El Gin y el Ham (V) – por DANIEL CARAVELLA

Tal y como estaba previsto salimos a correr. No hubo preguntas sobre la súbita levantada, cosa que agradecí muy mucho, pues no tenía ni pizca de ganas de explicar tan lamentable suceso, y mucho menos dar pie a cualquier sorna procedente del luctuoso despertar.

Que te dé flato al kilómetro de haber empezado no resulta nada confortable y si encima te sientes como el lobo después de haberse comido a los seis hermanitos del cabritillo chico, vas de culo, eso sí te da pie a ponerte verde durante un tiempo en la carrera con expresiones tal y como «ceporro, carpanta, tragaldabas, asalta ollas, cavernícola», todas ellas muy animantes del espíritu y de la autoestima, y que bien mirado no vienen mal pues te distraen del dolor y de la pesadez,  continúas con el trote «pin pan, pin pan» y consigues en algunos casos no parar e incluso llegar al objetivo del día, que en este caso eran  5 km, afortunadamente.

Reconozco que en esta ocasión pudo más el pundonor de ver que en todo el trayecto lo único que divisaba era la, dicho sea de paso, muy bien formada retaguardia de alguien con ojos verdes que me iba recordando todos y cada uno de los bocados de pasta que me había comido, y el feo tan espantoso que le iba a hacer a David  a la hora de la cena.

– Querida, acabo de encontrar el slogan de la cena. « Sushi a la Mariló. Tontos en sí mismos, pero ¿cómo están? ¿Tú crees que Carlos estaría dispuesto a hacerle la campaña publicitaria?»

Sin llegar a dar tiempo a nada, conseguí pedir disculpas por el comentario en voz alta. «Lo siento, ha sido una estupidez por mi parte. La pobre chica no tiene muchas luces, pero no hay que pasarse con estos comentarios en plan amigotes pasados de vuelta en el bar. Pero reconoce que lo de sushis a la Mariló, da mucho juego, o por lo menos un poco»

No hubo respuesta, lo que consideré como aceptación de las disculpas al tiempo que un darme la razón, pero eso es como el secreto de confesión, nunca saldrá de sus labios. En fin, hora de tomar una ducha para quitarse todo el líquido salitroso expelido por los poros, aunque bien se podía acompañar con un Gin Tonic, ¿a medias?, para terminar de rebajar lo que la carrerita empezó, ¿no?, además aporta minerales.

Esta vez sabía que había acertado, así que mientras nos arreglábamos tuvimos la muy noble y siempre grata compañía de un  Yeomen Warders of Her Majesty’s Royal Palace and Fortress the Tower of London (con toda su pompa y boato) un Beefeater con tónica y rodajita de limón, eso sí abundante hielo. Placeres terrenales. Por cierto, esto me recuerda  que debo comentar en mi reunión semanal con los pollos si esto del Gin Tonic constituye una obsesión, o es algo sin importancia.

F GyH(V)

Daniel Caravella

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