El intermediario – por EMILIA MARTÍNEZ RUIZ #relatos

Aceptó trasladarse a la sucursal que la empresa acababa de abrir en otro país, resuelta a olvidar su desdichado matrimonio, el conflictivo divorcio, y a empezar de nuevo.

Le gustaba callejear, descubrir rincones,  sentir los latidos cotidianos de la ciudad desconocida,  ir haciéndola suya. Solía deambular sobre todo por el casco antiguo, cerrado al tráfico,  desplegado en un dédalo de calles y callejuelas, limpias, tranquilas, bien iluminadas, y sin bares; las viviendas centenarias, algunas con escudos heráldicos en las fachadas o los dinteles,  una vez restauradas sirvieron de inspiración a las nuevas.

Una tarde topó con una calle llamada De Los Anticuarios, diferente a todas las de aquel laberinto: olía a tiempo estancado, carecía de farolas, apenas quedaban restos del adoquinado; las casas, excepto una, estaban reducidas a escombros y la basura se acumulaba entre ellos; al final había una iglesia en ruinas, flanqueada por árboles; no tenía acceso a otras travesías, y para salir de allí tuvo que desandar el trayecto.

Estaba anocheciendo, no quería que la oscuridad la sorprendiera en semejante sitio. Pero se  demoró ante la construcción, muy deteriorada, que todavía permanecía en pie: una cortina andrajosa color naranja asomaba por una ventana rota. En el bajo, una marquesina de piedra resguardaba una puerta de madera con paneles de cristal, intactos, un rótulo desvaído anunciaba: Antigüedades, había luces vacilantes en el interior. La curiosidad se impuso a su cautela habitual, presionó la puerta y entró.

La tienda estaba desmantelada, no contenía más que un candelabro con varias velas encendidas sobre un polvoriento mostrador, desde allí  la observaba un anciano de ojos negros y vivaces. Le dio la bienvenida, y sin preámbulos puso ceremoniosamente en sus manos una almohadilla de terciopelo negro con un broche prendido. Era una libélula: delgadas antenas con sendas circonitas en los extremos y cabeza y alas repujadas, de latón. El tórax, un cristal verde tallado. Y el abdomen, seis perlitas de nácar. El anticuario le contó, mientras ella contemplaba desconcertada la baratija, que él y sus colegas de esta calle tuvieron en depósito obras singulares, creadas por artesanos del pasado para hombres y mujeres venideros. Generaciones de anticuarios aguardaron a que cada objeto se encontrara con su destinatario, únicamente ellos eran capaces de ver tales obras. Ese prendedor se creó para ella, se había ido transmitiendo de padres a hijos, esperándola. Introdujo la libélula en un estuche, se lo entregó, y se sumergió en la penumbra de la trastienda. Ella aprovechó para marcharse, atónita, con la cajita apretada en la mano.

Al día siguiente, en el trabajo comprobó que el broche resultaba invisible para los demás;  supo también que aquella calle llevaba décadas en ese estado, promotores y constructores desistían de edificar en aquel lugar, aduciendo que había “algo” en el ambiente que ahuyentaría a los compradores. Por la tarde decidió volver allí: la casa del anticuario se había derrumbado, entre los cascotes  vio la almohadilla de terciopelo negro.

Y la libélula brilla en sus vestidos  como una joya, sólo para ella.

 

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Las dos Castillas

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2 comments

  1. ¡¡¡¡¡Buenisisimo!!!!! Me encantan tus relatos,Emilia; además de disfrutar con la forma en la que escribes, lo hago con tu originalidad
    Un beso

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