, paró para respirar, y para ser consciente una vez más de lo que ya sabía que había en aquellos paquetes. Era todo perfecto y una sonrisa enorme iluminaba su cara. Pero quedaba uno, ese que tan cuidadosamente había apartado de la masacre. Aquel del que lo único que sabía era que no lo había pedido. 

Lo sostuvo en sus manos una vez más. Volvió a calibrarlo, incluso husmeó entre las rendijas del papel, no fuera que aquello acabase siendo una caja de chocolate y el perdiendo el tiempo sin hincarle el diente. Nada, ni rastro de olor sublime y sutil del cacao. Decidió abrir aquel paquete, mejor dicho, decidió hacer una perfecta disección de ese paquete. Con sus hábiles dedos, fue despegando tranquilamente los trozos de celo que adherían aquellos dobleces. Una vez conquistados, el desdoblar todos los pliegues fue tarea fácil. Ya estaba todo dispuesto para desnudar al intruso. «Tres, dos, uno y ya», en un tris desempaquetado. «Un Libro». De forma casual, al quitar la envuelta, quedó abierto por una de sus páginas. Sus ojos se lanzaron contra unos versos allí escritos.

 

Quince hombres en el cofre del muerto…

 ¡Ja, ja, ja, y una botella de ron!

 El ron y el diablo se llevaron al resto…

 ¡Ja, ja, ja, y una botella de ron!

 

Cerró el Libro con la premura que da el miedo de haber visto un fantasma. En la Portada «LA ISLA DEL TESORO», un Pirata con pata de palo, un Niño, y un magnífico barco lleno de velas a todo trapo. Su cabeza se volvió a girar en busca de su madre que lo miraba atentamente. ¿Sí? Aquello no era una pregunta que la madre le formulaba a Carlitos. Tras aquello prosiguió con un «Es un libro preciosos, y ahora que ya sabes leer, podrás contarme esa historia, ¿te parece? Carlitos nuevamente volvió a contestar con un sí silente de cabeza.

 

Aquella mañana de Navidad dio paso a muchas otras en la que Carlitos recibiría más intrusos de esos, pero como aquel primero ninguno.
pino-paquetes

Daniel Caravella

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