El Grial llega a Camelot

“Cuando el rey salió del monasterio y subió al palacio, ordenó que pusieran las mesas. Entonces fueron a sentarse los caballeros, cada uno en su lugar, igual que habían hecho por la mañana. Y cuando estuvieron todos sentados y en calma, oyeron un trueno tan grande y extraordinario que pensaron que el palacio se iba a hundir. Entonces entró un rayo de sol que dio al palacio el doble de luz de la que tenía. Quedaron todos como iluminados por la gracia del Espíritu Santo y comenzaron a mirarse, pues no sabían de dónde les podía haber venido y, sin embargo, no había allí nadie que pudiera hablar ni decir una sola palabra por su boca: todos enmudecieron, grandes y pequeños. Y cuando ya llevaban un rato así, que ninguno de ellos había podido hablar, entro el Santo Grial, cubierto con un jamete blanco; nadie logró ver quién lo llevaba. Entró en la gran puerta del palacio y una vez que estuvo dentro, el salón se llenó de buenos olores, como si todas las especias de la tierra hubieran sido derramadas allí. Dio la vuelta a la sala, alrededor de los asientos, y conforme pasaba por las mesas, éstas quedaban dispuestas con la comida que cada uno quería. Cuando todos estuvieron servidos, se fue el Santo Grial tan deprisa que nadie supo qué había pasado y por dónde se había ido. Entonces pudieron hablar los que antes no podían decir palabra. Dieron gracias a Nuestro Señor la mayoría de ellos por el gran honor que les había hecho, pues les había confortado con la gracia del Vaso Santo. Pero de todos los que estaban allí, fue el rey Arturo el más gozoso y alegre, ya que Nuestro Señor le había mostrado mayor merced que a ninguno de los que reinaron antes que él.”

Anónimo, La búsqueda del Santo Grial (siglo XIII)

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Pablo Rodríguez Canfranc

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